Se disfraza de sinceridad, de honestidad, pero realmente no creo que necesitemos saber de manera abrupta una realidad tantas veces distorsionada por expresiones como las verdades del barquero, cuando en realidad solo estamos escuchando una erupción de gruesas palabras por parte de alguien con alguna oscura frustración.

Personajes rotundamente maleducados triunfan en los mass media, convirtiéndose en personajes cuasi heroicos, haciendo gala de esa «sinceridad». Y lo son precisamente debido a ella. Cualquier crítico, analista o personaje de serie que se precie debe gritar a los cuatro vientos esas cosas que la gente educada simplemente calla por educación. O las señala sin alharacas. No hace falta menospreciar la inteligencia de nadie para que un médico de ficción demuestre lo ingenioso que es. No hace falta ridiculizar a un candidato a cantante ni personaje público, para evidenciar que es altamente risible.

También es frustrante que estén triunfando las ganas de polemizar sin sentido, cuanto más ruidosamente y cuanto más insultantemente mejor, para defender cualquier causa o postura. A un servidor, por poner un simple ejemplo, le horroriza la caza. No le veo mucho sentido y sí bastante tristeza moral. Pero ver a unos sujetos, megáfono en mano, persiguiendo a unos cazadores mientras les gritan «asesinos», aparte de darme ganas de regalarles el Diccionario de la Real Academia Española, para que descubrieran el verdadero significado de la palabra «asesino», me produce esa sensación de desasosiego de la que estoy hablando. ¿De verdad es necesario gritarle tu opinión por medio monte a un señor tratándole de impedir una actividad perfectamente legal, por otra parte?

Mejor no entrar en otros campos del pulso social en este país, donde también vemos a estos adalides de la «sinceridad» insultar sin decoro (ni por supuesto educación) a políticos, sindicatos, colectivos. ¿Realmente creemos que gritarle a un señor trajeado que es un chorizo cambia en algo una situación, más allá de ponernos en evidencia?

En días como estos, en los que por fin y con ilusión asistimos al hecho de que la sociedad española no estaba necrótica, que el virus de la pasividad y la indolencia tiene cura sana, fresca y saludable, no puedo sino preocuparme ante el hecho de la aparición, una vez más, de la mala educación. Erradicadla, tomad como ejemplo la firmeza simple de las palabras, ante la vulgaridad del insulto.

Así, de este modo, cada vez que contempléis el hecho sencillo de que alguien le cede el asiento a un anciano en el transporte público o alguien que sujete una puerta a un vecino que se afana en subir trabajosamente un mueble o una televisión, quizá deberéis guardarlo como un pequeño tesoro en la memoria. El último de los gestos amables. La última aparición de la educación antes de su extinción.

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