No hace falta ser el más listo de la clase para darse cuenta de que nuestro mundo es cada día más digital. Y esta digitalización, que afecta a todos los ámbitos de la vida, ha acrecentado su ritmo de forma vertiginosa al son de la pandemia que nos ha tocado vivir. Hace ya años que las nuevas tecnologías llegaron para quedarse, pero a día de hoy se han convertido en esenciales. Y el mundo de la farmacia no puede ser ajeno a todo esto.

En la SEFAR nos dimos cuenta hace tiempo de que, al menos en el medio rural, el futuro de la atención sanitaria pasaba, inexorablemente, por complementar lo presencial con lo digital, ya que era una quimera pensar que determinados servicios sanitarios más «especializados» llegaran a nuestros pequeños pueblos, con lo que debíamos buscar la forma de acercar estos servicios a nuestros pacientes actuando como nexo asistencial y de comunicación para ellos. Por ello, hemos ido desarrollando proyectos digitales de comunicación segura entre pacientes, farmacias y demás personal sanitario, o plataformas asistenciales junto con farmacia hospitalaria o atención primaria.

 

Y digo todo lo anterior para destacar mi posición favorable hacia el pro

Jaime Espolita
07 EF 601 OPINION con firma

ceso de digitalización sanitaria, que, estoy convencido, sucederá en los próximos años, y que me alegra el aluvión de noticias que leemos diariamente sobre este asunto. Sin embargo, veo con cierta preocupación que, cuando ponemos la lupa sobre nuestro sector, el de la farmacia comunitaria, todas las noticias respecto a la digitalización nos hablan, casi exclusivamente, de comercio electrónico, redes sociales, publicidad, fidelización del «cliente» o competidores. Y me da la impresión de que, de nuevo, podemos caer en el error de fallar el tiro; de obviar, una vez más, lo que nos diferencia del resto (que es nuestro marcado carácter sanitario y asistencial) y dejarnos seducir por la parte más «comercial» de nuestra actividad.

La digitalización nos abre un mundo lleno de posibilidades respecto a la interacción con nuestros pacientes. Nos va a permitir formas nuevas de comunicarnos con ellos y de acompañarlos (algo tan importante para la farmacia rural); nos puede permitir coordinarnos y colaborar con otros profesionales sanitarios de modo que el paciente nos identifique como un profesional más de su equipo asistencial; puede hacer que, por fin, tengamos acceso a la historia clínica que nos permita desarrollar nuestra labor de una forma integral; nos facilitará un papel mucho más activo en el tratamiento farmacológico del paciente. Y, así, un largo etcétera. En definitiva, la digitalización es el camino más corto para que la farmacia comunitaria quede imbricada dentro de nuestro sistema sanitario y se desarrollen los tan manidos servicios farmacéuticos profesionales.

Nuestras instituciones y sociedades científicas trabajan para facilitarnos el uso de plataformas que permitan registrar nuestras intervenciones farmacéuticas y digitalizar nuestras tareas, porque la sociedad avanza, es cada vez más digital y la farmacia comunitaria debe estar a la altura.

Estos últimos meses hemos presenciado un debate (algo cansino en mi opinión) sobre si se ha ninguneado o no la labor sanitaria de la farmacia comunitaria. Pues aquí tenemos una oportunidad de dar un paso al frente y demostrar el potencial asistencial de nuestra red. Pero, para ello, el discurso ha de ser coherente. No nos equivoquemos otra vez.

La digitalización nos abre un mundo lleno de posibilidades respecto a la interacción con nuestros pacientes.

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