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  • A la memoria de Raúl Guerra Garrido

El hombre creó la muerte 

Yeats 

Una biblioteca es una autobiografía: en ella el lector nos cuenta mucho de su vida, a menudo más de lo que él mismo es capaz de columbrar. Si Virginia Woolf decía que el autor sabe menos de los libros que escribe que el lector —pues estaba convencida de que los libros no se escriben con el intelecto, sino con demonios desconocidos de los arcanos del subconsciente—, las bibliotecas se ordenan y acopian a través de vidas que vamos viviendo sin darnos cuenta, día tras día. Cuando un lector entusiasta pasa de los cuarenta años, el tamaño de su biblioteca empieza a ser desmesurado, y, salvo excepciones maniáticas y obsesivas, los lectores tenemos en lugares más honoríficos y cercanos a aquellos autores y libros que de alguna forma nos han cambiado la vida, esos libros que nos llevaron a un lugar desconocido desde donde pudimos ver, en medio de una niebla de lucidez —valga el oxímoron— lo que hasta entonces estaba opaco.  

Era una tarde tranquila y lluviosa de viernes cuando subí a ordenar la parte de la biblioteca que tengo en las antiguas estanterías de buena madera de la que fue la farmacia de mi abuelo: allí tengo la poesía, la guerra civil, la historia, un par de enciclopedias de literatura, y una serie de libros que quiero tener cerca de la butaca de lectura, que está allí al lado, no tanto por la posibilidad de la relectura sino por el abrigo y la compañía que me dan. Muy juntos, apilados con fuerza, estaban cuatro libros de Raúl Guerra Garrido, fallecido recientemente a una edad provecta y siempre pronta, y aunque a priori no recordaba el porqué de la cercanía ni las tramas de aquellas obras, una vez leí las fechas de mi firma y los subrayados me di cuenta de que las cuatro las había leído en una época crucial de mi vida.  

Raúl y yo habíamos aplazado un par de veces una cita para hablar de nuestros libros; incluso se mostraba encantado de presentar una novela mía en Madrid. Pero más que eso lo que me hubiese gustado es contarle mi teoría sobre la autobiografía a través de las lecturas, porque yo era un joven recién terminada la carrera perdido entre el mundo real de la terapéutica y la imaginación literaria cuando en casa de mis tíos, en Madrid, di con Lectura insólita de El capital en una de las viejas y preciosas ediciones de Destino, y supe que el señor que la firmaba —y que había ganado el Nadal— era farmacéutico como yo, algo que supuso en mí, que creía mis dos pasiones antagonistas, una conmoción. Azuzado por mi padre, que lo leía mucho y bien, me fui poco después con Castilla en canal a dar una vuelta por la parte vieja de España, germen de mis actuales crónicas viajeras y diarios. Querría haberle dicho también que tengo una foto, una de mis preferidas de la paternidad, del día que mi hijo cumplió un año, en la que los dos aparecemos con un libro abierto delante de los ojos: él tiene uno de figuras de animalitos y yo tengo La costumbre de morir. Poco antes de marcharnos, con un abrazo, le hubiese dicho que cuando andaba ulteriormente escribiendo un ensayo sobre el estilo literario, cayó en mis manos la joya preciosista Dulce objeto de amor, y aún vi más claro que en literatura lo importante no es tanto lo que se cuenta sino cómo se cuenta. 

En esos cuatro libros de Raúl Guerra Garrido hay una parte importante de mi vida, y quizá el niño de la foto, algún día, sepa descifrarla. Gracias, maestro.  

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