Arturo Sánchez Yus, farmacéutico y palinólogo, natural de Daroca, me convenció en su día del motivo de no asistir a ningún mitin político: «Todos los oradores me convencen, digan lo que digan a uno le doy la razón y a su contrario también, ¿cómo vas a oponerte a que la gente sea honrada, tenga trabajo, trabaje menos y gane más, sea más alta, más guapa y hable inglés?» En efecto, nadie está en contra de la felicidad y lo único que a uno le chirría son los argumentos plagados de obviedades, tautologías, pleonasmos y corcos. Al menos los ingeniosos y cínicos son más divertidos.

Santiago Cuéllar, nuestro filósofo de cabecera, sostiene que el primer teorema de incompletitud de Gödel es matemáticamente cierto, «este teorema no puede ser demostrado», a pesar de lo cual sigue viajando en avión. Jon Fernández Aracama, farmacéutico, tribólogo y contertulio habitual, nos remite Los acertijos de Canterbury (editado en 1908), de Henry E. Dudeney, esos acertijos por resolver a través de los relatos para amenizar el camino de los peregrinos y que bien podrían ser recurso ameno de tertulianos y políticos. «Tanto montan y montan sin caballo». Nada tiene que ver una cosa con la otra y por eso no viene a cuento. Una persona simple, o un niño, puede proponer un problema complejo si pregunta: «¿Puede Dios hacer cualquier cosa?». Si respondemos afirmativamente la cosa puede complicarse: «Entonces, puede El hacer una piedra tan pesada que El mismo no pueda levantar?». La pregunta es tan sagaz y absurda como la genérica, filosófica, de: «¿Puede el Todopoderoso destruir su propia omnipotencia?» Tan comprometida como esta otra: «¿Qué sucedería si un cuerpo móvil irresistible llegara a tomar contacto con un cuerpo imposible de ser movido?». Todo es una simple contradicción de términos, pero se usa. A veces con gracejo: «¿Por qué cruza la carretera un pollo?». La mayoría respondemos que para llegar al otro lado, pero la respuesta correcta es: «Para inquietar al conductor». Aunque el equívoco, si se abusa, resulta contraproducente «¿Qué debe hacerse para que un burro no se aburra?». «Entretenerle». Claro pero letal en un discurso, tanto como la adivinanza manida: «El boticario y su hija, el médico y su mujer, comieron nueve perdices y tocaron a tres». El palíndromo tiene aún menos que ver con la tertulia, pero este me encanta porque no había caído en la respuesta en inglés de Eva. Pongámonos en el Paraíso, se presenta el hombre: “Madam I´m Adam”. Y responde la mujer: “Eve”. Ser original es cada día más difícil, nada queda por plagiar y así las intervenciones son una larga retahíla de pleno empleo, la cuadratura del círculo, pues anda que tú, la energía perenne, la esfericidad de la Tierra… ¿De veras la Tierra es redonda? Depende de con qué mires, su ángulo de curvatura es tan mínimo que a ojo desnudo la Tierra es prácticamente plana. El amigo Jon me envió también otro libro, El arte de insultar, de Schopenhauer, es incluso más divertido que el de Dudeney, pero mejor lo dejamos para tener la fiesta en paz, y junto con los dos libros una halagadora cita de La mar es mala mujer: «Antxon, si hay peces pesca y si no los hay también pesca». Recuerdo de un viejo voluntarismo ya simple nostalgia como aquel «sube aquí abajo». Sí, de acuerdo con lo de por las ramas, pero no es de buena educación hablar de política en una tertulia tan de sobremesa y en verano.

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