Una obra que se prevé dura porque la situación va a ser muy exigente y porque la lista de circunstancias que envuelven al sector configuran un cuadro cuando menos preocupante:

  1. El retraimiento del consumo interno debido a la crisis económica.
  2. La endémica insuficiencia de los presupuestos sanitarios públicos.
  3. La excesiva dependencia del sector de los presupuestos públicos.
  4. La estructura minifundista del sector.
  5. La fragilidad de la economía de la distribución farmacéutica.
  6. La escasa innovación de productos y servicios ofrecidos por el sector.
  7. El exceso de individualismo.
  8. La escasa cultura emprendedora de las organizaciones corporativas.
  9. La ambigüedad de las alternativas propuestas.
  10. La retribución profesional ligada exclusivamente al precio y al margen del producto dispensado.

Todos esos aspectos dejan al sector bastante desprotegido frente a las decisiones que deberá tomar el Gobierno salido de la convocatoria a las urnas. Es cierto, no tenemos ninguna duda, que el sector continúa aportando valor por su extrema capilaridad y accesibilidad, y también lo es que los profesionales farmacéuticos mantienen una posición de confianza y credibilidad profesional con los usuarios del servicio, sus verdaderos clientes, pero sólo con eso no va a ser suficiente para afrontar con éxito el reto que significa la exigencia de incrementar la eficiencia, para abordar la imperiosa necesidad de disminuir el déficit público y para convivir con suficientes garantías con el recetario liberal que se intuye va a intentar aplicar el Gobierno del PP. El sector deberá poner encima de la mesa de negociación algo más de lo que siempre ha puesto porque, aún siendo mucho, no va a ser suficiente.

No existe otra salida que olvidar viejos vicios e intentar el cambio. De una forma decidida, sin prisas –de acuerdo– pero sin pausa porque el tsunami se acerca.

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