Cuando escribo esta colaboración, acabamos de finalizar un modesto trabajo de investigación en la farmacia para que una estudiante de máster complete su itinerario y obtenga dicha titulación. Se trataba de conocer si quienes acuden a retirar sus medicamentos prescritos alcanzan con ellos los resultados deseados o no.

Era un estudio meramente exploratorio, con tan sólo diez pacientes crónicos polimedicados, a los que se les ofrecía evaluar la medicación que utilizan y así verificar si existían resultados negativos que debieran ser corregidos. No era, por tanto, una consulta a demanda de pacientes que sintieran que algo iba mal y que requerían al farmacéutico una posible solución, sino que los candidatos eran personas que creían que todo iba bien, que se limitaban a acudir a retirar medicamentos y que probablemente no esperaban otra cosa que la entrega de ellos, todo lo más algún consejo, si es que hubiera algún medicamento nuevo que desconocieran.

Estamos empezando a evaluar los resultados, pero hay algo que podemos adelantar, y que para mí ha sido una sorpresa a pesar de los años que llevo en esto: todos y cada uno de los pacientes tienen uno o más «resultados negativos de la medicación» (qué poco me gusta este concepto, pero hay que ser políticamente correcto) que necesitan una o más modificaciones si se pretende que los medicamentos sirvan para lo que deberían servir, esto es, para dar salud a las personas y no para quitársela.

Al aplicar un proceso racional de toma de decisiones para detectar si la farmacoterapia falla, se han detectado un buen número de problemas cuyas consecuencias sobre la salud de los pacientes podrían llegar a ser incluso dramáticas en algunos de ellos, como el caso de una mujer en prediálisis, a la que sus medicamentos le iban a acelerar el proceso de dializarse y de ser candidata a trasplante. ¿Cuánto cuesta dializar a las personas un día sí y otro no? ¿Cómo se deteriora su calidad de vida? ¿Cuánto vale un trasplante? ¿Cuánto nos gastaremos todos en los medicamentos que va a tener que utilizar de por vida si finalmente se consigue un trasplante para ella?

Los farmacéuticos nos encontramos ante una oportunidad única de ofrecer a la sociedad una forma de resolver el gravísimo problema de salud pública que significa esta epidemia farmacológica. Existe una práctica asistencial, cooperativa como todas las que existen, con capacidad de crear un impacto extraordinariamente positivo sobre la salud de las personas. Y sin embargo…

Y sin embargo seguimos avanzando en otra dirección, en una dirección que no conduce a contraer responsabilidades con los medicamentos de los pacientes. Pasamos de una actuación profesional centrada en el producto (medicamento) que denostábamos, a otra centrada en el aparato (SPD, MAPA, COBAS…) o en otros productos que nunca han formado parte de la esencia profesional del farmacéutico (dermocosmética, ortopedia…). Mucho me temo que la cacareada farmacia de servicios acabará arrojando por el desagüe esta oportunidad única.

Necesitamos reaccionar, porque los pacientes y la sociedad sufren, y nosotros tenemos la llave para paliar ese sufrimiento. ¿A qué esperas?

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