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  • La eterna promesa

El cupón precinto me ha acompañado toda la vida: desde mucho antes de que se vistiera de cebra digital, y muchísimo antes de que su príncipe heredero cambiara su pijama de rayas por un estampado mondriano, aún por estrenar. A mi compañero de viaje lo corroe la envidia al comprobar que otros a quienes la espera para reinar se eternizaba ya les ha llegado su momento, como, por ejemplo, al príncipe Charles, que parecía que nunca podría estrenar la corona pero incluso él ya la lleva en su regia cabeza. Mientras tanto, nuestro entrañable cupón aún no ha podido estrenar el nuevo estampado ni reinar en una nueva etapa que nos permita tratar con algo más de cariño los envases de los medicamentos.

Acepto que el tema del cartoncito y del despiece de envases de medicamentos genera en mí cierto desasosiego, una enfermiza parafilia. Con los años y la práctica he ido mejorando en el uso de las diferentes herramientas de corte que me han ido acompañando en mi labor detrás del mostrador, y ese roce constante ha transformado poco a poco esta relación, carente de sentido racional, en una inexplicable mezcla de amor y de odio que seguramente ya no me abandonará en mi etapa detrás del mostrador.

Acepto que el tema del cartoncito y del despiece de envases de medicamentos genera en mí cierto desasosiego, una enfermiza parafilia

 

Acepto gustoso las críticas por mi desmesurada obsesión, e incluso puedo llegar a intuir alguna de las razones del exagerado retraso del esperado cambio de turno, pero su irracionalidad en la era digital es incuestionable. Ya es conocido que a las reinas les cuesta mucho morirse, y que en eso de la monarquía parece que es imprescindible cumplir todos los trámites para ejecutar la herencia y que, además, el tiempo real es un tiempo distinto al que los demás mortales estamos acostumbrados a medir, aunque realmente seamos más reales que ellos. Aun así, os confieso que me parece un anacronismo que roza el esperpento; me refiero también al recorte de cartones. En el caso del cupón, una abdicación o un cambio de régimen no debería causar tanto revuelo como en el caso de la monarquía, digo yo. Aunque a veces ya no sé qué pensar.

Tengo la sensación de que el tema se alarga demasiado, de que es demasiado complicado y de que la presión por la renovación es insuficiente. Me refiero al cupón, y esa falta de decisión provoca que cada día unos tres millones y medio de envases de medicamentos continúen siendo despanzurrados en las farmacias españolas bajo la atenta mirada de los usuarios acostumbrados a esta barbarie. Al final uno se acostumbra a todo, pero convendréis conmigo en que hay cosas que ya no son de nuestro tiempo.

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