Un «tuit» en el herbario

El vuelo oblicuo de la mariposa

No hay una diferencia clara entre las polillas y las mariposas, ni existe base científica para separarlas. Aun así, su desigual prestigio es evidente: unas son nocturnas y de color parduzco, y las otras están dotadas de colores brillantes y vuelan durante el día.

Una característica notable que comparten es su impresionante desarrollo mediante una metamorfosis completa, formando la crisálida dentro de un capullo de seda. Otro asunto, también pedagógico aunque incierto, es el llamado «efecto mariposa», desarrollado en forma de pregunta por el matemático y meteorólogo Edward Lorenz, quizás a partir de un viejo proverbio chino. Todos lo conocemos bien: una mariposa bate sus alas en un rincón del planeta, y desencadena un huracán en el otro extremo. Se apela así a la irrastreable cadena de causas y efectos. Me parece que se puede utilizar también para considerar la seriedad de las acciones y de los comportamientos.

Busquemos alguna manera clara de decirlo: nuestros actos influyen en los demás hasta un punto que ni siquiera podemos concebir. Recuerdo entonces dos obras contemporáneas que ponen de manifiesto ese vínculo. Por un lado, me refiero a la famosa película de Capra Qué bello es vivir, que lo hace de forma positiva, destacando el bien que los hombres somos capaces de acumular y, por otro, se encuentra la pieza dramática de Priestley Llama un inspector, que formula la misma idea en sentido contrario, desde el tramo en que convergen las malas heridas. Dos maneras complementarias de explicar que nuestras acciones dejan huellas, unas luminosas y otras oscuras, y que la vida moral tiene al mismo tiempo un componente profundamente social. No me sorprende que estas dos obras se estrenaran en el mismo año y que ese año fuera 1946.

En otro lugar, Syme, el personaje de Chesterton, persigue al Domingo en El hombre que fue Jueves, y casi sin quererlo nos otorga a la carrera una reflexión dorada: el mal es tan malo que, junto a él, el bien parece un mero accidente –dice–, y a continuación añade: pero el bien es tan bueno que, junto a él, incluso el mal resulta explicable. Esta expresión fascinante conduce a una crisis suprema: la felicidad la hacemos nosotros con nuestras buenas obras. Es verdad que se necesita coraje para admitirlo y para atender en consecuencia a lo mejor que llevamos dentro y ser capaces de actuar. Será una bienaventuranza y la llamaremos «la audacia del comportamiento».

Si tú caminas ellos corren, pero, si tú vacilas, ellos se detienen. Si tú no das de lo que es tuyo, ellos se apropiarán de lo que no es suyo, pero si tú entregas el manto que te sobra, ellos se desprenderán del único manto que tienen. No me queda más remedio que reproducir otra vez estas palabras del insigne José María Cabodevilla, que conocía bien las dos facetas de la condición humana: la que llamamos «influida» y la que podemos denominar «influyente».

Veo por la noche revolotear a una polilla frente a mi ventana; su vuelo es oblicuo y alocado y quizá desea acercarse al cobijo luminoso de mi ordenador personal. Mientras lo apago, pienso en el bien y en el mal como conceptos reales y decisivos, y me consuelo con las joyas que la naturaleza nos ofrece y que están ahí para ser contempladas.

Con más de ciento sesenta mil especies distintas, los lepidópteros se encuentran entre los insectos más diversos y agraciados del mundo. Algunos, como la Thecla coronata que habita en los bosques de Sudamérica, son ciertamente muy hermosos.

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