Insomnio, agotamiento o nerviosismo son, en ocasiones, la expresión de un problema de salud mental que el paciente no identifica como tal. Fernando Mora pone en valor la capacidad de la farmacia comunitaria para detectar estas situaciones, acompañar a las personas, y contribuir a romper el estigma que aún rodea a trastornos como la ansiedad o la depresión.
La farmacia como primer punto de contacto en salud mental
—En la farmacia comunitaria, cada vez es más habitual que los profesionales se encuentren con personas que llegan con malestar emocional, síntomas inespecíficos o situaciones de vulnerabilidad que todavía no se han identificado como un problema de salud mental. Además, sabemos que, por su cercanía y accesibilidad, pueden actuar como un verdadero «radar social». Desde tu experiencia como psiquiatra, ¿qué papel puede jugar la farmacia comunitaria en la detección precoz de estos problemas?
—La farmacia comunitaria ocupa una posición privilegiada dentro del sistema sanitario. Es, probablemente, el recurso de salud más accesible que tenemos. Muchas personas consultan antes a su farmacéutico que a cualquier otro profesional sanitario, especialmente cuando todavía no identifican lo que les ocurre como un problema de salud mental.
»Con frecuencia el paciente no dice «tengo ansiedad» o «estoy deprimido». Lo que verbaliza es que duerme mal, que está agotado, que tiene molestias digestivas, cefaleas o una sensación constante de nerviosismo. Detrás de estos síntomas físicos puede existir un malestar emocional.
»Precisamente ahí reside el enorme valor del farmacéutico: detectar que ese malestar puede ser algo más que un problema puntual. No se trata de diagnosticar, sino de reconocer cuándo merece la pena hacer una pregunta más, escuchar unos minutos o recomendar una valoración médica.
»Muchas veces, una conversación de cinco minutos puede adelantar meses el diagnóstico de un trastorno mental y evitar que el problema se cronifique. Porque la detección precoz muchas veces empieza al otro lado del mostrador de una farmacia.

—Precisamente por ese contacto frecuente, el farmacéutico puede detectar pequeñas señales que no siempre afloran en otros niveles asistenciales. ¿Qué cambios sutiles en el comportamiento, el lenguaje o la actitud deberían alertar de que algo más puede estar ocurriendo?
—Los problemas de salud mental suelen aparecer poco a poco, rara vez se presentan de un día para otro. Por eso, quien ve regularmente al paciente tiene una ventaja enorme: puede apreciar cambios que pasan desapercibidos en una consulta puntual.
»Hay señales sencillas que merecen atención: personas habitualmente comunicativas que dejan de mantener conversación; pacientes muy cuidadosos que comienzan a descuidar su aspecto; alguien que acude con mucha frecuencia buscando soluciones para síntomas físicos sin una causa clara. O quien compra reiteradamente productos para dormir, relajarse o aliviar molestias digestivas relacionadas con el estrés.
»También conviene escuchar cómo habla la persona. Frases como «Ya nada me hace ilusión», «Estoy agotado», «No puedo más», «Todo me supera» o «Últimamente no soy yo» pueden ser indicadores de un malestar emocional significativo.
»No existe una señal única, pero cuando varios pequeños cambios aparecen al mismo tiempo, merece la pena explorar un poco más.
—En ocasiones, detrás de un malestar mantenido pueden existir situaciones más graves que no siempre se verbalizan.¿Qué señales deberían alertar de un posible riesgo, y cómo se puede actuar de forma adecuada desde un entorno como la farmacia?
—Hay que prestar especial atención cuando el paciente expresa desesperanza intensa, siente que supone una carga para los demás, verbaliza que la vida ha perdido sentido o comenta que preferiría no despertarse. También preocupan los cambios bruscos de comportamiento tras semanas de gran tristeza, ya que, en ocasiones, pueden indicar que la persona ha tomado una decisión sobre su futuro.
»Ante estas situaciones, mi recomendación es que el farmacéutico no asuma una responsabilidad terapéutica, pero sí que actúe como un puente hacia la atención sanitaria. Escuchar sin juzgar, permanecer con la persona si existe un riesgo inmediato y facilitar una derivación urgente pueden marcar una enorme diferencia.
»Preguntar directamente por el sufrimiento o incluso por pensamientos relativos a la muerte no aumenta el riesgo; al contrario, muchas personas sienten alivio cuando alguien les da permiso para hablar de ello.

—En ese primer contacto, además de detectar, el farmacéutico tiene que gestionar la conversación con cuidado para no generar rechazo. Desde el punto de vista psicológico, ¿cómo debería actuar para acompañar al paciente sin invadir su espacio?
—El mayor error suele ser intentar solucionar el problema demasiado rápido. Cuando una persona está sufriendo, normalmente necesita sentirse escuchada y comprendida antes que recibir consejos.
»Pequeños gestos tienen un enorme impacto: mantener contacto visual, utilizar un tono tranquilo, validar lo que la persona está sintiendo y evitar frases como «Anímate», «No será para tanto» o «Tienes que ser fuerte».
»A veces basta con decir: «Veo que esto le está haciendo sufrir» o «¿Quieres contarme un poco más de lo que te está ocurriendo?». Ese tipo de preguntas abren la puerta a una conversación mucho más útil.
»La escucha activa es una herramienta clínica de enorme valor. No siempre podemos resolver el problema, pero sí evitar que la persona se sienta sola.
—Más allá de la detección, la farmacia también se está posicionando como un espacio de educación sanitaria y lucha contra el estigma. En un entorno cotidiano y cercano, ¿qué papel puede tener el farmacéutico para normalizar la conversación sobre salud mental y facilitar que el paciente se exprese?
—Todavía hoy muchas personas que sienten vergüenza por reconocer que tienen ansiedad o depresión, aunque no les avergonzaría decir que padecen hipertensión o diabetes.
»La farmacia comunitaria puede contribuir a cambiar esta realidad validando ese malestar, evitando etiquetas y explicando que los trastornos mentales son enfermedades frecuentes, tratables, y que no definen a quien las padece.

»Cada conversación ayuda a reducir el estigma. Cuando el paciente percibe que puede hablar de su salud mental con la misma normalidad con la que habla de su colesterol o de su tensión arterial, disminuye la culpa y aumenta la probabilidad de pedir ayuda.
Adherencia y acompañamiento: más allá de la dispensación
—Una vez que se han establecido un diagnóstico y un tratamiento, la farmacia tiene un papel clave en la adherencia. ¿Por qué es especialmente importante en patologías mentales?
—La adherencia es uno de los grandes retos de la medicina en general. Se calcula que aproximadamente la mitad de las personas con tratamientos a medio-largo plazo interrumpen el tratamiento antes de lo recomendado.
»En el caso específico de la salud mental, aunque depende del tipo de trastorno, una mala adherencia tiene consecuencias importantes: aumentan las recaídas, los ingresos hospitalarios y el riesgo de cronificación.
»El farmacéutico es uno de los pocos profesionales que mantiene un contacto periódico con el paciente durante todo el tratamiento. Puede detectar dudas, resolver miedos y reforzar mensajes que aumenten la adherencia. Muchas veces, una conversación breve en la farmacia evita un abandono silencioso del tratamiento.
—En muchos casos, los pacientes abandonan el tratamiento porque no notan una mejoría inmediata o por efectos secundarios. ¿Qué debería saber el farmacéutico para anticiparse a estas situaciones y ayudar al paciente a mantenerlo?
—Es importante explicar desde el principio que fármacos como los antidepresivos no funcionan con la velocidad de los analgésicos. El beneficio suele aparecer de forma progresiva durante las primeras semanas. Si el paciente espera encontrarse bien en dos o tres días, es muy probable que piense que el tratamiento no sirve.
»También conviene anticipar que algunos efectos secundarios iniciales —como las náuseas o la sensación de nerviosismo— suelen ser temporales y mejoran conforme el organismo se adapta. Informar de ello reduce mucho la ansiedad y evita abandonos innecesarios.
»El mensaje más útil suele ser sencillo: «No suspenda el tratamiento por su cuenta. Si algo le preocupa, consulte antes.»

El equipo de farmacia ante un paciente cada vez más exigente
—El perfil de paciente ha cambiado: está más informado, es más exigente y, en ocasiones, se muestra más impaciente. ¿Qué impacto tiene esto en la relación con el profesional sanitario?
—Vivimos en la era de la información, pero no siempre del conocimiento. Hoy los pacientes llegan a la consulta del médico o a la farmacia después de haber leído en Internet, visto vídeos en redes sociales o consultado herramientas de inteligencia artificial. Eso no es necesariamente un problema; de hecho, un paciente informado suele implicarse más en su salud. El reto aparece cuando la información es incompleta, está descontextualizada o es directamente errónea.
»Esto obliga al profesional sanitario a cambiar nuestra forma de comunicarnos. Ya no basta con decir qué hacer; hay que explicar por qué hacerlo. La autoridad ya no se basa únicamente en el conocimiento, sino también en la capacidad de generar confianza.
»El farmacéutico tiene una ventaja enorme en este contexto: la cercanía. Puede convertir una duda en una oportunidad para informar al paciente y ayudarlo a distinguir la evidencia científica del ruido informativo. Hoy los pacientes no necesitan más información; necesitan a alguien que los ayude a interpretar la información que ya tienen.
—En una misma jornada, el equipo puede atender a perfiles muy distintos: personas mayores, pacientes jóvenes o personas en situación de vulnerabilidad. ¿Cómo adaptar la comunicación según quién tenemos delante?
—No existe una única forma correcta de comunicar. La buena comunicación consiste precisamente en adaptar el mensaje a la persona que tenemos delante. Por ejemplo, una persona mayor puede necesitar un lenguaje más pausado, comprobar que ha comprendido las indicaciones y disponer de más tiempo para preguntar. Un adolescente probablemente agradecerá un lenguaje más directo, menos paternalista y que respete su autonomía. Una persona que está atravesando una situación de vulnerabilidad emocional necesitará, sobre todo, sentirse escuchada antes de recibir información.
»En salud mental solemos decir que primero vinculamos y después conversamos. Si no conseguimos establecer una relación de confianza, es difícil que el paciente siga nuestras recomendaciones.

—¿Qué competencias, más allá del conocimiento técnico, deberían formar parte hoy del día a día en una farmacia?
—El conocimiento científico sigue siendo imprescindible, pero cada vez resulta más evidente que las llamadas «habilidades blandas» (del inglés soft skills) tienen un enorme impacto en la calidad asistencial. La escucha activa, la empatía, la comunicación eficaz o la capacidad para transmitir calma son competencias que pueden marcar la diferencia entre una experiencia sanitaria positiva y una negativa.
»Además, el farmacéutico debe desarrollar una buena capacidad para detectar cuándo un problema puede resolverse en la propia farmacia y cuándo es necesario derivar al médico. Saber dónde están los propios límites también forma parte de la excelencia profesional. En muchas ocasiones, el paciente no recordará exactamente qué medicamento se le recomendó, pero sí cómo le hicieron sentir durante esa conversación.
—En paralelo, se están impulsando programas de formación específicos en salud mental para farmacéuticos, que incluyen habilidades de comunicación, detección y acompañamiento. Desde tu punto de vista, ¿qué competencias deberían reforzarse especialmente?
—Creo que la formación debería centrarse en tres grandes áreas. La primera es aprender a reconocer precozmente los principales problemas de salud mental y sus signos de alarma, y no para diagnosticar, sino para identificar cuándo conviene derivar.
»La segunda consiste en entrenar habilidades de comunicación. Saber hacer una buena pregunta, generar confianza, validar una emoción o manejar una conversación difícil son competencias que se aprenden y mejoran con la práctica.
»Y la tercera área es conocer bien los tratamientos psiquiátricos, sus tiempos de respuesta, los efectos secundarios más frecuentes y las dudas habituales de los pacientes. Muchos abandonos terapéuticos podrían evitarse simplemente anticipando lo que el paciente puede esperar durante las primeras semanas.
—En muchos casos, estas habilidades no se han entrenado tradicionalmente en la formación sanitaria. ¿Estamos pidiendo a los profesionales algo para lo que no siempre se les ha preparado?
—Probablemente sí. Durante muchos años la formación sanitaria ha puesto el foco en el conocimiento técnico, mientras que aspectos como la comunicación o la gestión emocional han quedado en un segundo plano. Sin embargo, la práctica clínica demuestra que no basta con saber mucho; también hay que saber transmitirlo.
»La buena noticia es que estas habilidades pueden entrenarse igual que cualquier otra competencia profesional. La empatía clínica no solo es algo innato; también se aprende mediante formación, supervisión y experiencia. Invertir en estas competencias no solo mejora la atención al paciente, sino que además reduce el estrés del propio profesional.
—¿Qué papel juega el trabajo en equipo dentro de la farmacia para gestionar mejor este tipo de situaciones?
—La atención sanitaria nunca debería depender exclusivamente de una persona. Cuando todo el equipo comparte unos criterios comunes de actuación, la calidad asistencial mejora de forma notable.
»Es importante que cualquier miembro de la farmacia pueda identificar una situación preocupante y sepa cómo actuar, cuándo derivar la conversación a otro compañero o cuándo recomendar una valoración médica.
»Además, compartir casos complejos entre el equipo ayuda a reducir la carga emocional y evita que cada profesional tenga que gestionar en solitario situaciones especialmente difíciles.
El impacto emocional: cómo cuidarse para poder cuidar
—El farmacéutico es un profesional muy expuesto: escucha problemas, conoce historias personales y trata con los mismos pacientes de forma continuada. ¿Qué impacto tiene esto a nivel emocional?
—Cuidar a otras personas siempre tiene un coste emocional. Escuchar sufrimiento de forma repetida activa nuestra empatía, y eso es positivo porque nos permite conectar con quien tenemos delante. El problema aparece cuando esa empatía no va acompañada de herramientas para protegernos.
»Muchos farmacéuticos acompañan durante años a pacientes con enfermedades crónicas, pérdidas familiares, diagnósticos difíciles o problemas de salud mental. Es inevitable que algunas de esas historias les afecten. Sentirse impactado por determinadas situaciones no significa ser poco profesional; al contrario, significa que seguimos siendo humanos.

—¿Por qué cuesta tanto desconectar después de determinadas conversaciones o situaciones que nos han impactado?
—Nuestro cerebro está diseñado para recordar aquello que tiene un mayor impacto emocional. Las conversaciones especialmente intensas activan sistemas relacionados con la memoria y la supervivencia, por eso siguen dando vueltas en nuestra cabeza horas después.
»Además, muchos profesionales sanitarios tienen un elevado sentido de la responsabilidad. Se preguntan si podrían haber hecho algo más o si tomaron la decisión correcta. Estas reacciones son normales, siempre que no se conviertan en la forma habitual de terminar cada jornada.
—¿Qué herramientas pueden ayudar a marcar una distancia saludable sin perder la cercanía con el paciente?
—La primera herramienta es aceptar que no podemos resolver todos los problemas. Parece una idea sencilla, pero resulta enormemente liberadora.
»Compartir situaciones difíciles con otros compañeros también tiene un importante efecto protector. Hablar de lo vivido reduce la carga emocional y evita el aislamiento.
»También es fundamental saber desconectar y proteger nuestro tiempo personal; sabemos que los hábitos saludables son claves para un buen autocuidado. En nuestro tiempo libre tenemos que dejar al lado el trabajo y cuidarnos. Los cuatro pilares básicos del bienestar emocional son la actividad física, la alimentación saludable, el descanso —dormir bien no es negociable— y la gestión del estrés, y todo esto debe ir acompañado de unas relaciones sociales de calidad.
»Y si el desgaste emocional empieza a afectarnos y a mantenerse en el tiempo, pedir ayuda también forma parte del autocuidado.
—En este tipo de profesiones, ¿dónde está el equilibrio entre implicarse y protegerse?
—El equilibrio consiste en ser cercanos sin convertirnos en imprescindibles. Los profesionales sanitarios solemos pensar que cuanto más nos implicamos, mejor cuidamos. Sin embargo, cuando cruzamos determinados límites aparece el agotamiento, disminuye nuestra capacidad de ayudar y aumenta el riesgo de cometer errores.
»La verdadera profesionalidad consiste en encontrar ese punto donde ofrecemos nuestra mejor versión sin poner en riesgo nuestra propia salud. Porque un profesional agotado difícilmente podrá cuidar bien de los demás.
Añadir El Farmacéutico como fuente preferida de Google de forma gratuita
Mantente informado con las últimas noticias de actualidad.