El sistema sanitario está plagado de connotaciones militares. «Orden médica» o «cumplimiento terapéutico» son algunos conceptos que reflejan una relación de poder y sometimiento entre quienes ejercen la orden (prescriptor) y quienes la reciben (paciente). Los prescriptores, además, creen que tienen «libertad de prescripción», pero esto es solo un consolador que enmascara, y hace más soportable, el hecho de que ellos también son marionetas de otros que les dictan las intervenciones. Cómo explicar si no el éxito comercial que tienen los nuevos medicamentos a pesar de las pocas muestras que ofrecen como avances terapéuticos reales.

Otras pruebas que desvelan la naturaleza de poder en las relaciones interpersonales del sistema sanitario son el corporativismo (movimiento que persigue únicamente el mantenimiento y/o auge de privilegios profesionales nutriéndose de supuestos objetivos loables como el bienestar de los pacientes), el Tratamiento Ambulatorio Involuntario (TAI), o juzgar y maldecir a los «pacientes incumplidores» en las cafeterías de personal. Al corporativismo hemos jugado (y seguimos jugando) todas las profesiones sanitarias.

La Seguridad del Paciente que ahora está institucionalizada en las principales autoridades sanitarias del mundo (OMS, CDC, Institute of Medicine…) empezó cuando una enfermera cansada de ver cómo se moría la gente de infecciones graves después de someterse a intervenciones quirúrgicas, se atrevió a decirle al cirujano que se lavase las manos antes de meterle mano al paciente (cosa que no estaba haciendo). Si ninguna otra enfermera o personal sanitario le comentó antes a este cirujano que se lavase las manos, es porque en aquella sala había miedo a comentarle nada, de la misma manera que un cabo tiene miedo a contradecir a un sargento. Es decir, entre los profesionales sanitarios, hay rangos de poder.

Si en las consultas sólo disponemos de 5 minutos no tenemos tiempo para dialogar. Y si no hay diálogo, hay dinámica de poder, como demostró Paolo Freire en su Teoría de Acción Antidialógica, porque sólo hay tiempo para la orden (que siempre ha sido más rápida que el entendimiento). Si no hay contacto visual entre el profesional sanitario y la persona que padece, hay dinámica de poder y deshumanización, y da igual que no nos miren porque tengan que meter datos clínicos fundamentales en la historia clínica electrónica.

Si como farmacéuticos acudimos a dialogar y pensar en colectivo sobre una persona con otros profesionales, y somos empáticos y miramos y cuidamos todos los aspectos de la comunicación y nuestro ánimo es verdaderamente de ayuda, y la respuesta que recibimos es «el médico soy yo» o «yo no voy a cambiar nada porque yo soy el que mando», no hay batas blancas, hay escalafones militares uniformados, no hay pensamiento ni diálogo, ni afán de construir decisiones clínicas de más calidad, tan sólo órdenes, imposiciones y autoridad. Poder y sometimiento.

En el mes de mayo de 2016 salió publicado en el BMJ un artículo titulado «Los errores médicos suponen la tercera causa de muerte en EEUU» (http://www.bmj.com/content/353/bmj.i2139). El exceso de intervencionismo médico es una de las raíces que se señalan. Pero el constructo cultural que permite que ese delirio de ideas intervencionistas lleguen a la población es porque la dinámica en la relación sanitario-paciente es una dinámica de poder y sometimiento. Lo único que puede revertir estos procesos dramáticos es el diálogo, la humanización y la educación, de manera que las decisiones sean respetadas, pensadas, y consensuadas en colectivo. Y para ello necesitamos consultas y hospitales libres de una cultura militar jerarquizada.

Las dinámicas de poder entre personas es un caldo de cultivo para las guerras civiles, tal como puso de manifiesto Elias Canetti en su novela Auto de Fe, publicada en 1935 y por cuyas páginas desfilan personas delirantes, vagabundos, estafadores, buhoneros y tullidos con quienes entra en contacto el protagonista, Peter Kien, que es un erudito sinólogo de reconocido prestigio académico y dueño de una de las mayores bibliotecas privadas. A lo largo de la novela te percatas de que apenas se profundiza humanamente en Kien, de manera que el lector mantiene una distancia afectiva con el protagonista y con el resto de rostros que van apareciendo en la novela. Todos estos personajes se relacionan entre ellos con una violencia brutal e insidiosa, muy sutil, que se manifiesta sobre todo en el lenguaje, en los diálogos. Cuando hablan entre ellos sólo hay un cruce de exposiciones monologuistas y en ningún momento hay escucha o entendimiento, ni siquiera por parte del lector, el lenguaje es un soliloquio incomprensible, la novela, como el propio autor reconoce, es insoportable. Así era la atmósfera social en la Europa previa a la Segunda Guerra mundial. Son los síntomas a los que debemos prestar atención en nuestra sociedad contemporánea para evitar la repetición de una historia cruel. Las dinámicas de poder entre personas, en nuestra cotidianidad, en nuestros hospitales, en nuestros barrios, es el caldo de cultivo de una sociedad deshumanizada y en destrucción moral.

No hay órdenes médicas que haya que cumplir. Los hospitales y centros de salud no son espacios militares. Son espacios para el diálogo en torno a la salud entendida como un recurso para la vida.

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