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Tertulia de rebotica

Feral, filósofo y autodidacto

Navego por mares de ignorancia, «sólo sé que no sé nadar» (de Simbad El Marino), y sólo de vez en cuando oteo una promisoria isla.

Por casualidad, esta vez por un artículo de la revista Saudí Aram­co World: una joya de la literatura arábigo-andaluza con influencia decisiva en las letras occidentales. Ni la había oído nombrar, e insisto en mi oceánica ignorancia. El autor es un paisano de Guadix, nacido en el año 1110, discípulo de Averroes, de nombre interminable pero simplificado a Ibn Tufayl, y la obra, en título también longilíneo, traducido del árabe, es Epístola de Hayy ibn Yaqzan acerca de los secretos de la filosofía iluminativa. Narra la formación, la evolución intelectual y moral de un niño que vive aislado en una isla desierta, un buen salvaje que por sus propios esfuerzos llega al conocimiento de la Verdad en insólito emparejamiento del racionalismo y la mística del sufismo. ¿Qué piensan del cielo los lectores? ¿Lo creen eterno o producido? La obra, ensayo o novela, lo que sea, nos lleva de sorpresa en sorpresa desde un arranque inicial dubitativo. No se sabe a ciencia cierta si el niño nace por generación espontánea de la fermentación de la nutriente arcilla de la isla o si hasta allí llega en una canastilla que la madre, princesa perseguida en el continente, ha confiado a las olas para sustraer a su hijo de la muerte. La Biblia está servida..., pero no, el niño es adoptado por una gacela que lo amamanta y le sirve de madre hasta que puede valerse por sus propios medios, y la leyenda de los niños ferales se dispara cuando el libro se traduce en Europa en el Siglo de las Luces, Voltaire, Rousseau y la ilustrada idea de la bondad de la naturaleza humana. La idea de los niños ferales (del latín feralis, feroz) es un alfaguara narrativo. Niños criados sin la supervisión humana y cuidados por animales los había desde siempre, desde Rómulo y Remo, mito fundacional de la antigua Roma; pero a partir del XVIII eclosionan poderosos hasta el prodigio del Tarzán de Edgar Rice Burroughs. Lobos, monos, osos, gacelas, y hasta un inverosímil pájaro Roc, sirven a este propósito. «Entre la leyenda y la realidad, rueden la leyenda», recomendaba John Ford, y los lobos campean a sus anchas por tal disyuntiva. Por las proximidades de Calcuta, en 1926 y por poner un ejemplo, aparecen Amala y Kemala, hermanos criados por una manada de lobos, niños de dientes afilados y con visión nocturna, espectacular fraude a expensas de dos pobres niños autistas. El protagonista de Ibn Tufayl es una excepción aún más espectacular: no sólo sabe cubrir ingeniosamente todas sus necesidades, sino que por el uso combinado de la observación y el razonamiento llega pronto a descubrir por sí mismo las más altas verdades físicas y metafísicas. Su filosofía lo conduce a buscar en el éxtasis místico (girando su cuerpo hasta el mareo) la unión íntima con Dios, que constituye a la vez la plenitud de la ciencia y la felicidad soberana, continua y eterna. Y lo consigue. Ni el feral Mowgli ni el náufrago Crusoe ni ningún otro personaje de ficción llegan tan alto en su autodidactismo. Lo consigue y, para asombro de cuantos le seguimos, decide no trasmitir su pensamiento a los hombres, pues los supone sumamente vulnerables sin misterio o agnosticismo en el que refugiarse: algo así, más o menos. Por si alguien siente curiosidad, quizás aún pueda encontrarse en librerías la edición de José J. de Olañeta con el título de El filósofo autodidacto, y de no ser así solicítese en préstamo en la Biblioteca Casa de Fieras, magnífica instalación en lo que fue zoo del parque del Retiro de Madrid.

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Raúl Guerra Garrido

Farmacéutico. Escritor. Premio Nacional de las Letras 2006. /www.guerragarrido.es/

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