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Editorial

Halloween, ¡qué remedio!

Es tiempo de castañas y tiempo de visitar la ciudad de los muertos, aunque vivamos bajo una invasión anglosajona nada sutil. Han desembarcado en nuestras playas con sus disfraces de esqueletos y zombis que, sin ningún pudor, muestran los escaparates de las tiendas de chinos. Aún no han podido borrar el olor y el calor de las castañas en la plaza de mi niñez. A menudo rebusco entre los recuerdos para encontrar algo que decir de la farmacia, que de eso se trata. Curiosamente esta vez lo que me atrapa es un icono de esta fiesta absurda para mí, pero que a tantos niños del mundo les gusta vaciar e iluminar su interior para que los fantasmas aparezcan en las paredes: las calabazas.

No soy de calabazas. Las calabazas entraron en mi mundo a través de las películas en las que granjeros modélicos de los pueblos de la América profunda dedicaban todos sus esfuerzos a engordar cucurbitáceas monstruosas para ser los que la tuvieran más gorda y poder triunfar en el baile de la calabaza. Yo, en cambio, me cansé de recibir calabazas en los bailes y desde entonces les tengo una alergia subconsciente.

Últimamente no paramos de recibir calabazas: la sanidad pública no nos quiere porque somos demasiado privados, los sanitarios porque somos de segunda división y los políticos, esos, por la razón que más les convenga en cada momento. Aunque todas esas no son personales, un cacho de corazoncito gremial tiene uno. No soy de dar consejos si no me los piden (y aún así, me resisto), pero lo que sí puedo hacer es contar no cómo dejaron de darme calabazas, sino como logré que no me afectase tanto que me las dieran.

Lo primero que tuve que aprender fue que no era Paul Newman, eso me quitó mucha presión. Pude superar el falso convencimiento de que todos eran unos malvados sin criterio. Hablé con muchos compañeros de fatigas y pude darme cuenta de que el reparto de calabazas eran lo más normal del mundo y de que la competencia era feroz. Dejé de lado la angustia y el estrés. Prioricé los bailes a los que iba, dejé de ir a todos, incluso, algunas de esas tardes, iba a más de uno en unas sesiones dobles agotadoras. Iba a los más concurridos, a los mejores, a los que la orquesta no desafinaba. Pero por encima de todo, hice una cosa: fui a clases de baile para ser de los mejores de la pista. Continúo teniendo mis fracasos, pero bailo bastante y las parejas no se quejan, la verdad.

En una situación de emergencia como la que vivimos no podemos estar muy satisfechos de los avances conseguidos. No hemos consolidado una posición más central en el sistema sanitario. Continuamos en nuestro arrabal. Los más optimistas opinan que se trata de una carrera larga (¿más aún?); los más pesimistas, que se nos pasó la oportunidad, y los más cínicos, que en el arrabal se vive bien. No voy a fichar por ninguno de esos equipos, solo voy a insistir en que es esencial definir los verdaderos objetivos y proponer estrategias para lograrlos, como también lo es decidir si los objetivos son comunes o no todos deben tener los mismos y, en consecuencia, debemos empezar a plantear estrategias diversas.

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Francesc Pla Santamans

Farmacéutico comunitario. Director de El Farmacéutico

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Farmacéutico comunitario.
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