El resultado objetivo del análisis sobre el papel real de los farmacéuticos comunitarios en los diferentes modelos sanitarios de las sociedades del primer mundo no puede ser muy distinto del que les otorga funciones sanitarias principalmente en el campo del control de cumplimiento de los tratamientos de los enfermos con patologías crónicas.
Otra evidencia es que la batalla de los tratamientos farmacológicos contra el virus del VIH se ha saldado, de momento, con una victoria parcial. Los medicamentos han logrado transformar esa infección en una patología crónica que requiere tratamiento continuado y seguimiento.
Con esas premisas cualquier persona con mentalidad científica llegaría a la conclusión de que una red de profesionales próxima a los pacientes y con máxima accesibilidad sería una opción óptima para la dispensación y el control de esos tratamientos. La realidad, aunque les pese a los científicos, no es así.
No es así porque la realidad tiene recovecos invisibles para los microscopios y porque los actores que participan de ella tienen intereses capaces de retorcerla y de tergiversarla. Unos porque no quieren renunciar al papel que tienen aunque no sea eficiente, otros porque no son capaces de cambiar su estatus de confort, y los que teóricamente tienen las llaves para cambiar la realidad se dedican más a surfear en el oleaje de la política que a mantener el rumbo. Ésa es la triste realidad.

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