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Lactobacillus plantarum P17630: el mejor aliado de las mujeres para el manejo de las disbiosis vaginales

La evidencia científica posiciona a L. plantarum P17630 como una de las cepas más eficaces para prevenir recurrencias y mejorar la salud del microbioma vaginal

Lactobacillus plantarum P17630: el mejor aliado de las mujeres para el manejo de las disbiosis vaginales

Hasta ahora, los beneficios de los probióticos se habían estudiado mayoritariamente en los trastornos del tracto digestivo, como, por ejemplo, la gastroenteritis aguda y la diarrea causada por rotavirus en la población pediátrica. Pero, en los últimos años, los avances en el conocimiento de la microbiota han permitido ampliar el uso de los probióticos hacia otras zonas del cuerpo, como el aparato reproductor femenino. 

El ecosistema vaginal: ¿qué es? 

La microbiota vaginal es el conjunto de microorganismos que coexisten en la superficie del epitelio vaginal de las mujeres, garantizando así una potente protección frente a los organismos patógenos (bacterias, virus y hongos).  

La simbiosis vaginal involucra a un tipo específico de microorganismo: los Lactobacillus spp. En concreto, en el ecosistema vaginal humano coexisten cepas de lactobacilos autóctonos (p. ej., L. iners, L. crispatus, L. gasseri y L. jensenii) y transitorios (p. ej., L. rhamnosus, L. casei y L. plantarum), estos últimos procedentes generalmente del intestino. 

Los lactobacilos, que son organismos acidófilos, colonizan la cavidad vaginal, anclándose a la mucosa, y forman una biopelícula que impide que los microorganismos patógenos puedan adherirse a ella.  

Los estrógenos también inducen la secreción de un exudado rico en nutriente y en glucógeno, el cual es degradado a glucosa por las glucosidasas secretadas por las células parietales del epitelio vaginal. La utilización de esta glucosa como fuente de energía por los lactobacilos conduce a la síntesis de ácido láctico, lo que permite mantener el pH vaginal entre 3,8-4,4. Este pH ácido tiene la doble ventaja de que es óptimo para la proliferación de Lactobacillus spp. y de que es inhibitorio para la mayoría de los patógenos. 

Por lo tanto, la microbiota vaginal tiene un papel esencial en el mantenimiento de un entorno vaginal saludable, evitando el crecimiento excesivo de patógenos, modulando la inmunidad local y produciendo sustancias que disminuyen el pH vaginal. El epitelio vaginal, los estrógenos, el pH y la microbiota forman un ecosistema interconectado: cuando uno cambia, se altera todo el equilibrio.  

Cualquier vulvovaginitis, infecciosa o no, implica una alteración del ecosistema, ya sea como causa o como consecuencia. Estas alteraciones, denominadas «disbiosis», favorecen el desarrollo de microorganismos potencialmente patógenos y, por tanto, aumentan la susceptibilidad a las infecciones. 

Probióticos vaginales: una opción de elección para el tratamiento de los trastornos vaginales 

Las opciones terapéuticas para el tratamiento de los trastornos vaginales son diversas y pueden clasificarse en varias categorías, entre las cuales se incluyen los probióticos. En general, la utilización con fines terapéuticos de los probióticos busca promover la colonización —aunque sea temporal— de los ecosistemas, para que puedan ejercer sus efectos beneficiosos. Por tanto, los microorganismos incluidos en los probióticos suelen ser los mismos que los que forman parte de dichos ecosistemas. 

En caso de los probióticos destinados al ecosistema vaginal, los microorganismos incluidos en los productos son de la familia de los Lactobacillus spp., pero no son los lactobacilos de las especies que se encuentran habitualmente en la cavidad. La razón es que los cuatro lactobacilos autóctonos principales no toleran la liofilización, por lo que se emplean otras cepas de lactobacilos, denominadas «lactobacilos para implantación temporal», que son más capaces de resistir este proceso. Estas cepas proporcionan una potente acidificación del entorno vaginal, lo que inhibe los patógenos y permite que los Lactobacillus autóctonos —como L. crispatus— restablezcan el equilibrio natural.  

Entre las distintas cepas disponibles, L. plantarum destaca por su elevada potencia, especialmente la cepa L. plantarum P17630. Se trata de una cepa única, no modificada genéticamente (no OGM [organismo genéticamente modificado]) y que posee estatus QPS (Qualified Presumption of Safety) otorgado por la EFSA (European Food Safety Authority). Además de tener un perfil de seguridad sólido, su eficacia se ha demostrado en numerosos estudios in vitro e in vivo. Entre el 50 % y el 70 % de las mujeres tratadas con clotrimazol (u otros azoles) presentan recurrencia de candidiasis vulvovaginal en los meses posteriores al tratamiento (Nsenga et al., 2022). Por su parte, L. plantarum P17630 reduce las recurrencias un 40% en 4 semanas y un 67% en 4 meses, según el estudio de Carriero et al. (Figura 1). 

Hay que destacar que, desde 2021, los probióticos vaginales deben registrarse como medicamentos, con mayores requisitos de calidad y seguimiento, por lo que la eficacia y la seguridad de estos productos deben ser demostradas por estudios convencionales. 

Vía oral vs. vía vaginal: el éxito terapéutico depende de cuándo y cómo usamos los probióticos 

En las disbiosis vaginales, la rapidez de acción es clave, por lo que elegir la vía de administración más adecuada resulta de suma importancia. 

La vía vaginal es mucho más rápida y requiere concentraciones menores en lactobacilos, comparada con la vía oral. Sin embargo, ambas vías presentan ventajas y utilidad en el manejo de las disbiosis vaginales, por lo que es común usarlas de manera complementaria. 

Conclusión 

Comprender cómo funciona la microbiota es entender un delicado ecosistema donde los lactobacilos trabajan silenciosamente para proteger la cavidad vaginal. Cualquier alteración de este frágil equilibrio —o disbiosis— ofrece el terreno perfecto para que se desarrollen los organismos patógenos. 

Los probióticos, y en particular la cepa L. plantarum P17630, se revelan como un valioso apoyo natural para la salud femenina, puesto que son capaces de restaurar el equilibrio del microbioma y fortalecer las defensas del organismo. Sus beneficios —desde la prevención de infecciones hasta la mejora del bienestar ginecológico y obstétrico— reflejan el papel central que desempeña una microbiota saludable.  

Aunque aún queda camino por recorrer para comprender a fondo sus mecanismos, la evidencia actual ya dibuja un futuro donde la modulación del microbioma será una herramienta clave en la salud de las mujeres. 

Bibliografía 

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