41 EF 601   OPINION   detras del espejo

El hombre es un ser moldeado por sus propios anhelos. Frente al principio decepcionante de la realidad, alza como contrapeso el principio del deseo. Para Freud, el choque entre la realidad y el deseo era en cierto modo la historia de la humanidad. Si la realidad se impone, el hombre languidece y sus más íntimos deseos se ven reprimidos. Es el malestar de la cultura. Si triunfa el deseo, puede ser muy complicado mantener el contrato social y la cohesión de grupo. Un deseo típicamente masculino se dirige hacia la posesión de la mujer, en especial hacia la obtención y el goce de su cuerpo. El arte ha sublimado esa mirada masculina cargada de deseo, que ha producido muchos desvaríos y abusos y también algunas de las obras más singulares de la historia del arte, como las Venus de Tiziano, Giorgione y Velázquez; los retratos de Boldini y John Singer Sargent; y las lánguidas, bellísimas e inexistentes mujeres de los lienzos prerrafaelitas. El artista hombre ha sido el artífice de una modulación de la imagen femenina, que la aleja de la realidad y la transforma unas veces en un icono, otras en un fetiche. La mujer ha tenido que lidiar con una situación incómoda: la sustitución de su yo por la imagen creada por el deseo y la imaginación masculina, el reemplazo de su naturaleza por la fantasía creada por los hombres. Unas lo han aceptado, quizás algunas lo han considerado natural o inevitable, otras se han resignado, incluso las hay que han sacado provecho del fervor masculino; también hay mujeres que han rechazado la versión de sí mismas creada por la mirada masculina, y han reivindicado su verdadero yo. En algunas se manifiesta un dolor intenso ante su conversión en iconos y fetiches y la sustitución de su identidad. Algunas artistas, como la portuguesa Paula Rego, dedican su obra a reflejar el dolor de la mujer ante el escenario donde ha sido depositada y las opciones que se le ofrecen.

El desnudo femenino es uno de los temas predilectos de los artistas masculinos. Surge así una galería de mujeres lánguidas que se ofrecen en divanes a la mirada masculina, una sucesión de hurís con los brazos alzados que se muestran a los hombres. En el paraíso musulmán, el creyente goza de lo que en la vida le ha sido negado: mujeres siempre receptivas, eternamente vírgenes, mientras él se satisface con un deseo que jamás se agota. Sin la existencia de la mirada llamada deseo y de la insatisfacción en la vida cotidiana de esa mirada masculina, habría que admitir que esa es una muy peculiar visión del Paraíso. En el Brooklyn Museum se expone una estatua de terracota, Bird Lady, 3.500 años a.C. Representa a una mujer con los brazos alzados, los pechos desnudos, que el catálogo del museo asocia con una mujer pájaro. Es una de las primeras construcciones artísticas masculinas en que la mujer es adornada con los atributos que el hombre desea: belleza, atractivo, un cuerpo grácil que se ofrece. Es el antecedente de los múltiples desnudos de las Venus
renacentistas, una recreación del cuerpo de la mujer a partir de la mirada masculina; el inicio de la sustitución, en la historia del arte, de la mujer real por una construcción mental de los hombres. Tiene más de cinco mil años de antigüedad, pero podría formar parte de la serie de odaliscas pintadas por Matisse o de las mujeres orientales amontonadas por Ingres en sus cuadros dedicados a los harenes. La mujer se esfuma y aparece una diosa, un adorno exquisito, una madre idealizada, un ser deliciosamente erótico u obstinadamente virtuoso, un vampiro, una devoradora de hombres, una sucesión de iconos y fetiches que solo existen en la mirada del hombre, imágenes que mediante su acumulación y difusión han sustituido la realidad por una ficción. Hedy Lamarr, famosa actriz del cine mudo, resumió en pocas
palabras la conversión de la mujer en un icono: «Cualquier chica puede ser glamurosa. Todo lo que tiene que hacer es quedarse quieta y parecer estúpida».

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