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Planeando

Las apariencias engañan

–Soy el farmacéutico con el que desayunaste tortilla el sábado pasado.

– Ah!... ¿Cómo va todo?

Tengo la misma sensación que tiene el pescador cuando nota la vibración de de la boya incrustada en la superficie del agua, desapercibida para cualquiera que no sea un pescador experto, un movimiento que dibuja tenues círculos concéntricos y que transmite un temblor a la caña parecido al imperceptible escalofrío de la voz del mentiroso. Ya son muchos años pescando para saber que un sardo, o una dorada o un buen besugo está merodeando el anzuelo. Ahora todo es cuestión de paciencia y de determinación en el momento oportuno.

– Esta semana he ido siguiendo las noticias de vuestro sector que han aparecido en los medios. De ellas, no se desprende optimismo, que digamos...

– La situación económica creada por esa crisis, ignorada demasiados años, está llegando ahora con toda su crudeza a las farmacias, y además, no parece que las perspectivas de los próximos meses sean tranquilizadoras. De momento, la situación es de inquietud, pero existe la posibilidad de que se transforme en crispación.

– Te noto preocupado.

– Sí, lo estoy. A veces me pregunto si estamos dedicando suficientes esfuerzos y recursos en construir un modelo nuevo capaz de resistir esta difícil situación.

– ¿Por qué hablas de un nuevo modelo? ¿Tan convencido estás que el actual no es el adecuado? ¿No lo ha sido durante los últimos cuarenta años?

– Tengo muchas dudas. Seguramente por eso te he llamado, tengo curiosidad por saber tu opinión, aunque tomar la decisión de llamarte ha sido un proceso largo. El desayuno del sábado fue agradable, pero a nadie le gusta que le pinchen, y algún puyazo me mandaste entre bocado y bocado de tortilla.

– Ningún puyazo, tan sólo hice reflexiones muy generales sobre los procesos de cambio y las fuerzas que los mueven o los impiden. No pensé que te sintieras incómodo con mis comentarios. Los farmacéuticos no sois distintos a los demás sectores. Tenéis vuestras peculiaridades, pero os movéis por incentivos similares a los de los demás, aunque te parezca lo contrario, los vuestros son problemas comunes.

Me parece que estoy yendo demasiado deprisa otra vez. Francesc parece un buen fajador, pero no conviene llevar las cosas excesivamente lejos. Si se tira de la caña antes de que la boya se hunda, las probabilidades de perder la presa son enormes.

– ¿Por qué dudabas en llamarme? ¿No te gusta el salmorejo?

Unas palabras que son un intento sutil de aliviar la tensión del sedal, una sutileza que nada tiene que ver con el aleteo de una mariposa, es una sutileza parecida a la del movimiento del engranaje de un reloj de pulsera, tiene la precisión de una maquinaria construida con paciencia por unas manos delicadamente implacables. Toda la experiencia y la sabiduría precisas para evitar que el pez se escape porque el cebo aún no se ha introducido en su garganta.

– A mí, de la mesa, me gusta casi todo.

– ¿Tienes libre mañana para comer juntos?

– Mañana, puedo.

– ¿A las dos y cuarto en la puerta del bar de las tortillas?

– Allí estaré

– Hasta mañana.

El bochorno es el protagonista de la mañana, un bote de cola pegajosa parece que se haya vaciado entre mi piel y el cuello de la camisa. He estado incómodo desde que he salido de casa enfundado en el traje de verano. Tan sólo el aire acondicionado del despacho en el que he pasado la mañana ha aliviado la pesadez del baño turco en el que me ha tocado moverme. He tomado un taxi para cruzar la ciudad, un taxi con un buen aparato climatizador, lo que me ha permitido llegar fresco al encuentro con Francesc. Ya está esperando. Observo que está leyendo un libro. Me sorprenden las personas que son capaces de aprovechar esos tiempos muertos del día a día para leer. No me imaginaba que Francesc fuera uno de esos.

– ¿Lees algo sobre farmacia?

– No. No acostumbro a hacerlo fuera de la farmacia. Leo una novela.

– En cambio escribes a menudo. He leído algo de lo que escribes.

Detecto un instante de duda, ese momento antes de dar el tirón necesario para que un nudo se desenrede.

– No son míos los artículos que has leído. 

¿Pretende engañarme?

– Nunca se ha publicado nada de lo que yo escribo. El día de nuestro encuentro no te dije que ese Pla que escribe artículos de farmacia no era yo. Leíste mi apellido en esa carta que me cayó y que era de un laboratorio farmacéutico y ligaste cabos con demasiada agilidad, seguramente estar metido en el ambiente sanitario te hizo llegar a falsas conclusiones. Quien te imaginaste que yo era es un colega de profesión que tiene mi mismo nombre y apellido, incluso se me parece físicamente, pero no soy yo. Yo leo también esos artículos y coincido con muchas de sus opiniones, pero yo sólo me dedico a mi farmacia. A mi también me gusta escribir pero lo hago sobre el mar, sobre mis recuerdos y mis sueños. Historias de mi vida. No puedes negarme que nuestra historia hasta ahora es un cúmulo de casualidades y de suposiciones, el argumento de una comedia de enredo. Un divertimento que no quise romper en el primer momento, quizá porque no pensé que nos volviéramos a encontrar. En ese momento pensé que no valía la pena explicar mi historia verdadera. Yo también he imaginado tu niñez en Iznalloz...

¿Quién será este Francesc? Todos mis planes se derrumban. Voy a tener que improvisar, algo que detesto. La sorpresa me ha dejado sin capacidad de reacción, no tengo otro remedio que contarle también algo de mí. Contarle a mi nuevo interlocutor que quien creía que yo era tampoco es como él se había imaginado que era.

– Nunca he estado en el pueblo de mis abuelos. El salmorejo lo preparaba mi madre y ella era la que me decía que lo aprendió a preparar en la cocina de su madre. La verdad de las cosas, está más escondida de lo que parece. Nuestro encuentro es una muestra evidente, ¿No te parece?

– ¿Por qué no vamos a comer y a conversar? Un médico y un farmacéutico pueden tener muchas cosas que contarse de sus respectivas profesiones.

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Francesc Pla Santamans

Farmacéutico comunitario. Director de El Farmacéutico

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