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  • Un minueto de invierno

Oigo a través del tambor de los muertos 

Dylan Thomas 

Habla a gritos, y estoy convencido de que habla así por lo sordo que estaba su marido, por tantos años gritándole para lo básico: un hombre asustadizo y de ojos azules de celta al que una vez, de tanto usarla, no reconocí sin la gorra de viejo hombre de campo, ya que al quitársela dejó al descubierto una reluciente y despiadada calva llena de lunares con relieve que yo ignoraba. Habla a gritos y parece una mujer iracunda y nerviosa, pero es la anciana más vivaracha, buena y lista que he conocido en mucho tiempo. Tiene la piel muy blanca, con unas manchas preocupantes que protege con una máscara mortuoria factor 100, y los ojos de brótola, salidos de las órbitas de pura atención. Lleva el pelo cardado y con laca para domeñarlo al estilo de Margaret Thatcher en la década de 1980: cuando la miro me acuerdo de muchas de las mujeres mayores de mi infancia, de que iban a la peluquería un día a la semana, y de cómo ese día cambiaban la forma de sus cabezas tras meterlas en los cascos de astronauta mientras leían los cotilleos del Hola o del Semana. Se llama I., y siempre viene los primeros días del mes a hacerse un análisis de glucosa, «dazúca» como dice ella enseñándome el dedo desde la puerta, un dedo blanquecino y hecho garfio por la artrosis, en el que pincho buscando la gota de sangre necesaria. Me gusta ver lo contentos que se ponen los pacientes cuando los análisis o la tensión arterial tienen resultados normales, y ella, ya más tranquila, siempre me dice que su madre era diabética, que tenía que venir P. R. (el practicante que sacaba sangre para el laboratorio de mi padre) a pincharle la insulina dos veces al día, y que ella —ya cercana a los 80—se pone mala solo de pensar en las inyecciones. Cómo ha cambiado todo, me digo frente a ella, y no solo la insulina, con agujitas ya imperceptibles para la piel, sino el trabajo de los ATS, los antiguos practicantes, que mi padre recuerda siempre en una moto lleno de relojes en ambos brazos para ir a casa de la gente incluso más de una vez al día. Me dice adiós gritándome I.; la gente creerá que me regaña, como parecía que lo hacía con el hombre de mirada azul, gorra y oídos muertos, pero es una mujer listísima, de esas que, de haber podido estudiar, serían catedráticas de lo que hubiesen querido.  

La literatura es memoria fermentada, es imposible la imaginación, y hoy viene a mi cabeza A. P., otro paciente que ya vive únicamente en mi recuerdo y ahora aquí, en este cuento de no ficción, un hombre que siempre quiso ser médico y nunca pudo. Fue un niño inquieto, de padres del campo, que en los descansos de la faena leía libros científicos que no entendía bajo los olivos, vibrantes por las chicharras del sur, y al que regañaban por ello llamándolo vago. Ya viejo, ponía en aprietos a mi padre con preguntas complejas sobre interacciones y reacciones adversas, porque en su frustración le dio por estudiarse los prospectos, quizá soñando que era él el profesional de la salud y no nosotros. A veces me da por querer que mis hijos crezcan un poco más únicamente para poderles explicar la suerte que tienen, para decirles lo favorecidos que son y para que sean conscientes de ello. Un día les hablaré de Isabel y de su madre esperando al practicante, todo relojes, y también de A. P., al que imagino con bata y fonendo en el cielo de los que han muerto en la injusticia.

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