Hay decisiones en la farmacia que se toman por estrategia, por crecimiento o por innovación, y hay otras que nacen de una inquietud más silenciosa, casi incómoda, que no te deja mirar hacia otro lado.
En mi caso, todo empezó con una pregunta aparentemente sencilla: ¿dónde está el desfibrilador más cercano a mi farmacia? Lo busqué, y después aún hice algo más: calculé cuánto se tardaba en llegar hasta ellos. La respuesta fue reveladora: todos estaban a más de 5 minutos.
En una parada cardiorrespiratoria, 5 minutos es demasiado tiempo. Sabemos que, por cada minuto que pasa sin actuar, las probabilidades de supervivencia disminuyen de forma significativa. También somos conscientes de que la rapidez en la desfibrilación es determinante; sin embargo, muchas veces asumimos que esos recursos están «cerca», que alguien llegará a salvar la situación o que no nos corresponde a nosotros actuar.
Ese día entendí que no era una cuestión teórica ni una mejora opcional; era una necesidad real. La farmacia comunitaria es el espacio sanitario más accesible que existe: sin cita previa, sin barreras, con horarios amplios y con una presencia constante en el tejido de los barrios. En muchas ocasiones, somos el primer lugar al que acuden las personas cuando algo no va bien, y eso implica una responsabilidad que va más allá de la dispensación.
Decidí instalar un desfibrilador externo automático (DEA) en 2023. No fue una decisión basada en la rentabilidad ni en la demanda, ni en una obligación normativa. Fue una decisión basada en la responsabilidad profesional y, en cierto modo, también personal. Porque cuando sabes que algo puede marcar la diferencia, dejar de hacerlo deja de ser una opción cómoda.
Pero disponer de un DEA no es suficiente. También supone formar al equipo, actualizar conocimientos, perder el miedo a intervenir. Supone asumir que, llegado el momento, no serás un mero espectador.
Tener un DEA en la farmacia no solo es incorporar un dispositivo; también es ampliar el papel asistencial que ya ejercemos a diario. Es estar preparados para lo inesperado
Desde entonces, algo ha cambiado en la forma en que entiendo mi profesión. Tener un DEA en la farmacia no solo es incorporar un dispositivo; también es ampliar el papel asistencial que ya ejercemos a diario. Es estar preparados para lo inesperado.
También ha cambiado la percepción de los pacientes: muchos preguntan, otros se sorprenden, algunos lo agradecen. Y, sin buscarlo, se refuerza una idea que considero esencial: la farmacia es, ante todo, un establecimiento sanitario comprometido con su entorno.
No se trata de generar alarma ni de asumir funciones que no nos corresponden. Se trata de estar disponibles, preparados y alineados con una realidad evidente: las urgencias no avisan, y, cuando ocurren, cada minuto cuenta.
Aquel cálculo inicial —esos más de 5 minutos— fue suficiente para tomar una decisión que, con el tiempo, solo puedo reafirmar. Porque hay preguntas que, cuando te las haces en serio, ya no admiten una respuesta pasiva.
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