François Jacob supo desde muy joven que su vocación era ser médico, que quería contribuir con su trabajo a restituir la salud de los que la han perdido y por ello comenzó en 1938 sus estudios de Medicina. Pero la vida no respeta nuestros planes.
La Segunda Guerra Mundial hizo que Jacob abandonase temporalmente sus estudios para unirse desde Londres a las Fuerzas de Liberación y junto a ellas ejercer sus conocimientos médicos en Feezan, Libia, Trípoli y Túnez, donde resultó herido. Una vez recuperado, se integró en la Segunda División Acorazada pero fatalmente resultó malherido en la batalla de Normandía y fue hospitalizado durante siete meses.
Finalmente recibió el alta y la Cruz de la Liberación, como reconocimiento a sus servicios. Retornó a sus estudios y finalizó su carrera, obteniendo además el doctorado en 1947. Lo que nunca pudo recuperar totalmente fue la funcionalidad de sus manos, truncando así para siempre su futuro como cirujano.
Hay personas especiales para las que su mente no tiene barreras, sino que es como el agua, que siempre busca una salida; por ello se matriculó en Biología en la Universidad de La Sorbona, terminó la carrera en 1951 y defendió una nueva tesis doctoral tres años después.
En 1951 ingresó en el Institut Pasteur, donde se especializó en Genética bacteriana y desarrolló la mayor parte de su carrera científica centrada en la relación entre los profagos y el material genético de las bacterias, así como en la trasferencia de dicho material genético. Es en el propio Instituto donde conoce y tiene oportunidad de trabajar con André Lwoff y Jacques Monod. Sus trabajos merecieron, de manera conjunta, el máximo galardón de la Ciencia en 1965.
Ciertamente, la brillantez de Jacob es indiscutible, y así lo demuestra su obra; pero más allá de eso, impresiona la fortaleza de su voluntad para transformar en oro las cenizas de su sueño.
La mayoría de las personas no hemos de afrontar una situación tan extrema como una Guerra Mundial y las consecuencias de una secuela invalidante, por ello nos ha de ser mucho más fácil levantar la frente y saber que todo está dentro de nuestra cabeza; que el mundo es el que es, pero nuestro mundo es como queramos que sea, porque si lo deseamos de verdad lo podemos moldear y solo hemos de buscar en nuestro interior la fuerza necesaria para hacerlo.
Reinventarse es una tarea ardua, introspectiva y en la que nadie nos puede ayudar, pero el agua estancada siempre se pudre. Quizá solo hay dos alternativas: podemos sentarnos a mirar lo que hace la vida con nosotros, o podemos tomar la iniciativa y caminar. Yo, personalmente, prefiero esta última.

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