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Sin aristas

La soltería

Leyendo una revista del año 1909 encuentro un artículo firmado por Concepción Gimeno de Flaquer, cronista social muy prestigiosa y feminista conservadora, sobre las solteronas.

Ella contrajo matrimonio con un hombre culto, director de una revista, que aconsejó a su mujer, capacitada para escribir sobre cualquier tema, que se dedicara a llevar la crónica rosa de la publicación que dirigía, o escribir sobre bordados y cocina.

Por entonces, a la mujer que, sobrepasada cierta edad, aún no había contraído matrimonio se la consideraba un ser lleno de resignación y de bondad, con una misión en el mundo consistente en tolerar las impertinencias de cuantos la rodeaban. Viviendo agregada a una familia de propios o extraños a los cuales tiene que mimar. En opinión de la cronista, si vive con individuos de la familia, no le falta un tío misántropo achacoso y malhumorado que la hace víctima de sus rarezas. O lo que es peor, la cuñada.

La cuñada es el azote de su vida porque es cruel con ella, haciéndola responsable de todas las travesuras de los niños y echándole en cara el no haber sido nunca madre. La ven un hongo, un parásito, un paria.

Considera Concepción Gimeno que no saben ver en ella un ser útil a la sociedad porque al no tener marido ni hijos se consagra a cicatrizar los dolores de los demás. Suele ser buena enfermera, hace labores de adorno, dulces, conservas, cuida a los pájaros y riega las flores, enseña a los niños a pronunciar el nombre de Dios, asiste a las novenas y sermones. Pero también recorre todos los calvarios, apura hasta las heces el cáliz de todas las amarguras, para ella no brilla el sol.

La cronista sigue desgranando esta suerte de desgracias y recuerda la costumbre de los asirios que consistía en celebrar anualmente una especie de subasta de todas las mujeres casaderas. Las más bellas se casaban con el que más dinero ofrecía y este dinero servía para dotar a las feas. Con ese sistema no había solteronas.

Concepción Gimeno compara a las solteronas con flores alpinas que se pierden entre hielos sin que hayan sido azotadas por todos los huracanes.

Termina el artículo con la promesa de proponer al Ayuntamiento de Madrid que se levante un monumento de mármol a la memoria de esas víctimas inmoladas en los altares del celibato.

¡Ay, Concepción Gimeno de Flaquer! Si vieras ahora que las que eligen voluntariamente la soltería se quieren, se gustan y no necesitan que nadie las lleve a casa.

Los tiempos han evolucionado. Ahora muchas mujeres viven sin pareja por decisión propia, han elegido vivir su propia vida sin dar explicaciones a nadie porque su felicidad no depende de otra persona. Además, no les da miedo quedarse solas.

Ya no se dedican a cuidar de otros mientras se extasían escuchando el trinar de los pajaritos. Son mujeres con formación y cultura, con un historial académico intachable que las hace triunfar en su profesión. O mujeres sin muchos estudios que no quieren que nadie les cuente cómo es París o Londres. Prefieren aprender viajando, conociendo otros países, otras culturas. Como dice el eslogan de un anuncio publicitario, «No me enseñes más postales».

No se les pasa el arroz, como advertían machaconamente sus amistades, y llegan a tiempo de todo, porque ser madre soltera ya no es un estigma social. Cada año más mujeres sin pareja se someten a técnicas de reproducción asistida. Y también pueden elegir libremente no tener hijos.

Permanecer soltera ya no es una plaga. ¡Son libres!

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Marisol Donis

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