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Ya viene el sol

Ya viene el sol

Discreta como pocas, constante como nadie, Elena hace un trabajo de hormiguita desde hace muchos años, desde que la conozco. Desde mis tiempos de inocencia, diría yo, de una época en la que «creía», en la que aún no sabía que muchas veces las ilusiones las sustentan suelos vaporosos, en la que desconocía que compañeros de armas tan sólo luchaban por ambiciones personales.

Cuando regreso a casa, siempre veo a Francisco sentado en la parada del autobús. Esperance, su cuidadora congolesa, lo deja un rato allí solo, con la promesa de no subir al vehículo que llegue, algo materialmente imposible por otra parte, porque sus piernas apenas le permiten dar ya más que pequeños pasos.

Hace tres años ya que Alicia dejó de vivir en el país de las maravillas y el agujero por el que cayó la llevó a conocer la soledad. Allí no se encontró con ningún Conejo Blanco o Liebre de Marzo, sino con la Verdad, esa dama fría en forma de espejo, que no le dijo si había en el mundo alguien más guapa que ella, porque esa cualidad la tenía otro que no pertenecía a este cuento, sino que le mostró la nada, el vacío insondable que se abismaba tras sus ojos castaños.

Viernes 23 de enero de 1970, cinco de la mañana. El despertador suena en casa de Encarna. Su marido y su hijo, un mozalbete que cumplirá diecisiete años la próxima primavera, se visten a toda prisa mientras ella ordena las fiambreras, el pan y la fruta, una naranja para cada uno, en los canastos de mimbre. No olvida los cubiertos, ni la servilleta que los cubre. Antes, ha puesto a hervir el café y, en una sartén, tuesta pan del día anterior, que untará con mantequilla antes de que los hombres de su casa aparezcan por la cocina, vestidos y con la mínima higiene que significa la cara lavada y un peinado de urgencia. Cierra los pestillos de los canastos y los coloca sobre la mesa de fórmica. Todos los días, de lunes a sábado, la misma rutina. Sincronizada, de tantas veces repetida.

Las revistas con una periodicidad como la de El Farmacéutico tienen la ventaja de que puedes dejar reposar las ideas a la hora de escribir un artículo, muy lejos del vómito de higadillos que significa, por ejemplo, Twitter. Pero también, al escribir en revistas como la nuestra a veces uno corre el riesgo de quedarse obsoleto, y eso puede parecer si en este artículo aludo a la fiesta de Halloween, perdida ya en la memoria de todos, afortunadamente, cuando se lea mi columna. Pero, aunque al inicio del texto me refiera a la cadavérica fiesta, espero convencerles de que no va de esqueletos, aunque en realidad aludo a una profesión que no parece poner pie en pared y puede ser objeto de dicha celebración en tiempos no lejanos: la nuestra.

La creación en España de la especialidad en Farmacia Hospitalaria fue un enorme acierto estratégico. Su reconocimiento legal en 1982 asentó de forma definitiva el ejercicio profesional de los farmacéuticos en los hospitales españoles, y desde entonces su reconocimiento y prestigio no ha dejado de crecer. De esta forma se superó el escollo por el que, al igual que en el caso de los médicos, únicamente facultativos especialistas pudieran ejercer en este ámbito. Eran tiempos en que los médicos de atención primaria carecían de especialidad, eran generalistas, al igual que todavía hoy sucede con los farmacéuticos comunitarios, no así con los farmacéuticos de atención primaria, que recientemente han logrado, después de años de lucha, que se reconozca la especialidad en Farmacia Hospitalaria y de Atención Primaria.

Ninguna profesión es lo que es, sino lo que podría llegar a ser si la dejan. De modo que, tanto para lo bueno como para lo malo, las posibilidades de un colectivo, en el ejercicio de esa actividad específica que la distinga de otros, son múltiples y diferentes en función del enfoque que se le desee dar.

La calle en la que trabajo huele a aceitunas gordales. Ése es el aroma que me recibe cuando llego apresurado, y el que me despide al retomar el camino de regreso. Doblo la esquina y veo a Domingo abrir su quiosco, para vender los primeros cupones a los más impacientes. Domingo es el hijo del farmacéutico que regentaba la oficina de la plaza contigua. Un desgraciado atropello lo incapacitó, y hoy intenta dar la suerte a los vecinos. Cupones, bonolotos... La esperanza impresa para la gente del barrio: para los abuelos que desean arreglar la vida de su familia, para los parados que sueñan con abandonar las colas del INEM, para los que tienen pero nunca les parece bastante...

Toda persona tiene derecho a un nivel de vida adecuado que le asegure, tanto a ella como a su familia, la salud y el bienestar, y en especial la alimentación, el vestido, la vivienda, la asistencia médica y los servicios sociales necesarios. Eso afirma el artículo 25 de la Declaración Universal de Derechos Humanos, que pronto cumplirá setenta años si el señor Trump no lo remedia. Este artículo constituye la base de la creación de los servicios públicos de salud en Europa, que se han distinguido por ofrecer las mejores coberturas sociales del «mundo civilizado», por llamarlo de alguna forma, y que dio lugar, como uno de los pilares básicos, a las políticas de acceso a los medicamentos.

Resulta cuanto menos paradójico que, siendo el medicamento la herramienta terapéutica más utilizada en la atención sanitaria de cualquier país, el profesional que lo maneja en el ámbito de la atención primaria, la asistencia universal esencial accesible a todos los individuos y familias, la que utiliza la inmensa mayoría de las personas durante la mayor parte de su vida, esté fuera del sistema.

Para cuando salga este artículo, Francisco Martínez Romero, el gran Paco Martínez, que fuera director científico de esta revista, habrá recibido de quienes tanto le admiraron el homenaje que con tanto cariño le ha organizado una de las muchas sociedades científicas que contribuyó a crear, y sin duda a la que más cariño le tuvo, la Sociedad Española de Farmacia Familiar y Comunitaria (SEFAC).

Allá por los años noventa del siglo pasado, el recordado Paco Martínez solía preguntar a sus alumnos si se subirían a un avión que careciera de piloto si en su lugar lo dirigiese una azafata con muchos años de vuelo de experiencia, que hubiera presenciado innumerables despegues y aterrizajes, incluso forzosos. ¿Quién subiría a un avión sin piloto?, preguntaba. Y tras esta cuestión, la siguiente que proponía era si lo mismo podríamos decir ante una farmacia sin farmacéutico.

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En el último número de la revista...

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