41 EF 601   OPINION   detras del espejo
Detrás del espejo

Según la mitología, Ícaro y su padre Dédalo decidieron escapar de la isla de Creta, donde estaban retenidos. Confeccionaron unas alas con plumas y cera, de modo que parecían las alas de un pájaro. Volaron. El padre advirtió al hijo que no volase demasiado alto, porque el sol derretiría la cera de las alas, ni demasiado bajo, para evitar que la espuma del mar las mojase. Llevado por su entusiasmo, Ícaro no hizo caso y voló muy alto, tanto que el sol ablandó la cera que unía las alas y estas se despegaron. Ícaro cayó al mar. Su padre llamó Icaria a la tierra más cercana al lugar donde el hijo había caído.

El tema de la caída de Ícaro es uno de los favoritos de los pintores que se han inspirado en la mitología. Se atribuye a Pieter Brueghel el Viejo el lienzo titulado Paisaje con la caída de Ícaro, 1558, quizá la más sorprendente versión pictórica del mito, que se conserva en los Museos de Bellas Artes de Bélgica, en Bruselas. Los demás pintores han escogido el momento en que el padre le prepara las alas al hijo, como Charles Le Brun, o el instante en que Ícaro y su padre Dédalo, se disponen a iniciar su vuelo, como en el lienzo de Frederic Leighton, o aquel en que el sol derrite la cera de las alas de Ícaro y este empieza a caer, o incluso el momento en que cae en el mar y se hunde. Brueghel se apartó de esos momentos cruciales del mito y pintó un paisaje en el que no sucede nada especial, y hay que estar muy atento y conocer el título del cuadro para observar los pies de la diminuta figura que se traga el mar sin que nadie lo advierta. Si el observador no conociera el título del cuadro, jamás pensaría que su tema es el mito de la caída de Ícaro en el mar tras haber visto cómo el sol abrasaba sus alas.

En el cuadro de Brueghel Ícaro ha caído, pero todo permanece igual que antes de su caída y la naturaleza no ha resultado alterada por el esfuerzo del hombre. Unos segundos después de la escena pintada por Brueghel, Ícaro se habrá hundido y ahogado, desaparecerán las piernas que todavía se aprecian en el cuadro, las aguas se calmarán y no quedará ninguna señal del intento del hombre por superar sus limitaciones. Brueghel, como muchos pintores flamencos, expone un tema moralizante. Los héroes de la mitología clásica desafiaban a los dioses, les robaban el fuego, querían volar. Desafiaban los designios de los dioses. En el Génesis, Adán y Eva también se rebelan contra la naturaleza que les ha sido asignada, hacen caso a la serpiente y pretenden ser como dioses. Hoy en día esa rebeldía, ese querer ir más allá de los límites, recibe una valoración positiva. El hombre actual odia las limitaciones, y uno de sus mitos es que, si se lo propone, podrá alcanzar cuanto quiera, que si no desfallece carecerá de límites. En el siglo XVI las cosas eran diferentes; la rebelión era algo condenable, un despropósito, algo que debía ser desalentado. Brueghel va más allá: la rebelión es irrelevante, ni siquiera merece ser considerada porque pasa desapercibida y el hombre continuará arando la tierra, rigiéndose por los ciclos de la naturaleza, que ni siquiera resulta alterada por los sueños del hombre.

En Brueghel el drama pasa inadvertido y el paisaje permanece inmutable: el barco que flota en un mar en calma; el hombre que ara la tierra tras un caballo... Es como si Brueghel dijese que la proeza de Ícaro y de los hombres que lo imitan es inútil. Los seres que intentan superar sus límites, ser como pájaros o como dioses, volar, o simplemente huir de su naturaleza, se estrellarán sin que nadie lo advierta ni le importe. Brueghel pinta con maestría y un punto de indiferencia el mito del heroísmo inútil. La naturaleza vence. Los hombres no deberían volar. La historia, sin embargo, no ha seguido los consejos del viejo Brueghel: Ícaro vuela cada vez más alto.

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