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Un «tuit» en el herbario

El pangolín chino

Cuando comienza a escribir estas líneas, el farmacéutico no sabe muy bien qué es lo que quiere contar. No es titular de una farmacia, no trabaja en un hospital ni en una fábrica de medicamentos, y ha pasado la mayor parte del tiempo confinado en casa. Ha cumplido lo que se le pedía y ha superado felizmente la pandemia, pero se ha quedado con una sensación incómoda; quizá le hubiera gustado ser más solidario o, para decirlo de manera menos complaciente, ser más protagonista.

No está todo disponible, no podemos controlarlo todo. Hemos vivido una situación extraña, sometidos a una difícil ociosidad que ha obligado a reeducar la rutina. El farmacéutico piensa en la multiplicación de reclamos en las redes sociales: vídeos, poemas, chistes, comentarios enviados por amigos… que lo condujeron al desconcierto y poco a poco al malestar ante la creciente dificultad de ver, de leer y de contestar los correos, mensajes y llamadas de atención de diversa naturaleza.

Cada atardecer salía a la terraza para aplaudir a los profesionales sanitarios que combatían la enfermedad. La ceremonia era emocionante, implicaba a todo el barrio y terminaba con un concierto anónimo de saxo, un tanto melancólico, que llenaba las casas y los patios.

La hipótesis principal es que la pandemia del coronavirus es una zoonosis que se inició para los hombres en el medio rural chino. Las consecuencias son devastadoras y aún tardaremos en conocer su alcance completo, pero no pueden atribuirse sin más a los pangolines. Éstos son mamíferos inocentes que tienen cubierto el cuerpo de escamas sobrepuestas para servir de coraza y de camuflaje. No tienen dientes y recuerdan en su forma a los armadillos. En el sudeste de Asia vive la variedad china, capaz de subirse a los árboles para huir de sus depredadores. El farmacéutico no pensaba que estos pangolines fueran comestibles, pero sabe que a todo se acostumbra uno.

¿Cómo puede el hombre quedarse en casa si el hombre necesita estar en movimiento continuo? ¿No dijo ya Pascal que al ser humano no le interesan las cosas sino más que nada ponerse a buscar las cosas? ¿No es verdad que a los jugadores asiduos de petanca no les gusta tanto la petanca, sino que lo que les gusta es practicarla?

Considera el que suscribe que ha aprovechado la experiencia para ordenar todos los armarios de la casa, para bajar objetos al trastero y recuperar otros que se creían inútiles, para tejer y destejer puzles de mil piezas, para admirar a los sanitarios y añorar a los amigos, y para darse de bruces con las condiciones del teletrabajo.

Piensa también que no ha sido capaz de detenerse, aunque tuvo mil oportunidades para ello. De haberlo hecho, habría contemplado el avance lento del tiempo, su paso inmaterial y silencioso. De haberlo hecho, habría aprendido a ejercitar la paciencia y a obtener los frutos que ésta otorga en la edad adulta. Para vivir se necesita un punto de apoyo, un referente. Sin ellos flaquea nuestra serenidad y estamos intranquilos, corremos continuamente de un lado para otro sin motivo aparente como si huyéramos de algo o de alguien.

El farmacéutico no quiere seguir dándole vueltas. Sabe que es verdad que los hombres huimos, pero observa que, ante todo, de quien se huye es de uno mismo. Quizá sea porque tememos un encuentro clarificador allí donde se expresa la conciencia, un encuentro que nos obligue a cambiar y a ponernos un emblema de humildad sobre el pecho.

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