Intento exprimir las clavijas de la memoria pero no consigo recordar cuándo ni por qué conocí a Manolo Machuca. Miro hacia atrás y lo que me encuentro es una mezcolanza de afectos inmediatos, atención farmacéutica, ambición profesional y literatura, todo ello en un magma confuso de tiempos y espacios. Veo congresos, artículos, ciudades y tabernas sevillanas con la misma intensidad; también presentaciones de libros multitudinarias —las suyas— y minoritarias —las mías—, muchos pacientes, y un incólume amor por un futuro profesional que poca gente como él tiene en la cabeza. 

No recuerdo, empero, si he hablado con él mucho de literatura más allá de los libros que escribimos con mejor o peor suerte; ni si sabe que soy amigo de teorías y debates puramente literarios, y probablemente nunca le haya dicho como le voy a decir aquí que creo que hay pocos escritores como él en España que hayan tomado la bandera de un género literario desaparecido: el social realismo o la novela social. Esto es, las novelas que surgieron allá por los leja- nos años 50 con el cambio en la estructura social que produjo, sobre todo, la llegada masiva de la población rural al medio urbano, con las correspondientes bolsas de miseria y marginación. Las novelas fueron quizá la única forma de denunciar los problemas sociales de una manera disimulada, mostrando —para el que quisiera mirar— cuán despiadada era la sociedad de una dictadura eterna, heredera de una España secular de analfabetismo, marginación y pobreza. Como en aquellas novelas del medio siglo pasado, la narrativa de Machuca no se centra tanto en la problemática de unos personajes concretos a los que sigue sus peripecias y cuitas, sino en la sociedad, que a pesar de mu- cho progreso sigue siendo injusta, desigual y defectuosa. No conozco a muchos autores que desde la primera novela hayan mostrado un interés tan acuciante por los perdedores del mundo, por la desigualdad de una sociedad que continúa intentando disimular bajo la cháchara, el ruido y la palabrería lo que muchas veces solo somos capaces de ver a través de la literatura. 

Siguiendo en esta línea y tras un silencio de unos años, Machuca ha dado a la imprenta Demasiada gente, una novela corta e intensa que abunda en la problemática social, la injusticia y la compasión por los más desfavorecidos. ¿Pero es realmente una novela? Cela decía que podía llamarse novela a todo aquello que se encuadernase bajo ese título, pero quién sabe. Tras un introito breve y fantasmal, aparece aquí un narrador que es farmacéutico como el autor y que atiende de forma fortuita a una señora septuagenaria, a la que rápidamente cede la voz narrativa y pasa a ocultarse para que solo la oigamos a ella, su largo monólogo, toda la dureza, desgarro y barbarie que contiene. Fernanda habla y habla acerca de lo que tuvo, lo que le quitaron y lo que añora: el hijo que nació de sus entrañas a comienzos de los años 70. Miles de bebés fueron robados de madres pobres en el momento del parto para entregarlos a familias tan pudientes como yermas, reza la sinopsis. Esto, que cuesta creer, ha estado siempre ahí —yo mismo atiendo a un espectro, a una muerta en vida que, como Fernanda, vio un ataúd vacío al atar cabos—, pero faltaba una novela como esta, estremecedora y necesaria, muy bien escrita, demostrando que el autor tiene un oído especial para captar el habla, los sentimientos y el dolor de las clases populares. 

En resumen y volviendo al comienzo: conozco a poca gente que haya hecho más que Manolo Machuca por cumplir con el famoso aserto de Albert Camus: 

«Uno no puede ponerse al lado de los que hacen la historia, sino de quienes la padecen». 

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