La economía que nos ha gobernado a modo dictatorial, en sistema de partido único, durante las últimas décadas no ha demostrado ser más allá de una versión 2.0 del juego de la escoba, aquella diversión preconstitucional en la que perdía el que se quedara con ella cuando se acabara la música. Hoy, lamentablemente, se apagó el tocadiscos y nos cogió con la escoba en la mano. Se acabó el baile, perdimos los trileros de occidente.

También dimos sepultura a aquel mantra, repetido por todos los partidos políticos, de que nuestro sistema sanitario era el mejor del mundo. Ha bastado una entidad que ni siquiera es un ser vivo para acabar con un modo de vida trilero. No me cabe duda de que, tras la aparición de la vacuna frente a la COVID-19, resurgirá como ave fénix con quemaduras de tercer grado. Pero, desgraciadamente también, la vacuna, ya sea de Oxford, de Pekín o del CSIC, no nos inmunizará frente a la auténtica enfermedad de la Humanidad: su profundo egoísmo como especie y su avaricia frente a sus iguales.

En medio de todo, sobrepasamos de largo los 30.000 muertos oficiales y dejan de contarse otros muertos, tan anónimos como los que descansan bajo las aguas del Mediterráneo, en desiertos africanos o en tantos caminos que nunca llegarán a Roma. Y no me refiero solo a los muertos no diagnosticados como a aquellos tantos otros, enfermos crónicos pluripatológicos a los que la atención primaria y la especializada, y no por culpa de los profesionales precisamente, ha dejado a merced de sus tratamientos, que se renuevan de forma automática sin revisar, con la ayuda de auxiliares administrativos.

Mientras tanto, los farmacéuticos permanecemos cruzados de brazos, impotentes ante la falta de atribuciones que podríamos asumir para detener una sangría evitable y silenciosa, al igual que las muertes que se producen entre las personas que buscan en Europa su tierra de promisión. Sí, los enfermos crónicos se parecen mucho a aquellos subsaharianos que navegan a la deriva por aguas tenebrosas sin otear el horizonte. La estadística no existe para ellos.

Es un error mayúsculo considerar a los farmacéuticos ajenos al sistema sanitario por la peregrina razón de que no están en nómina de cualquier consejería o ministerio del ramo. El sistema sanitario lo conforman un conjunto de prestaciones garantizadas por unos profesionales que, en función del diseño del sistema, perciben su retribución de una forma determinada, pero que conforman el mismo. Por tanto, el farmacéutico es parte del sistema, una parte esencial porque gestiona el recurso terapéutico más utilizado, y el más complejo por su capacidad de producir daño en las personas si no se utiliza bien o si no funciona como se esperaba.

Es, por tanto, urgente, perentorio, incluir al farmacéutico dentro del sistema sanitario de modo formal, porque ya lo es de facto. Es tiempo de que un gobierno de España lo reconozca y deje de ignorarlo como lo han ignorado todos y cada uno de los anteriores gobiernos que en este país ha habido. Es tiempo también de que la profesión, por medio de sus representantes, colegios profesionales y sociedades científicas, luche y se esfuerce por alcanzar este objetivo. Como profesión, estamos ante una oportunidad única de demostrar que somos mucho más que unos confesores que deben guardar el secreto de confesión. Como ciudadanos, es el momento de hacer ver a los demás lo que significa la palabra patriotismo.

Destacados

Lo más leído