Paradójicamente, nuestra sociedad, que se ha expandido por todo el mundo y colonizado prácticamente a todas las sociedades alternativas, desconfía de sí misma mientras asiste al intento de arrasarla por parte del integrismo islámico, exógeno, y de los nacionalismos populistas, endógenos. La democracia repite que fuera de ella sólo hay atraso, error e injusticia. Sus enemigos quieren derribarla, la ven como un ídolo depravado y descreído que se empeña en hacer inviable el proyecto de una sociedad pura, redimida, agrupada con entusiasmo en torno a ideas clave como la religión, el puritanismo y las patrias, y aspiran a configurar una sociedad sagrada en la que hay principios absolutos e inmutables, mientras que para la sociedad secular todo es relativo, excepto la convicción de que su modelo social es no sólo el mejor, sino también el único a la medida del hombre, porque es habitada por ciudadanos libres y demócratas que se han liberado de los ídolos que han emponzoñado la historia.

El malestar crece en las sociedades opulentas y no está protagonizado por masas desheredadas, sino por gente encolerizada y resentida que se siente atraída por la ira y el desencanto. Es algo parecido a lo que sucedió al final de la Segunda Guerra Mundial, cuando los soldados soviéticos que penetraron en Alemania no podían entender que les hubiesen atacado los alemanes, que disponían de todo tipo de comodidades de las que ellos carecían. Observaban la riqueza de las ciudades y de las casas, las carreteras y el sistema ferroviario, y se preguntaban por qué esos alemanes, tan ricos, cultos y prósperos, que vivían en una sociedad de la abundancia, lo pusieron todo en riesgo y les invadieron a ellos, los soviéticos, que vivían todo tipo de penalidades. He ahí el meollo de la cuestión, y eso no puede explicarlo la sociedad secular: por qué protesta quien vive cómodamente y pone en riesgo el confort en nombre de una ideología, un mito, una ilusión o una patria. Y no puede explicarlo porque no sabe nada de la eterna lucha entre Eros y Tánatos, sobre la pugna que libran el principio del placer y el afán de destrucción, porque carece de las claves para explicar por qué proliferan héroes, mitos y dioses. No por ignorancia, como supone erróneamente la sociedad secular, sino como consecuencia de la potencia del veneno que intoxica a los partidarios del dolor, la angustia, la destrucción y el sacrificio. El símbolo de la cruz no es un error, sino un antídoto, pero eso, tan sencillo, cómo podría entenderlo el hombre secularizado.

El debate no es si la sociedad actual podrá seguir garantizando el confort a sus miembros y si será capaz de aumentar ese confort como exige cada generación, sino el mucho más inquietante de si podrá sobrevivir una sociedad que sólo está cohesionada por el confort, el bienestar y la abundancia, y si todo lo que ha sido expulsado de ese modelo social, desde el heroísmo al egoísmo, desde la maldad al sentimiento de culpa, desde el odio al afán de purificación, no penetrará en esa sociedad, disgregándola y atomizándola. Seguramente, si así sucediese, echaríamos de menos la sociedad en la que vivimos, anestesiada, cómoda, apacible y secularizada.

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