Se llamaba Gordon May y era, entre otras cosas, mi amigo. Jubilado pronto de la Royal Navy, sus nuevos empleadores aprovecharon su experiencia y lo destinaron a las antiguas colonias británicas (Singapur, Kenia, India) como mediador en negocios petrolíferos. Durante diez años, en sus visitas semanales a mi farmacia, ha traído, además de buen humor y su media sonrisa irónica de gentleman inglés, frutas de su huerta sureña para mis compañeras y unas cuantas historias fantásticas para mí, las de su propia y apasionante vida: largas travesías y su dura vida a bordo, espionaje, sabotaje, peleas, lances en prostíbulos, timbas arriesgadas de póker, como una en Malasia donde ganó el Rolex viejo que llevaba puesto y que yo le pedía de broma, etcétera. No fue un santo, claro que no, y los años de África le habían dejado un desprecio de sudista por los negros, pero me hubiese gustado que se viera cómo era con su mujer, Theresa, enferma de un párkinson atroz que la hacía temblar y contonearse con sacudidas de epiléptico, delgada ya en la última época como en las fotos insoportables de la liberación de Auschwitz. Ella murió el martes pasado y él cinco días después, pero no tenía ninguna enfermedad grave; solo ese batiburrillo de patologías crónicas de las que no suelen librarse los mayores de sesenta años.  Sé que no se ha suicidado, pero estoy convencido de que, a diferencia del personaje de Las palmeras salvajes, de Faulkner, de alguna forma eligió la nada antes que la pena, y que su cuerpo —también delgado, muy rubio, de gran nariz y pelo lacio todavía rubicundo de niño— tomó nota para irse apagando de consumo acorde al de ella, y así partir juntos desde la muerte hacia donde dicen algunos que parten los difuntos. Llevaba en España quince o veinte años, apenas iba a Reino Unido (era de Essex), y recuerdo que una de las pocas veces que volvió a su país me trajo a la vuelta una postal de una ciudad con puerto cuyo nombre ya he olvidado, una postal con una torre circular como yo imaginaba que era la torre cónica que construía Roithamer en la novela de Thomas Bernhard Corrección.

¿Los recordará alguien de vez en cuando?, eso me pregunto hoy. La última visita que hizo a la farmacia fue para decirme que su asma mal tratada, que domeñaba a duras penas con los Ventolín que yo le suministraba, le daba mucho la lata últimamente y que Theresa estaba muy mal ya. Por cambiarle un poco de tema le pregunté por la familia, y me dijo que no se hablaba con su hija y que solo tenía dos sobrinos, familiares lejanos y alejados de los afectos, a los que ahora llamará un notario para decirles que han heredado una casa de campo en el sur de España y un Rolex viejo que yo quería por la historia que arrastraba y que seguramente, de tan ajado y roto, esos sobrinos tirarán a la basura al creerlo falso o averiado. Vino a verme, decía, para pedirme consejo sobre uno de los medicamentos paliativos de su mujer, y al tipo duro que recorrió el imperio vendiendo petróleo, al racista e imperialista reaccionario con un español divertido que repartía granadas y naranjas a las damas, se le quebró la voz y se le humedecieron los ojos de sir cuando me dijo que su mujer era mejor que todas las mujeres que había conocido, incluso tan enferma como estaba.

Hoy me han dado una foto de él de joven, la tenía una empleada de Correos. «Toma, sé que érais buenos amigos, hablaba maravillas de tu farmacia cuando recogía las cartas», me dijo. En la foto en blanco y negro se ve muy joven, con menos de treinta, con gorra de plato blanca de la Royal Navy y traje azul marino con alguna medalla, con aspecto de personaje y amigo de Joseph Conrad. No tengo ninguna duda de que en realidad lo fue. 

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