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La culpa fue del psicoanálisis

Todo empezó en los anaqueles de la librería de mi padre. Allí estaban, agazapadas, las obras completas de Sigmund Freud, el mago de Viena. Allí se ocultaban Edipo, la trinidad psicoanalítica del yo, el ello y el superyó, el instinto de muerte, el niño como polimorfo perverso y la mujer como hombre castrado.

También acechaban la libido, la represión, la transferencia, la sublimación y otros encantamientos del nigromante de Viena. No diré que leyera las obras completas, pero casi. Por la puerta abierta se introdujo el veneno freudiano, y por esa puerta penetró también el más bien inocuo Alfred Adler, el bienintencionado Erich Fromm, el cándido Herbert Marcuse y el más peligroso de todos, Carl Gustav Jung, capaz de interpretar el nazismo como el retorno triunfal de Wotan en el inconsciente colectivo de los alemanes y la alquimia como la proyección en la materia de los contenidos no asimilados por el yo en el proceso de individuación. La suerte estaba echada y mis sueños se poblaron de dragones alados, hermafroditas, castillos y fuentes de mercurio, sirenas y ouroboros, que me llevaba cada día a clase, por la mañana, cuando era alumno de la facultad de farmacia.

Ya nada podía ser lo que parecía que era. Todo era interpretado. Las mujeres de las que uno se enamoraba eran las diferentes personificaciones del ánima, la mujer que todos llevamos dentro, y la Virgen María era el ánima colectiva de la cultura occidental, como Jesucristo era el Sí Mismo de la civilización cristiana. Era agotador. Jung interpretó las visiones de platillos volantes como el anhelo de Occidente por recuperar su alma, y uno de sus discípulos declaró que el descubrimiento de la tumba de Tutankhamon era el anuncio de la irrupción del inconsciente colectivo que se aprestaba a desbordar a la conciencia arduamente tejida por la cultura occidental. Un discípulo aventajado concluyó que consideraba que sus pacientes empezaban a sanar cuando relativizaban todos sus anteriores principios y escribían con minúsculas las palabras que antes plasmaban con mayúsculas: la Verdad, la Libertad, la Humanidad, Dios, el Futuro, el Progreso, la Patria...

Todo ideal era sospechoso y se trataba de la proyección de algún oscuro y turbio complejo no resuelto. La sublimación aleteaba por todas partes y ni enamorarse era ajeno a las siniestras conspiraciones de los complejos. Papá y mamá, Edipo, Elektra y las tres fases de la sexualidad, oral, anal y genital, estaban por todas partes, como sabe todo el que se haya encaminado, cándido él, a la consulta de un psicoanalista. Un viaje que sale caro, y no sólo económicamente.

Comprendí entonces el sentido de la anécdota, parece que verídica, según la cual Freud y Jung viajaron en barco a Nueva York y al llegar al puerto vieron a docenas de personas esperándoles, vitoreándoles. Jung le comentó a Freud que eran muy bien recibidos en América, y Freud le replicó que era porque los americanos ignoraban que en el barco, con ellos, con Freud y Jung, viajaba el diablo. La negación del entusiasmo, el principio esperanza como el intento, condenado al fracaso, de adornar el yo con idealismos espurios. Nunca pude creer en nada de lo que creían mis amigos, ni cantar los himnos patrióticos con los que se emocionan mis vecinos. No he podido colgar banderas en las ventanas ni asistir a las incontables manifestaciones ciudadanas donde cantan, bailan, creen, lloran y se abrazan quienes no saben una palabra del psicoanálisis. Ni siquiera frecuento mucho las urnas, esas elecciones en las que, por la mirada de los candidatos, distingo al instante el complejo que ocultan, el deseo reprimido que subliman y proyectan en los sufridos ciudadanos, el ansia de poder que infructuosamente ocultan, su culto al instinto de muerte. ¡Dichoso psicoanálisis!

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