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Cómo se salvó Wang Fô

Marguerite Yourcenar incluyó en su libro Nouvelles orientales un relato titulado Cómo se salvó Wang Fô, una aproximación inteligente y sensible a las relaciones entre el arte y la realidad. Wang Fô es un pintor delicado y sublime que transfigura y mejora la realidad, borra de ésta todo lo feo, desagradable y vulgar, y embellece el mundo, lo que fue siempre, hasta tiempos recientes, el objetivo del artista.

Pero ese arte sublime sólo modifica y mejora el mundo en los lienzos; fuera de ellos todo sigue igual. Ése es precisamente el tema del cuento desarrollado magistralmente por Yourcenar. El pintor tiene un discípulo, Ling, cuya mujer se ahorca tras comprobar que su esposo la ama pero prefiere los cuadros en los que ella es la modelo de Wang, que la trasciende y mejora. El arte vence a la vida, lo que para algunos puede ser considerado intolerable, casi una forma de blasfemia.

Cierto día, unos soldados arrestan a Wang Fô, y su esteticismo le hace observar que las mangas de los soldados no hacían juego con el color de sus abrigos. Es conducido al palacio imperial, en presencia del Hijo del Cielo. Éste dice que va a cegarle y cortarle las manos para que no pueda pintar nunca más cuadros tan bellos y falsos. El emperador fue criado en unas salas adornadas con los cuadros de Wang Fô, un mundo que de niño confundió con la realidad. Supuso erróneamente que el mundo era como Wang Fô lo describía. A los 16 años salió al exterior y le sucedió lo mismo que a Buda: observó, atónito, la fealdad, la pobreza y la miseria. Buda optó por la compasión; el emperador, por la venganza. El Hijo del Cielo dice al maestro: «No hallé tus jardines llenos de mujeres semejantes a luciérnagas, tus mujeres cuyo propio cuerpo es un jardín y una aurora». La realidad asquea al emperador, seducido por la belleza creada por el artista: «La carne de las mujeres vivas me repugna como la carne muerta que cuelga de los ganchos de los carniceros». Víctima del idealismo, el emperador planea su venganza: puesto que el mundo no puede mejorar, el artista que lo embellece, una vez ciego y sin manos, dejará de pintar, de mentir, de hacerle sufrir con la posibilidad de un mundo sin dolor ni fealdad.

Antes de cegarle, el Hijo del Cielo hace que ejecuten a Ling y ordena al pintor que complete un cuadro de su colección, que apenas es un borrador. Wang Fô lo hace y dibuja el mar, las olas y sus aguas. El mar se desborda y el pintor, sin darse cuenta, pinta con los pies sumergidos en el agua que acaba de pintar. El mar lo inunda todo y apaga el brasero preparado para cegarle. Ling reaparece para acompañar a su maestro, y, antes de que ambos partan en la barca pintada por Wang Fô, le dice: «Esta gente no está hecha para penetrar en un cuadro», por lo que no podrán perseguirlos.

Wang y su discípulo salen del cuadro montados en la barca y desaparecen del palacio, surcando el mar creado por Wang Fô. El emperador, derrotado por el arte, no puede hacer más que contemplarlos mientras se alejan, hasta que la barca desaparece. El arte escapa a la venganza del poder, salva su proyecto huyendo del mundo real y preservando la belleza oculta tras la fealdad aparente de las cosas. Seguramente el arte nunca podrá cambiar el mundo, ni mejorarlo, algo que sólo pretendieron algunos artistas comprometidos de los siglos XIX y XX, pero sí podrá evitar que el mundo real imponga su vulgaridad. Si alguna vez me desanimo ante alguna de las naderías del arte contemporáneo, recordaré al viejo Wang Fô huyendo del despechado emperador, montado en la barca por él pintada, y navegando sobre el mar de jade azul que su pincel inventó.

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