Hace unos días falleció José. Fue su mujer la que entró en la farmacia a contárnoslo.

—Ha muerto muy tranquilo. Él mismo pidió que lo durmieran, el cáncer de pulmón apenas lo dejaba ya respirar. Ay, el tabaco.

José vivía en uno de los barrios de mi ciudad que cada año disputa la liga más triste, la de los barrios más pobres de España. Es una liga cuya victoria nadie celebra, y en la que unos años el suyo queda campeón y otros, subcampeón, en estrecha disputa con otro que queda a media hora de lóbrego paseo hacia el sur. Era un TS001 de manual.

La esposa de José, otra TS001, nos contó entre risas lo que hicieron con sus cenizas: cómo sus hijos saltaron una verja de madrugada para verterlas en el jardín que rodea el estadio de su equipo favorito, y cumplir así la última voluntad de su marido.

—El columbario solo es para socios, pero ahí donde está no se va a perder ni uno de los goles de su equipo.

Nos tuvimos que reír con las anécdotas, con el salto de la valla, con las discusiones sobre el mejor lugar para echarlas, el miedo a que los aficionados pisotearan a José, o lo que iba a disfrutar con los partidos que en vida no pudo ver por su economía tan precaria.

Las historias que escuchamos suelen tener diferentes perspectivas: hay muchas pequeñas historias en una misma, unas captan nuestra atención y otras pasan más desapercibidas. En mi caso, la de José no iba de esa anécdota de sus cenizas sino de su relación, y la de los suyos, con la muerte.

Gente humilde como José y su familia, sin estudios, sin formación, aceptan la muerte como parte de la vida. Quizá por su mayor cercanía al animal que fuimos, en sentido nada peyorativo, la entienden así. Son más capaces de comprender la finitud como lo que es, como un proceso natural por el que un día estamos y otro dejaremos de estar en ningún lugar que no sea en los recuerdos de los que nos quisieron.

Sin embargo, a nosotros, nuestra formación, nuestra intelectualidad, nos aleja de la muerte. De alguna forma, la historia del conocimiento es la de un camino fracasado hacia la inmortalidad, como una senda de negación de nuestro destino. La muerte como derrota, como dolor, porque cada una nos anuncia que la nuestra, indefectiblemente, llegará.

La muerte de José me ha recordado una vez más que trabajar en una farmacia es un privilegio. Aprender a morir a través de los que saben hacerlo es un regalo para la vida. Reconocer lo que nos pueden enseñar personas sin formación, sin título universitario ni nada que se le parezca es una oportunidad de sanación para nuestra soberbia. Qué poco sabemos de la vida y qué poca utilidad le damos a lo que sabemos para llegar a entenderla.

Vivimos unos tiempos en los que hemos adquirido grandes conocimientos, a la par que nos hemos dejado en el camino buena parte de nuestra cultura. Utilizamos esos conocimientos para ejercer el poder sobre otros, en lugar de para tratar de entender mejor el mundo. Por eso hoy quisiera recordar a José y a su familia en este artículo, y agradecer la modesta y enorme lección recibida. Porque la muerte no es ningún fracaso sino un momento para agradecer lo vivido, lo aprendido, lo transmitido a los que se quedan. Solo así la muerte nos lleva a la inmortalidad.

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