Buscando paralelismos podemos considerar que la familia empobrecida (en su realización, en su sentido profesional, en el valor que aporta a la sociedad) es nuestra profesión. La vaca, esa a la que nos aferramos con todo nuestro ser y sin la cual pensamos que jamás sobreviviríamos, pero que al mismo tiempo nos condena a la mediocridad, está claro que es el medicamento como producto. El maestro que saca la daga y le corta el cuello a la vaca es la crisis (que por el momento sólo está echando menos pienso a la vaca, pero que aún no se anima a matarla por el miedo atronador que tiene la familia a que esto pase). El aprendiz del maestro podemos ser nosotros por ejemplo, los farmacéuticos jóvenes, por qué no, o más bien, aquellos que todavía piensan que pueden aprender algo. Y así, podemos reconstruir este cuento hindú y aplicarlo a nuestra situación.

Pero detengámonos un poco más en la vaca y en sus efectos sobre la familia. Está claro que la vaca es el único sustento de la familia, lo único que tienen, por lo demás la familia está inmensamente empobrecida e incluso se puede intuir que sueñan con un mundo mejor; para los farmacéuticos sería un mundo en el que no estuviese en tela de juicio el valor social que aportamos, en el que este valor sea tan evidente que nuestros conciudadanos ¡hasta se unen a nuestras manifestaciones y reivindicaciones!, un mundo de realización y sentido percibido cotidianamente por nuestros conciudadanos, que, digamos de paso, nos necesitan más que nunca.

Sin embargo, la vaca nos da alimento, y bueno, nos conformamos, predicamos de vez en cuando un mundo mejor, en la casa de algunas familias hay cuadros y hay cierta limpieza y orden, cierta riqueza de espíritu, pero no es lo común, no es suficiente, no revierte lo suficiente en la sociedad. La vaca en realidad nos está privando de dar el salto cuántico que traería ese mundo soñado, ese mundo en el que estamos aliados con nuestros conciudadanos y los protegemos, los salvamos de los retos que les suponen abrir la bolsa de sus medicamentos y encontrarse con tantas dosis que no saben ni por dónde empezar, y que encima ahora merma sus posibilidades económicas; como digo, nos necesitan más que nunca.

Pero la vaca nos impide ayudarles.

Ellos, nuestros conciudadanos, ingresan en los hospitales hasta un 25% de las ocasiones porque no manejan del todo bien esta tecnología sanitaria avanzada que llamamos medicamentos. Ellos acumulan y acumulan cantidades ingentes de medicamentos en botiquines, en depósitos, son los desechos del consumismo exacerbado de nuestro mundo, el mismo proceso que hace que haya verdaderas praderas transformadas en vertederos de teléfonos móviles, de basuras, de toneladas de restos de esa máquina que está diseñada con precisión para comprar, vender, consumir. Ellos llegan en muchas ocasiones solos, con la visión mermada, con temblor en los dedos y teniendo que acertar en la rayita de los milímetros de la jeringa de la solución de digoxina, son ellos los que tienen ahora que pagar de su bolsillo medicamentos que tienen un nulo valor terapéutico (y que muchos gobiernos no financian porque no aportan nada), pero ahora son ellos los que los tienen que pagar porque nadie en este país es capaz de hacer una política de financiación de medicamentos apropiada, porque estamos en un país de familias «mediocrenitizadas» –si me permiten la palabra– por vacas.

Es la vaca la que hace que no entremos en la casa de nuestros conciudadanos, veamos sus botiquines y su caos medicamentoso y les ayudemos, les salvaguardemos, les ofrezcamos un valor que de verdad les sirva de algo.

Es la vaca la que hace que entremos en pánico.

Es la vaca la que está detrás del telón de los congresistas que exponen el sueño de una vida después de la muerte de la vaca.

Angustia y desesperación es lo primero que siente la familia después de encontrarse la vaca degollada. Pero con el tiempo, hay riqueza en sus vidas.

Y la pregunta clave es: ¿Qué serán las hortalizas del cuento? Es muy posible que muchos den respuestas a esto y estén convencidos de qué plantas, dónde y qué hacer con ellas, pero una cosa está clara en el cuento. Hasta que no degollan a la vaca, esas hortalizas son sólo una quimera, es cuando ya no está la vaca cuando se le ocurre a la familia algo que funciona.

Porque trabajo hay. Tenemos un sistema sanitario en crisis. España es el segundo país del mundo en consumo de medicamentos por persona, pero es uno de los países de la Unión Europea que menos invierte en sanidad, es decir, nos dejamos gran parte del presupuesto sanitario en medicamentos y esto es una cosa sabida y consentida deliberadamente. Los farmacéuticos podríamos tener una actitud crítica con esta situación y con otras muchas, podríamos aliarnos con nuestros conciudadanos y ofrecerles nuestra ayuda. Las casas de la gente están repletas de medicamentos, hay un verdadero caos en cada botiquín familiar: hay trabajo. Tenemos gente ahora que no tiene dinero para pagar todo su tratamiento, necesitan de algún profesional sanitario que les informe de que sólo necesitan un porcentaje X de sus medicamentos y que no tienen por qué consumir –ni pagar– otros cuyo valor terapéutico es nulo, necesitan que alguien trabaje con el resto del equipo sanitario para simplificar su tratamiento: hay trabajo. En España es muy fácil que la gente llegue a casa con una bolsa de medicamentos que contiene dos medicamentos que entre ellos interaccionan y les pone en riesgo, es muy fácil porque no hay ningún filtro sistémico que funcione permanentemente y que sea coyuntural al sistema: hay trabajo. Hay gente que tiene que tomar más de 15 medicamentos que son más de 25 tomas diarias: hay trabajo. Hay gente que no sabe ni para qué sirve lo que toma y que no se sienten parte activa de su tratamiento y lo terminan abandonando (aunque lo sigan comprando y los depósitos crezcan): hay trabajo.

Hay trabajo, hay mucho trabajo, hay más trabajo que nunca. Y además, en una vida sin vacas, este trabajo estará remunerado. Trabajemos para la gente. ¡Degollemos a la vaca!

Destacados

Lo más leído