El siglo XIX remató la faena: Darwin, Freud, Comte construyeron un mundo positivista, basado en hechos, en el que paradójicamente la ciencia, tan limitada en cuanto afecta a la solución de los problemas existenciales del hombre, había de sacarnos del atolladero. Íbamos a ser, suena cómico, felices y científicos. Profetas de pobladas barbas prometieron construir una sociedad sin clases, estructurada científicamente, en la que cada uno aportaría según sus capacidades y recibiría según sus necesidades. Increíblemente, se los tomaron en serio. La forma de alcanzar el paraíso fue implantar una dictadura policial y el sistema se derrumbó como un castillo de naipes.
Otro profeta, éste con un bigote recortado y el brazo en alto, prometió erradicar el judeocristianismo, recuperar el paganismo, construir una sociedad de hombres fuertes, más allá del bien y del mal, reconstruir Europa bajo el mando de una Alemania regenerada. El sueño condujo al genocidio y a la barbarie.
Vivimos sin ritos, desnudados, indefensos ante una realidad que no comprendemos. Dependemos de cuanto hemos olvidado: el inconsciente colectivo, los símbolos comunes a la humanidad, el inconsciente individual, la historia psicológica de cada familia y clan, la infancia, los desaparecidos. El individualismo es una ensoñación: el yo no es más que la cristalización de los procesos colectivos que nos han codificado y marcado. Crece la infelicidad, el desconocimiento, los desórdenes amorosos, y se llenan las consultas de los terapeutas, desde los psicoanalistas a los sanadores alternativos.
Allí donde la sociedad está más industrializada e individualizada, más alejada de los ritos y desconectada de las emociones y los mitos, más crece el malestar y las terapias alternativas. Millones de personas van de terapeuta en terapeuta sin encontrar las causas de su malestar, con heridas que no se cierran ni cicatrizan, acosados por fantasmas, suplantada su personalidad, viviendo la vida de otros.
Parece una comedia, pero es un drama: el malestar de la cultura, la ceguera de una época que ha perdido el contacto con su sustrato, con las emociones simbólicas. Muere un ser querido, se le entierra, y a otra cosa, y se olvida que si no se efectúa el duelo simbólico ese ser seguirá allí, como fantasma, colonizándonos y enfermándonos. Todos estamos colonizados, parasitados. También por la razón, un mito que nos aleja de las emociones simbólicas, sin las que el equilibrio psicológico es imposible.

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