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Una crisis devastadora

La crisis económica está teniendo efectos demoledores sobre la farmacia española y por primera vez en muchos años hay farmacias que han dejado de ser rentables y otras están asfixiadas por el impago de las administraciones. Los controles en el gasto farmacéutico, los recortes presupuestarios y las dificultades de tesorería de las administraciones públicas, están configurando un cóctel explosivo que está poniendo a muchas farmacias contra las cuerdas. Los excesos cometidos por los últimos gobiernos están perjudicando a casi todos, pero básicamente a los empleados públicos, a los sectores que como la farmacia tienen en la Administración a su principal cliente y a todo el sector ligado a la construcción y la especulación inmobiliaria. No es cierto que la farmacia española esté en crisis global, pero muchas farmacias sí lo están, hasta el punto de haber presentado concurso de acreedores. En cuanto a la distribución, que ha servido de colchón los últimos años para amortiguar la progresiva pérdida de rentabilidad de las farmacias, también está pasando por apuros como consecuencia de la bajada de márgenes y se ha tenido que recurrir, en algunos casos, a un ERE.

La situación es extremadamente injusta, pues la farmacia no ha participado en la orgía y el desenfreno que han conducido a que los mercados recelen de la solvencia del Reino de España. Se han multiplicado los cargos públicos, los gastos suntuarios, la especulación, y el país está ahora lleno de políticos procesados por corrupción, de aeropuertos abandonados, de autovías poco frecuentadas, de museos vacíos y de universidades sin alumnos, así como de un millón de pisos que no encuentran comprador, de una deuda pública galopante y de casi cinco millones de parados. La especulación no ha existido en la farmacia, pero ahora esta paga los platos rotos por otros y, como los funcionarios, ha de apretarse el cinturón cuando en muchos casos ya es imposible apretarlo más. La crisis no la están pagando quienes la generaron y se beneficiaron durante años sino los trabajadores, los funcionarios, los empresarios y, entre ellos, los farmacéuticos.

La situación mejorará, pero no es previsible que lo haga en el corto plazo, porque los excesos cometidos obligan a un ajuste sostenido que es previsible que se prolongue bastante tiempo. Los farmacéuticos han de ser conscientes de que la época dorada no volverá, de que los recortes se perpetuarán, de que hay que trabajar mucho para ganar lo mismo o menos y de que han de ser imaginativos y audaces para que cada uno consiga que su farmacia sea rentable. Se producirán cambios, es inevitable, como está sucediendo en Grecia, Italia y Portugal, países que nos sirven de referencia. Y hay que saber en qué se puede e incluso se debe ceder, en qué conviene introducir modificaciones y en qué hay que plantarse, porque quien imagine que nada va a cambiar en el actual escenario económico quizá termine con su farmacia en concurso de acreedores.

El único aspecto positivo de la crisis es que permitirá diferenciar entre lo fundamental y lo accesorio y que obligará a actuaciones realistas y a discursos sin ambivalencias. Quizá, cuando la crisis amaine, tengamos todos más clara la realidad, ahora oculta por mucha palabrería y confusión, del modelo farmacéutico español, de sus virtudes, que las tiene, y de sus defectos, que ahora padecen muchos farmacéuticos a quienes se les había dicho, hasta la saciedad, que este era poco menos que el mejor modelo imaginable.

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