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  • Nuestra formación: aspecto clave para el desarrollo profesional

Al obtener la titulación de farmacéutico, generalmente no somos conscientes de la necesidad de mantener nuestros conocimientos actualizados, y casi automáticamente nos revelamos contra el aparente despilfarro de horas que hay que añadir a los de por sí ya largos años de licenciatura.

Lamentablemente deberemos ceder ante este impulso, ya que mantener la competencia a lo largo de una carrera donde se plantean nuevas y desafiantes responsabilidades constituye un requisito ético fundamental para todos los profesionales. Además, y como profesionales sanitarios, la actualización ocupa un lugar destacado por dos razones principales: la incidencia que tienen los nuevos conocimientos sobre la salud de las personas, y la velocidad con que se suceden los avances en la investigación.

De esta manera, el concepto de formación continuada (FC) se inserta en el proceso evolutivo personal del farmacéutico, y nos permite planear de forma habitual las actividades que desarrollar, que deben prolongarse a lo largo de toda la vida profesional.

La Organización Mundial de la Salud (OMS) y la Federación Internacional Farmacéutica (FIP) en la publicación «Desarrollo de la práctica de farmacia centrada en la atención del paciente» (2006) plantean los requisitos básicos de una profesión que debe cambiar su paradigma de ejercicio profesional: desde los medicamentos hacia las necesidades farmacoterapéuticas de los pacientes. En este sentido, la misión de la profesión farmacéutica es contribuir a la mejora de la salud y ayudar a los pacientes a que hagan el mejor uso posible de los medicamentos. A causa de ello, se han configurado en todo el mundo nuevos servicios cognitivos que son prestados por los farmacéuticos.

En la publicación citada se retoma además el concepto del «farmacéutico siete-estrellas», es decir: cuidador, tomador de decisiones, comunicador, gestor, estudiante permanente, profesor y líder. Los autores agregan también una nueva función: la de investigador.

 

Desde la formación continuada al desarrollo profesional continuo

La formación del farmacéutico debe pensarse como un proceso permanente y continuo en sus tres fases (grado, posgrado y FC/desarrollo profesional continuo), es decir, como un macro-proceso que conduzca directamente al producto final: un profesional competente que pueda responder a las necesidades farmacoterapéuticas de la población.

En consecuencia, se está produciendo un cambio de objetivo, desde la FC (en la que se prioriza la adquisición de conocimientos) hacia el de formar profesionales competentes en su ámbito de ejercicio, cambiándose así el modelo educativo: desde la enseñanza al aprendizaje. Esta nueva concepción enfatiza también el concepto de aprendizaje autodirigido, en el que la persona que aprende no sólo es el foco del proceso, sino el conductor de su propio proceso educativo, planteando una enseñanza centrada en el individuo.

Asi mismo, la necesidad de mantenimiento y mejora de la competencia profesional está generando que la clásica idea de FC esté siendo sustituida por otra más amplia y novedosa denominada «desarrollo profesional continuo» (DPC). El DPC puede definirse como la responsabilidad que tiene el farmacéutico, individualmente, de mantener, desarrollar y ampliar de forma sistemática sus conocimientos, habilidades y aptitudes, con el fin de asegurar la continuidad de su competencia como profesional a lo largo de toda su carrera.

Es importante aclarar entonces que el DPC no es lo mismo que la FC, ya que requiere una actitud positiva hacia el aprendizaje a lo largo de la vida e incluye todas las actividades que contribuyen a mejorar la competencia y la práctica del farmacéutico.

Ya que el DPC se centra en las necesidades del individuo, cada farmacéutico tiene la responsabilidad de identificar los requerimientos en su propio ejercicio y seleccionar una actividad de aprendizaje que satisfaga esas necesidades. De esta manera, el DPC está incorporado al ciclo de aprendizaje a lo largo de la vida y puede decirse que tiene dos componentes: la experiencia profesional y la FC.

Para el farmacéutico, el DPC debería basarse en el desarrollo de las facetas asistenciales, docentes, de investigación, de gestión y de formación; podríamos decir entonces que deberíamos abarcar todas las funciones-(estrella) del farmacéutico que se plantearon anteriormente.

Los profesionales deben valorar el DPC como una herramienta que permita su adaptación a los continuos cambios tecnológicos, sociales y culturales para prestar un mejor servicio a la comunidad. Además, en muchos países las autoridades reguladoras exigen pruebas de que los farmacéuticos recién titulados no sólo son competentes para el ejercicio profesional, sino que también deben ser aptos para la práctica farmacéutica.

 

El papel de las universidades en el «desarrollo profesional continuo»

Las universidades, a través de las facultades de farmacia, no sólo deben limitarse a la formación de grado de los futuros licenciados, sino que también deben acompañar el DPC de sus graduados generando estrategias que posibiliten una conexión permanente y una retroalimentación de sus necesidades formativas, docentes y de investigación. Esta conexión debería también redundar en mejoras de los planes de estudio de la carrera de farmacia.

Asumir que la universidad debe participar en el DPC de los farmacéuticos supone desarrollar toda la logística necesaria para llevar a cabo este objetivo, constituyendo un factor clave la preparación del plantel de profesores. Para conseguir esta preparación, no es suficiente la pertinencia de los conocimientos que transmitir: los profesores deben tener presentes los cambios del modelo educativo mencionados anteriormente, favorecer el contenido multidisciplinario y contemplar las necesidades de formación de los profesionales. En consecuencia, sería deseable que se instauren los mecanismos necesarios para adaptar, incorporar y vincular los conocimientos teóricos con la práctica, siempre en virtud de las demandas farmacoterapéuticas de la comunidad en que el farmacéutico presta sus servicios.

Un aspecto importante es la formación clínica de los farmacéuticos, y se ha señalado que esta característica no puede transmitirse si no se experimenta profesionalmente de forma directa, participando diariamente en la resolución de las necesidades farmacoterapéuticas de los pacientes individuales. Por ello será muy importante que los docentes con dedicación clínica tengan un mayor protagonismo en las actividades formativas, y que las mismas se desarrollen con pacientes en un escenario real.

No obstante lo planteado anteriormente, la realidad nos muestra en muchos casos que la universidad está alejada de este proceso. Al mismo tiempo, algunos ámbitos profesionales se sienten distantes de la universidad, y los intentos de colaboración son escasos y frecuentemente no están exentos de problemas. Una vinculación más estrecha entre las universidades y los profesionales o sus asociaciones representativas favorecería un óptimo DPC, ya que se fortalecerían las facetas asistenciales, docentes, de formación y de investigación de los farmacéuticos involucrados.

Para ello, será fundamental establecer estrategias de articulación permanente entre las universidades y sus facultades de farmacia, los farmacéuticos, sus asociaciones profesionales y las sociedades científicas, a efectos de diseñar planes que puedan acompañar adecuadamente el desarrollo profesional continuo de sus graduados.

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