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Basta de vino barato, por favor

Con su obra más reciente, La última noche, James Salter (1925, Nueva York) ha roto un silencio que se prolongaba desde 1988, año en que publicó Anochecer. Son diez relatos breves y desalentadores, sobre todo el último, que da título al libro que lo contiene.
Es una historia amarga, narrada con una frialdad que aumenta la desolación del argumento: Marit, enferma de cáncer terminal, ha decidido quitarse la vida, de acuerdo con su esposo, Walter. Ella cree que es preferible ahorrarse el deterioro final, y su marido accede a administrarle una inyección letal. Es la última noche, que intentan vivir sin patetismo, civilizadamente, con aparente e imposible normalidad. El tercer personaje es Susanna, una amiga de la familia, de veintinueve años. Un triángulo imposible: la mujer enferma, el esposo y una amiga joven.

Marit padece cáncer de útero, que se ha localizado también en los pulmones. No tiene fuerzas, ha perdido la energía, su rostro se ha transformado. Se da cuenta de que ya no es quien había sido, que no se parece a sí misma. El cáncer ha borrado su identidad. Piensa en el día siguiente, cuando el mundo siga existiendo y, sin embargo, ella ya no esté allí.

En un plato, dentro de la nevera, está la jeringuilla con el líquido letal proporcionado por un médico amigo. Pero antes quieren celebrar una cena de despedida, su última cena. Para disminuir en lo posible la melancolía de la cena, invitan a Susanna. Piden un Cheval Blanc de 1989, que cuesta quinientos setenta y cinco dólares, un vino exquisito que jamás habían bebido cuando ella tenía la vida por delante. Es la última oportunidad para Marit, quien aclara a Susanna que normalmente no beben vinos tan buenos. No lo dice, pero es evidente que piensa que no tiene sentido seguir administrando la vida como si la muerte no estuviese a la vuelta de la esquina. Mientras tenían expectativas, no habían pedido nunca un vino de más de treinta y cinco dólares. Marit comenta que hubieran debido pedirlo más a menudo, que hubiese sido estupendo beber siempre vino de esa calidad.

Regresan a la casa, Marit sube a la habitación, Susanna quiere irse, Walter le suplica que se quede porque, cuando baje, después de haberle administrado la inyección a Marit, no quiere estar solo. Ella se queda. Walter sube a la habitación. Allí está la jeringa: diez centímetros cúbicos separan a Marit de la muerte. Ella se ha preparado poniéndose un camisón de raso color marfil, muy abierto en la espalda, y se ha maquillado los ojos: la última coquetería.

Marit le pregunta una vez más si él la ha querido, y le pide que sea feliz. Walter prepara la jeringa, ella dice que se considera afortunada, y Walter introduce la aguja e inyecta el contenido de la jeringuilla. Baja la escalera. Susanna le espera en el coche, incapaz de permanecer en la casa. Susanna se extraña de que Marit haya insistido tanto en que compartiese con ella su última noche. Ella está incómoda, él dice que la necesita. Hacen el amor. Hace tiempo que son amantes.

A la mañana siguiente, desayunan juntos. Walter hace proyectos, piensa en los días que compartirá con Susanna. Marit baja tambaleante la escalera. Él le ha administrado mal la inyección, ella se queja de que él no haya sabido ayudarla a morir. Marit se extraña de que Susanna todavía esté en la casa, de que haya pasado allí la noche. Walter se disculpa. El relato no lo explicita, pero se supone que Walter volvió a intentarlo, y que esta vez fue más hábil. La traumática experiencia destruyó la relación entre Walter y Susanna: se vieron dos o tres veces más a instancias de él, pero «lo que sea que une a las personas había desaparecido. Ella le dijo que no podía evitarlo. Que las cosas eran así».

Y en efecto, las cosas suelen ser así: tomamos vino barato cuando estamos vivos, y bebemos el caro cuando estamos a punto de morir. Cosas de los seres humanos.

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