Sin pretender hacer un análisis exhaustivo (es mejor que cada uno haga su reflexión al respecto) se podría decir que tras una vida sedentaria uno no le dedica tiempo suficiente a su salud física, a su cuerpo. Uno está cansado (bien por un trabajo exhaustivo, bien por la ausencia y desesperación que conlleva no encontrar algo digno). Hay un desánimo general que ocupa la mente de la persona hasta hacerle caer sin darse cuenta en las garras del sofá, enchufar la televisión y entretenerse por un tiempo, abstraerse, evadirse de sí misma, y de sus cuidados más esenciales. Cuando por la mañana despierta para ir al trabajo, sin muchas ganas, escoge el modo de transporte más cómodo y fácil: su coche. Y si no tiene trabajo, volverá a las garras del sofá o quizá salga un rato, pero sin bordear los confines de la desidia. Uno pierde poco a poco la conciencia de que tiene un cuerpo y un ser que cuidar…
Las consecuencias son ilimitadas. Hay una alteración de marcadores bioquímicos. De muchos marcadores bioquímicos. Porque el cuerpo es dinámico y se adapta o se mueve en función de la vida que decidimos hacer. Sí, uno de estos marcadores es el colesterol, otro es la tensión arterial, pero son sólo unas pocas variables de las muchas que se alteran. Hay un aumento en el riesgo cardiovascular. También se altera la mente, que se aplaca y anestesia ante la falta de estímulo. Es decir, la dinámica del cuerpo y la mente se ven influidas por el tipo de vida que llevamos. Esto no es esoterismo. Los que quieran iniciarse en estas dinámicas, pueden leer a los neurocientíficos Maturana y Valera, premios Nobel chilenos.

¿Qué propone el sistema?
El sistema propone tomar fármacos. Varios fármacos. No habla de cuidados del cuerpo ni de sus mecanismos humanos subyacentes. No habla de la forma en que nos alimentamos. No habla. Prescribe.
Para ello opera de la siguiente manera: segmentando el conocimiento. Es decir, segmenta y aísla el parámetro bioquímico «colesterol» y le otorga por sí mismo el riesgo cardiovascular, obviando que es sólo un marcador intermedio entre el sedentarismo y el riesgo de morir por una falta de cuidado del cuerpo y el alma. Le asocia el riesgo de morir al colesterol y entonces se construye el siguiente mensaje: «tómese esta pastilla para el colesterol y siga malviviendo, no se preocupe de su alimentación ni de su forma de vivir y la gloria de vivir en el desarrollo de su salud, solamente preocúpese por tomarse la pastilla y medirse periódicamente su puntuación en el colesterol». El medidor de su salud es una puntuación en un marcador biológico entre una marea infinita de marcadores biológicos y de sensaciones vitales, igual que las notas en matemáticas fueron la guía del desarrollo en tu educación o el salario lo es de tu desarrollo profesional. Pon una diana, y una puntuación, y guíate (piérdete) por ellos.
Sé que afortunadamente no todos los profesionales damos estos mensajes y que puede resultar un tanto caricaturizado, pero este es el contenido que al final le llega a la población y para constatar esto sólo hace falta dialogar con la gente en la calle para darse cuenta de que estos son los mensajes que le llegan fruto del bombardeo publicitario y propagandístico.

¿Hay otras propuestas o intervenciones posibles?
Sí. Desde la Promoción de la Salud. Hace más de 70 años que la OMS asoció el concepto de salud al de bienestar y no al de «ausencia de enfermedad», y desde entonces se han desarrollado fructíferas Conferencias Internacionales que ponen de manifiesto que el énfasis hay que ponerlo en la «construcción de Salud» como un proceso del día a día que pasa por adquirir conciencia de nuestra vida y empezar a cambiarla en función de nuestras percepciones y sintonizarlas con la vida que queremos tener. Poco a poco, comprobar que instalamos estilos de vida que están en consonancia con nosotras mismas. Con estos cambios la mente y el cuerpo empiezan a dinamizar un sinfín de marcadores (sí, entre ellos, también el colesterol), y empezamos a educarnos en el cuidado y el amor a nosotros mismos y a los que tenemos cerca día a día. Es un proceso. Y es Educación. Es un proceso educativo en su esencia y no terapéutico. Implica dejar de prestar tanta atención a las notas académicas y preguntarte sobre tu vida entre un sinfín de preguntas. Implica experimentar el cuidado del cuerpo y el entusiasmo. Puede que ese día decidas no coger el coche o cogerlo, pero darte un buen paseo al atardecer. Implica la gloria de vivir que reivindicaban Thoreau y otros grandes pensadores. Puede incluso implicar tomar pastillas (no digo que no), pero como un objetivo perdido en algo mucho más nuclear. El núcleo es un acto de amor.
La Promoción de la Salud ha demostrado unos resultados increíbles sobre la mortalidad y morbilidad de las poblaciones. Ninguna tecnología sanitaria ha demostrado resultados tan aplastantes. Pero a pesar de esta evidencia, seguimos invirtiendo en recursos tecnológicos (medicamentos) y no en educación en salud. Educar implica contacto e implica personas. Implica construir Salud, pero también Libertad. Pero seguimos encadenamos a nuestro sueño de Frankenstein, impresionados y alagados por el monstruo que somos capaces de construir, aunque nos destruya. Lo importante es esa sensación de grandiosidad y perplejidad ante nuestra creación y no sobre su naturaleza creativa. La Educación no es tan resplandeciente, ni tan fácil. No impresiona. Pero ya se decía desde tiempos antiguos, que la Verdad está en la paradoja, y a veces, lo que parece que construye, resta, y lo que parece que resta, construye.
Un saludo a todos los lectores, y permitidme esta vez este artículo sembrado de mensajes navideños (un artículo marcado por el solsticio de invierno y una natalidad de recién nacido). ¡Feliz año a todas!

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