Dos noticias.
La primera: la utilización de medicamentos antidepresivos en España se ha triplicado en 10 años, según los datos publicados por la Agencia Española de Medicamentos y Productos Sanitarios (AEMPS), que analiza el consumo desde el año 2000, cuando el número de dosis por cada mil habitantes y día (DHD) consumidas fue de 26,5, hasta el año 2013 cuando registran 79,5 dosis consumidas. En total, supone un incremento del 200%, aunque varía dependiendo del tipo de estimulante consumido. Así, son los antidepresivos de segunda generación los que han mostrado un incremento acentuado (159,3%) pasando de 20,4 DHD en el año 2000 a 52,9 DHD en el año 2013, y representando el 70,4% del total consumido en 2013; mientras se ha disminuido el consumo de antidepresivos de primera generación que han pasado del 3,40 DHD en el 2000 a 2,90 en 2013.

La segunda noticia (fuente El País, el 30 de marzo de 2016; http://politica.elpais.com/politica/2016/03/29/actualidad/1459249694_040134.html): el número de suicidios en España alcanzó un récord histórico en 2014 por tercer año consecutivo e incluso duplicó la cifra de fallecidos por accidentes de tráfico. Los datos muestran que en 2014 los suicidios volvieron a ser la principal causa de muerte no natural. Además, la cifra de quienes decidieron poner punto y final a su vida aumentó en 2014 por cuarto año consecutivo hasta doblar el número de fallecidos por accidentes de tráfico. La cifra de quienes se quitaron voluntariamente la vida mantiene una tendencia ascendente desde hace décadas. En 1980 se registraron 1.652 casos; en 1990, 2.939; y en el año 2.000, 3.393. Aunque entre algunos ejercicios hubo pequeñas subidas y bajadas, el aumento en los últimos 35 años ha sido continuo. Santiago Durán-Sindreu, psiquiatra especialista en suicidios del Hospital de Sant Pau de Barcelona, cree que la tendencia ascendente es preocupante: «Parece que este fenómeno ha llegado para quedarse. Sea cual sea la causa, y decir que solo ha influido la crisis económica es un argumento muy reduccionista, el incremento de casos es de suficiente magnitud para que las instituciones públicas trabajen en planes de prevención».

Un hecho: ningún antidepresivo ha demostrado que prevenga la tasa de suicidios. Sólo litio, en determinadas situaciones clínicas, ha demostrado efecto sobre una variable como el suicidio.

Otro hecho: la Estrategia en Salud Mental del SNS, 2006 (https://www.msssi.gob.es/organizacion/sns/planCalidadSNS/pdf/excelencia/salud_mental/ESTRATEGIA_SALUD_MENTAL_SNS_PAG_WEB.pdf) pone de manifiesto la interrelación entre este tipo de eventos (suicidios) y los determinantes sociales y familiares. Son fundamentales las estrategias de Promoción de la Salud, lo cual implica un abordaje global, a nivel educativo, urbanístico, cultural, social, de modelo productivo, y de prevención de situaciones traumáticas en la infancia. Para todo esto hacen falta recursos económicos que no se pueden destinar porque no hay dinero (aunque sí hay para permitirnos un incremento del 200% en antidepresivos).

En 1976, Ivan Illich, en su obra Némesis médica. La expropiación de la salud, puso de manifiesto, entre otras cuestiones, que la evolución favorable en la curación de enfermedades infecciosas no se debió al uso de los antibióticos sino al desarrollo social y a la universalización de medidas higiénicas y nutricionales básicas.

Educación (infantil y del adulto), nutrición, ciudades más habitables, cultura, participación ciudadana, cohesión social, canalización del talento juvenil, desarrollo del conocimiento, medio ambiente, vivienda digna… Son todos elementos determinantes de la salud mental. No hacer nada a esos niveles y seguir acelerando el consumo de antidepresivos es no ser responsables como agentes sanitarios. Pasaríamos a ser (o estamos siendo) más bien, agentes recaudatorios de Hacienda, o empleados indirectos (y directos) de la industria farmacéutica o funcionarios que mantengan el estatus quo del partido de turno, incluso individuos con cuentas corrientes más o menos saneadas. Pero no agentes transmisores de salud a la población. Es fundamental alinear nuestro sistema de incentivos profesionales a las necesidades de la ciudadanía.

El hecho crudo es que nuestros vecinos, nuestros conciudadanos, se suicidan cada vez más. Hay un terrible problema de exclusión vital (ya no de exclusión social). Tenemos el conocimiento adecuado para saber que los fármacos no son una solución a estos problemas. En lugar de promulgarlo y educar en salud mental, dispensamos, dispensamos, dispensamos, dispensamos pastillas antidepresivas a un ritmo de fuerte aceleración. Al mismo ritmo y en la misma medida en que la gente traspasa la línea de lo soportable.

Entre los recursos que podemos ofrecer como profesionales sanitarios está la educación. Y la educación con tiempo, horizontal, colectiva, a través de la creación de espacios de reflexión y diálogo es un arma mucho más poderosa que cualquier otra herramienta terapéutica de la que dispongamos en las estanterías de medicamentos. La farmacia como un espacio de cultura en salud. Eso es lo que reivindico. Y lo que propongo dispensar a montones. El tiempo pone las cosas en su sitio y lo que está vacío y carente de sentido acaba cayendo, por mucha financiación, o lobbys de los que se disponga. Las carcasas acaban fragmentándose y caen. Nuevas profesiones, nuevos grupos institucionalizados o no, que sí propongan soluciones a estos problemas, serán los supervivientes de este milenio.

Nuestra profesión necesita una fuerte reestructuración hacia las necesidades reales de las personas. Y, sobre todo, libre de demagogias. Hay un desafío ahí fuera. Tomémoslo en serio.

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