Se podría deducir que todos los arrabaleros viven deseando estar en el centro, allí donde todo se cuece y donde se toman las decisiones, pero no es así porque vivir en el arrabal también tiene sus ventajas. En el arrabal no tienes por qué ajustarte a las normas ni tienes por qué dar muchas explicaciones de como vives, unas ventajas que se acentúan sobre todo si ese arrabal es un suburbio acomodado, que también los hay.
Es un debate interesante el que se genera alrededor de esta cuestión. Las posiciones respecto de lo que es más conveniente casi nunca son aplastantemente mayoritarias. Es comprensible que sea así porque se trata de decidir entre poder ganar algo que no se tiene a costa de poder perder algo que se dis­fruta.
En algunos aspectos el sector de las oficinas de farmacia se parece a un arrabal del Sistema Nacional de Salud. Un sistema con el que tiene vínculos y cercanías, pero con el que mantiene una cierta distancia de seguridad.
Es evidente que los cambios en el sector no son habituales y que aceptar que el arrabal particular se integre en el casco urbano, lo es y lo es en grado mayúsculo. Hace años que el debate sobre la conveniencia de dar ese paso, sobre cuáles son los riesgos y las ventajas de hacerlo o de no hacerlo y las condiciones en las que se tiene que hacer existe. Podríamos decir que es la madre de todos los debates. Esas cuestiones que se esconden en infinidad de ponencias, de presentaciones y de documentos.
Infarma 2015 volvió a demostrar que las eternas cuestiones continúan en el fondo de las inquietudes del sector, mientras las murallas del centro van modificándose y el arrabal se debate entre mantener su impermeabilidad o buscar maneras de integrarse en el centro. Aunque debe tener presente que las preguntas pueden ser eternas, pero que nada humano lo es.

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