El tema, así expuesto, es el enunciado de una terrible barbaridad, se ampare en la ley, la creencia o la ideología.

La pena de muerte es propia de estados teocráticos, se llamen Irán o USA, en donde el poder ocupa el lugar destinado a Dios. No se puede aceptar que un Estado, ocupado en administrar y proteger a sus ciudadanos, les aplique la muerte, aunque hayan matado ellos mismos. El aplicar esa pena, debido a un adulterio, es propio de salvajes, aunque en nuestra civilizada España el adulterio fuera delito hasta hace no demasiados años. La lapidación, por añadidura, es una crueldad ajena a cualquier criterio de dignidad humana.

Para intentar salvarla, cientos de miles de españoles, y millones de ciudadanos del mundo, hemos firmado la petición de indulto patrocinada por Amnistía Internacional.

Ahora, dicen que participó en el asesinato de su marido y sustituyen la lapidación por la horca.

El delito y la forma de ejecución se aproximan más a los gustos occidentales, pero sigue siendo una muestra de terrible barbarie.

Aparte del tremendo caso concreto, la vida práctica vuelve a poner en entredicho la filosofía de la multiculturalidad. ¿Puede aceptarse, en el mundo, la convivencia con gentes partidarias de esas prácticas? ¿Podemos aceptarlo en Europa?

Desde mi punto de vista, no. Todos los seres humanos poseen alguna forma de religiosidad y las religiones dieron lugar a conceptos, luego asumidos por toda la Humanidad, como la compasión y la dignidad humana. Evidentemente hemos de respetar la religiosidad personal de cada uno. El problema se plantea cuando ese sentimiento personal se regulariza mediante organizaciones burocráticas destinadas a hacer exégesis de la verdad y a sentar las bases de comportamientos éticos. Se hace absolutamente irresoluble en el momento en que esas corporaciones religiosas ocupan el lugar de los poderes laicos e impregnan las leyes sociales con sus principios religiosos. Lo hizo la Iglesia, católica, protestante u ortodoxa, hasta principios de la Edad Moderna; lo hace el islamismo radical en el presente.

En Europa se está comenzando a discutir, muy seriamente, sobre el uso del burka. Dicen algunas muy feministas gobernantas que su prohibición puede ser mala para las mujeres, obligadas a encerrarse entre cuatro paredes. ¿Para qué entonces la ley contra el maltrato de género? Detrás del uso de un utensilio así, detrás de la lapidación por adulterio, detrás de la ablación del clítoris, ¿no hay un terrible historial de marginación y maltrato? ¿No creemos de verdad en la igualdad de derechos entre seres tan distintos como los hombres y las mujeres? El uso de esas prendas demuestra unos malos tratos seculares y lo que es peor: la asunción, por parte de las maltratadas, de la bondad del maltrato, utilizándolo como una forma de reivindicación religiosa o étnica.

Esas prácticas no las podemos permitir, los europeos, ni en nuestro suelo, ni fuera de él. En cosas como estas sí se debe asumir una superioridad moral y la asunción de la misma, sin malestares ni discusiones, puede ser una manera de llenar de valores nuestras laicas democracias.

En cualquier caso, y desde cualquier perspectiva, Sakineh no es sólo un tema de abuso legal: es mucho más. Convendría que quienes la han condenado salven su vida y su dignidad, por su bien y el nuestro: por nuestra futura convivencia.

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