Se nota el cambio. América Latina, como contrapeso natural de Europa desde que Cristóbal Colón arribase a sus costas, ha crecido mucho en estos años de crisis. Nuevos edificios, rascacielos acristalados en San Isidro... El metro sobrevuela como en Medellín de una punta a otra la ciudad. Hay muchos europeos, bastantes jóvenes españoles que renuevan la aventura americana que sus antepasados realizaron con mucha menos formación, pero con igual energía y esperanza.
Sin embargo, Lima sigue siendo reconocible. En el afrancesado barrio de Miraflores, en el tranquilo y con cierto aroma a pueblo Jesús María, en Pueblo Libre y su maravillosa taberna de Santiago Queirolo... También en la pobreza y en la desigualdad, en los niños que venden chucherías por la calle, en sus lomas grises en las que los rayos de sol destellan al chocar contra los techos de chapa de las viviendas. Los taxis tampoco han cambiado, siguen siendo los mismos de entonces. El precio de la carrera se hace a ojímetro, y no con taxímetro, y es directamente proporcional a la blancura de tu piel. El caos de tráfico es aún más caos, porque hay más coches nuevos y los viejos siguen circulando.
Fuera de Lima, la pobreza vence sin contestación al pretendido progreso. Una farmacéutica me cuenta que es la única que tiene lavavajillas en la ciudad en la que vive, que llega a los setecientos mil habitantes. Aprovecha cuando viene a la capital para comprar jabón para el electrodoméstico, ya que allí no lo encuentra. El nuevo gobierno trata de instaurar alcaldías y organismos estatales donde hasta ahora no los había. En muchos territorios el Estado llevaba años ausente o simplemente no existía.
Me convocan a una reunión de expertos en la Dirección General de Medicamentos, Insumos y Drogas (DIGEMID), un organismo similar a nuestra Agencia Española de Medicamentos y Productos Sanitarios. Acuden allí el decano de Colegios Farmacéuticos del país, altos funcionarios del Ministerio, y representantes de sociedades científicas y la universidad. Van a presentar un proyecto por el que el gobierno ha decidido pagar a los farmacéuticos para implicarlos en labores de seguimiento farmacoterapéutico. Y van a comenzar ya, a un mes vista, con una prueba piloto, de la que esperan aprender para extender este servicio por todo el país.
Imparto un curso los días siguientes a la reunión. El máximo responsable de la DIGEMID asiste al mismo. No, no viene a inaugurarlo y a decir que tiene muchos compromisos previos a los que no puede faltar, no. Ni siquiera inaugura: se queda como un alumno más y sigue allí hasta el final del curso, dos días después. Cuando terminamos, me confiesa que le he removido los cimientos de su proyecto, algo parecido al terremoto de Iquique de días atrás, pero que le va a servir mucho para afinar el proyecto y que tenga éxito. Le he convencido, y me pide que le eche una mano. Le contesto que estoy libre. Soltero y sin compromiso profesional.
Regreso. Cuando este artículo vea la luz, estará por llegar el Inti Raymi, el día en el que los incas celebraban la llegada del sol, el más corto en el hemisferio sur del planeta. Y sí, ya viene el sol para nuestros colegas peruanos. Me pregunto en el avión cuándo vendrá para los de un país en el que, siglos atrás, ese sol nunca se ponía y que ahora no se ve, porque tiene sus persianas bajadas, perdido en la eterna noche del miedo.

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