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El canto de sirena del pesimismo

El pesimismo ejerce una misteriosa fascinación sobre los españoles, tanto como puede incomodar a otros pueblos. Los americanos, por ejemplo, hacen alarde de un optimismo que por estos lares siempre ha parecido infantil y cándido, pero que a ellos les proporciona excelentes réditos, mientras que el pesimismo a nada conduce, salvo a regodearse en la incapacidad de solucionar los problemas. La ventaja de los optimistas es que, con su optimismo, son capaces de construir un futuro mejor que el presente, mientras que el pesimismo es anestesiante y suele dejar las cosas como están. ¿Para qué hacer nada, si nada puede solucionarse, si la gente es incapaz de afrontar sus problemas, si todo está mal y seguirá estándolo no importa lo que se haga?

¿Por qué tantos españoles son pesimistas y gustan del tremendismo? No se sabe exactamente, pero ahí están Quevedo, el Lazarillo, Cervantes, Goya y sus pinturas negras, Solana, Zuloaga, Buñuel, Valle-Inclán y tantos otros, sin olvidar a los políticos. Hay en la sociedad española, en su política y en su cultura, una tendencia al desgarro, a la lamentación, al convencimiento de que las cosas siempre han funcionado mal y de que no tienen remedio, lo que es profundamente descorazonador. Valle-Inclán, en Luces de Bohemia, dejó escrita esa barbaridad de que España es una deformación grotesca de la civilización europea, y creó el esperpento como género. No estuvo solo en su afirmación, contenida en Los cuernos de don Friolera, de que ni el Quijote ni las guerras coloniales habían servido para nada. Un famoso artículo regeneracionista se titulaba nada menos que La moral de la derrota.

Según Azaña, en la derrota y la desilusión de don Quijote está el fracaso mismo de España. Un Azaña que, dejándose llevar por el pesimismo, dijo aquello de que quienes habían querido sangre antes de la Guerra Civil la tuvieron, y en oleadas. Sin olvidar a Ortega, otro de los constructores intelectuales del pesimismo hispano, cuando afirmó que el ocaso español no tiene parangón y que la historia entera de España es la crónica de una decadencia insondable.

El pensamiento pesimista, la fascinación por el pesimismo, es letal para la política española. En vez de gestionar los conflictos sin esperar milagros, muchos españoles sueñan un mundo ideal, imposible, quimérico, a su medida, y al no poderlo hacer realidad caen en el tremendismo, deslegitiman a las instituciones y justifican la irrupción de un puño de hierro con el que, y es una de las paradojas del tremendismo hispánico, son más indulgentes. En una situación de crisis como la actual, con España, como el resto de los países periféricos en apuros, convertida en una especie de comunidad autónoma de la Unión Europea, el pesimismo encuentra el terreno abonado para lanzar su letal discurso, sus cantos de sirena que seducen a muchos españoles. El pesimismo avanza, lo arrasa todo, y los farmacéuticos viven también su particular dosis de pesimismo, como si todo fuera a irse al garete. Lo peor del pesimismo es que, si no se le pone freno, termina construyendo el Apocalipsis que vaticina, de modo que nada me parece más urgente que poner diques al pesimismo y a sus mórbidos cantos de sirena y cultivar las flores, más modestas pero prácticas, del realismo y del sentido común, del que no en vano suele decirse que es el menos común de los sentidos.

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