Nada que objetar. Efectivamente, se trata de un paciente que perdió los dos riñones y la vejiga en un agresivo episodio neoplásico. Le mantienen con vida las frecuentes sesiones de hemodiálisis.

Llegó un momento, sin embargo, en el que la entradilla de la historia médica, no se sabe el motivo, decía: «Ingeniero anéfrico que vive con su mujer, usuario de bastoncillos».

En uno de los innumerables ingresos hospitalarios que padeció, entró en la habitación un sonriente y amable auxiliar de clínica portando un envase estéril para orina: «Cariño, aquí te dejo esto para que orines y podamos realizarte una analítica». El familiar que acompaña al paciente le advierte al auxiliar que no había orina porque el paciente no tiene riñones ni vejiga, y él le contesta: «No importa, lo ha pautado el médico de guardia». Y ahí queda el envase, que por supuesto no se llenará nunca de orina.

Pasan los días e invariablemente le recuerdan que allí está el envase e insisten en que basta con una pequeña cantidad. Se les hace ver que el paciente es anéfrico. Lo especifica la historia clínica. Ingeniero anéfrico. La respuesta del auxiliar de turno deja estupefactos a los familiares: «Ésa debe de ser la especialidad de la ingeniería».

El médico de guardia lo ha pautado, y el envase debe contener orina para su análisis.

Con el tiempo, el paciente fue trasladado a otro hospital recién inaugurado y la familia solicitó que se cambiara la palabra «ingeniero» por la de «paciente»: paciente anéfrico que vive con su mujer. Para entonces, hay que agregar una nueva patología: Parkinson.

Siguen los ingresos y de nuevo el «aquí te dejo este envase para que orines». «Es que no tiene riñones ni vejiga.» «Bueno, le traigo la cuña, es que está pautado.»

La historia clínica va creciendo en número de páginas y lleva camino de parecer un tomo de cualquier diccionario médico.

En un ingreso en urgencias por cuadros recidivantes de suboclusión intestinal, y tras tratarle con enemas contraindicados en pacientes con tratamiento de hemodiálisis, una bajada brutal de potasio le deja sin fuerza muscular. Se reclama y escuchan la frase de rigor: «Estaba pautado».

El paciente empeora. Entran en acción neurólogos y nefróloga. La cosa no está para bromas y no pueden bajar la guardia. Luchan contra los medicamentos que interaccionan, pautados en las noches interminables. Retiran las benzodiacepinas que producen alucinaciones, delirios o cuadros de confusión. Luchan contra los medicamentos que bajan o suben la tensión. Valorar, vigilar, reforzar.

Parecía que nunca se saldría de esa situación extrema. Pasan los días.

No se observan anomalías...

No se registras episodios paroxísticos…

No se aprecian adenopatías…

No presenta datos de gravedad…

¿Saldrá de ésta?

El ingeniero anéfrico sigue viviendo con su mujer. Porque lo pautado, sabiamente administrado por enfermeras y auxiliares que trabajan sin descanso, sin perder las formas ni la sonrisa, con una paciencia infinita, y gracias al seguimiento de su nefróloga L.G.P., ha conseguido sacar al paciente a flote una vez más. Así desde hace años.

Lo demás es pura anécdota.

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