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Las flores de Odilon Redon

Algunos hombres cambian su nombre por el de su madre, lo que suele presagiar una biografía turbulenta o, como en el caso de Odilon Redon (1840-1916), una obra inclasificable y peculiar.
Odilon nació como Bertrand pero cambió su nombre por el de Odilon en homenaje a su madre, Odile. Es un pintor desconcertante e inclasificable, más allá de los ismos en que se clasifica a los diferentes autores. Esa comodidad, en el caso de Odilon, es imposible. Le gustaba el tenis, algo poco habitual en un pintor, y le atraía el hinduismo, algo también infrecuente. Más raro todavía en un pintor del siglo XIX: le atrajeron las ideas científicas, sobre todo las de Darwin. Sólo se parecía a sí mismo, era un pintor raro, en parte simbolista, surrealista, espiritual y decorativo. Sabía penetrar en la interioridad de aquello que pintaba y sus cuadros transmiten una gran intensidad e incluso producen desazón. Son inquietantes, lo que es decir mucho hoy en día. Quizá por ser raro sea más interesante que otros pintores que se afiliaron a un estilo, encontraron una forma de pintar y se repitieron hasta la saciedad, llevando a sus lienzos siempre el mismo cuadro. Odilon no, su obra no se puede reducir ni explicar tan fácilmente, y hay en ella algo singular: la mayoría de los pintores se deprimen con la edad, pasan del color a los tonos oscuros, la vejez inunda de tristeza y de grises sus cuadros y, al inicial estallido vital, le sucede la introspección, la repetición y la tristeza. Pero un hombre que ha empezado por cambiar su nombre y adoptar el de su madre no es tan fácilmente previsible. Odilon empezó con una obra gris, negra, de tintes sombríos, y terminó pintando flores, las flores más decorativas, sensuales y carnales que imaginarse pueda, que sin embargo también son extrañamente espirituales. Tras haber penetrado en los misterios del inconsciente con sus inquietantes grabados llenos de arañas que ríen, de ojos que se convierten en globos, de rostros expuestos en copas, de cíclopes horribles, cuando lo fácil era imaginarle despeñándose por los senderos del arte desgarrado reaparece decorando las estancias del barón Robert de Domecy, y le decora con gusto exquisito el comedor de su castillo con un delicado conjunto floral de inspiración japonesa, pero que sin embargo no es exactamente un jardín japonés sino otra rareza de Odilon.

Más tarde diseñó alfombras de oración, pintó rostros impávidos, silenciosos, ángeles detenidos en el tiempo y el espacio, para desembocar en el pintor de las flores más coloridas que se hayan pintado jamás, ramos que casi pueden olerse, o comerse, flores que son algo más que flores, de una belleza indescriptible, que parecen estar allí esperando a que llegue Marcel Proust y las describa. Cuadros decorativos, y que sin embargo transmiten algo indefinible, cuadros raros, flores extrañas, excesivamente sensuales y carnales, que son flores pero al mismo tiempo símbolos de una naturaleza indescifrable. Le gustaba Edgar Allan Poe, otro raro, pero también Delacroix, mucho más convencional. Nació en Burdeos, donde murió exiliado Goya, a quien se le oscureció progresivamente la paleta mientras se iluminaba la de Odilon. Caminos inversos: Goya pinta las tremendas pinturas negras de la Quinta del Sordo mientras Odilon se inventa las flores más maravillosas de la naturaleza, las crea, puesto que no existen en ella. Odilon era algo torpe pintando figuras en movimiento, pero era un genio pintando flores, o un Polifemo que no se sabe si ríe o llora, o un rostro de expresión silenciosa y solemne que expresa algo indefinible a pesar de que aparenta la inexpresividad absoluta. Llevaba una vida familiar y provinciana y el éxito no le cambió. En 1904, el Estado francés adquiere por 1.000 francos una de sus obras maestras, la inquietante Ojos cerrados. Es el momento del reconocimiento y de la gloria. ¿Qué hace Odilon? Por las mañanas juega a tenis, y por la tarde pinta flores.

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