42 EF 601   OPINION   un tuit en el herbario
Un tuit en el herbario

De los tres estados de agregación de la materia, los gases fueron los últimos en perder su misterio. Debemos su nombre al químico de los Países Bajos, entonces bajo dominación española, Juan van Helmont, que derivó el apelativo de la palabra «caos». No tenían propiamente forma definida, sino que se adaptaban al recipiente que los contenía pues su tendencia a la expansión parecía ilimitada. Un experimento de gran efecto y enorme espectacularidad condujo la atención de muchos, y en particular de Robert Boyle, hacia su estudio.

Ocurrió que el físico alemán Otto von Guericke había diseñado una bomba con la que se podían extraer los gases de un recipiente, así que en 1654 preparó dos semiesferas de metal que encajaban a la perfección, extrajo el aire de su interior e invitó a los asistentes a que las separaran. Ni siquiera los más fuertes lo consiguieron, e incluso parejas de caballos fustigadas para tirar en direcciones opuestas fracasaron en el intento. Sin embargo, un niño las separó sin esfuerzo en cuanto se permitió que el aire volviera a penetrar en la esfera. Los espectadores pensaron que asistían a un episodio de magia y fantasía, pero era pura ciencia, una ciencia que aquí demostraba simplemente el peso y la presión de los gases de la atmósfera.

A primera vista no hay nada más contaminante para la ciencia que la superstición y la magia, por lo que hemos de  preguntarnos si debemos expulsar a los duendes de nuestros laboratorios. Creo que no es necesario, al menos mientras sepan permanecer en su lugar y colaborar cuando se los necesite.

«Gnosis» significa conocimiento, y de ahí procede la palabra «gnomo», porque estos seres imaginarios conocían y podían revelar a los hombres el lugar donde los metales se encontraban escondidos y el lugar en el que se generaban los vapores de la tierra, los gases. Por eso se los representa trabajando en una mina, y por eso, creo yo, Walt Disney otorgó esa ocupación a los siete compañeros de Blancanieves.

Pensar, razonar y soñar no son tareas incompatibles, sino complementarias, y reflejan un proceder deseable para cada uno de nosotros. El ejercicio de la ciencia no anula la fantasía, pero sí que la depura y le da nuevas alas. Para investigar, para innovar, se necesitan también buenas dosis de imaginación.

El conocimiento está en todas partes, al alcance de cualquiera que honestamente se quiera acercar a cada una de sus múltiples facetas. La cultura no se compra, no se adquiere de un día para otro. Puede ser costosa pero no es aburrida, no defrauda y es capaz de llenar de sabor nuestro trabajo.

Una comprensión profunda y un pensamiento disciplinado son imprescindibles para ejercer la profesión, y las dos culturas, que se vienen en llamar de ciencias y de letras, son tan necesarias como el aire que respiramos. Con ellas la investigación progresará y estará en condiciones de devolver al César lo que pertenece al César.

Un duende doméstico de barba cerrada, ataviado a la manera tradicional con traje abigarrado y caperuza monástica, me ayudaba a preparar las fórmulas magistrales en el sótano de la farmacia de Quincoces de Yuso, en la provincia de Burgos. No sé si vivía allí desde los tiempos antiguos o si se había incorporado más tarde, pero lo cierto es que hacíamos la tarea los dos juntos y con suma eficacia. Era habilidoso, aunque un tanto malhumorado, y llegué a tenerle aprecio. Un día desapareció sin avisar, pero me dejó una nota bastante cruel escrita en latín que decía: «No soporto que me leas tus versos mientras trabajo». Desde ese día, no he querido saber nada más de él.

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