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Sin aristas

Pánfilo mío

Benito Pérez Galdós es un canario tan ligado a Madrid, que se le considera el autor clave para conocer la vida y los personajes del Madrid del siglo XIX. Tanto, que Del Valle-Inclán se permitió decir que sus personajes olían a cocido.

Novelista, dramaturgo, cronista, liberal de izquierdas, que no llegó a político probablemente porque nunca destacó como orador. Lleno de sabiduría, pero nulo para dar un discurso que convenciera.

Consiguió convertirse en uno de los autores más prolíficos de la literatura española. Sus argumentos dan la impresión de no ser fruto de un gran esfuerzo, que la inspiración fluye sin parar.

Me considero galdosiana fanática. Siempre tengo un título de Galdós cerca de mí, y lo alterno con otros autores más actuales. En esta ocasión voy a ocuparme de Galdós y de las mujeres que lo amaron, en especial de su relación con Emilia Pardo Bazán.

El escritor nunca llegó a casarse, pero conoció el amor de forma intensa. Era tímido e introvertido y quizá conquistó a mujeres lanzadas, viscerales, apasionadas, para que le facilitaran el resto.

Durante su vida de estudiante frecuentó a jóvenes de las llamadas «modistillas» y prostitutas, hasta que llegó el amor verdadero con Sisita, su prima, que fue su ilusión juvenil. Después Lorenza Cobián, bella y analfabeta, que le daría su única hija reconocida. La siguieron Concha Morell y Teodosia Gandarias.

Pero su relación más intensa fue con Emilia Pardo Bazán, a la que simultaneaba con Lorenza.

El día que conoció a la escritora gallega saltaron las chispas. Ella le escribía una carta a diario, y del «Mi ilustre y querido maestro» pasó directamente al «Pánfilo mío» o al piropo más grande que podía dedicarle: «Me gustas más que cualquier libro».

Se veían a escondidas en la madrileña calle de Palma, cerca del domicilio de Emilia, y viajaban a París o a algún lugar de Alemania.

La ilustre escritora recibía muchas críticas por parte de los autores más prestigiosos del momento. Baroja decía que era de una obesidad desagradable. Otros destacaban su estrabismo y carnes fofas. Clarín manifestó: «El día que se muera, habrá fiesta nacional». Y ella… ¿cómo reaccionaba ante esos comentarios? Pues fumándose un puro. Literal.

Lorenza Cobián le dio una hija, al tiempo que la Pardo Bazán mantenía una breve relación con Lázaro Galdiano. Eso contribuyó a la separación, sin posibilidad de dar marcha atrás, de la pareja de escritores. Mantuvieron una amistad hasta el final de sus días, nada más.

Galdós, alma joven en un cuerpo caduco y sin fuerza, cada vez más achacoso y casi ciego, contrastaba con la lozanía de Emilia. Murió en enero de 1920 y se le rindieron los mismos honores que al ilustre Campoamor. Su cuerpo se expuso en el Ayuntamiento de Madrid y el Gobierno costeó el entierro, al que asistió una compungida Emilia Pardo Bazán. Un año después ella enferma de gripe y muere. Como era de esperar, no se cumplió el vaticinio de Clarín y su entierro fue una gran manifestación de dolor. El Gobierno en pleno presidió el duelo.

Cien años después de la muerte de Galdós, España le rinde merecido homenaje y Madrid le nombra hijo adoptivo. No es para menos. Galdós fue el mejor cicerone que ha tenido Madrid, situando a sus personajes en la Cava de San Miguel (Fortunata) o en la Costanilla de los Ángeles (Tormento) o en… mejor leerlo.

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