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Tertulia de rebotica

¿Cuánto pesa un millón de euros?

Hablar de dinero denota, además de mal gusto, creer que con trampas viejas se cazan zorros jóvenes. Antes se sabía que un millón de pesetas pesaba un kilo, ahora nadie se ha molestado en pesar un millón de euros porque el dinero no pesa, pasa.

El famoso kilo se movió entre dos desmesuras. UNA: El billete de 1.000 duros que emitió la república en 1938 y que, naturalmente, nunca llegó a circular. Si encuentra alguno por ahí guárdelo como oro en paño, es una pieza de museo. Está dedicado al pintor catalán Fortuny (adecuado nombre) y en el reverso ofrece una magnífica reproducción calcográfica de su cuadro La vicaría, escena bastante fiduciaria en cuanto contrato social. El billete era una fortuna inimaginable y un argumento inagotable para infinitas tertulias como ésta. DOS: En los noventa se acuñó una moneda de peseta en aluminio, tan intangible que recibió el popular nombre de «lentilla» y provocó el devaluador cartel de «no se admiten monedas de peseta» en los quioscos de la lotería de ciegos. En el comedio acertaba y mentía una canción: con dinero y sin dinero hago siempre lo que quiero. Y es que sobre el dinero se puede decir según te vaya la feria. Unos dicen que es la libertad de los cobardes y otros que no hace la felicidad; esto lo dicen los ricos para que los pobres no les envidien ni, a ser posible, les pidan. Otro día, otro dólar; esto lo dicen por California. Un refrán saudí dice: «El hombre que hizo fortuna en un año debería haber sido ahorcado doce meses antes». El sentido común nos dice que no debemos dejarnos arrastrar por el dinero, pero si se trata de mucho, de muchísimo dinero... Todos sabemos que lo difícil es dejar a deber el primer millón porque las fortunas están hechas así: las grandes de infamia y las pequeñas de miserias. El dinero es así, bivalente. Admiramos la sabiduría, el valor, la bondad, los magníficos conceptos abstractos, pero perseguimos al vil metal concreto y sólo respetamos al que lo posee; la prueba es que un pariente pobre es siempre un pariente lejano, que se olvida antes la pérdida del padre que del patrimonio y que en la granja de Orwell al cerdo rico se le llama señor cerdo. Con respecto al dinero sólo acierta la cita bíblica: «Tan fácil como pasa un rico por el ojo de la aguja pasa un camello cargado de oro por donde le apetece». En las cárceles se ve la diferencia con meridiana claridad. «Conozco el precio de las cosas, pero no le doy valor a ninguna», dijo Antonio Machado, poeta siempre con dificultades de liquidez. Era simpático eso de hablar en kilos, ese coche te habrá costado por lo menos un par de kilos, y el papel moneda conservaba así su sentido etimológico de unidad de peso, sentido último de tantos dineros, además de la peseta el peso, la onza, el yen, la libra, el mondo, etc. El plástico se vendió con el eslogan canalla de «compre sin dinero» y el papel moneda, no digamos la moneda contante y sonante, al estar siempre bajo sospecha ya no puede presumir de que no deja huella. Es que le llaman liquidez y, en efecto, más fluidez imposible, cambias un billete de cincuenta euros y el cambio se evapora en la siguiente compra. Se te cae al suelo una de esas moneditas de cobre, céntimos de un euro, incluso las hay de un céntimo, más de una peseta, y nadie se molesta en agacharse. El dinero fuerte, el que pesa, es ya sólo un apunte contable, y de ahí que nadie se haya molestado en saber cuánto pesa un millón de euros. Si usted no sabía lo del kilo, amigo tertuliano, reciba mi más cordial enhorabuena, es usted una persona joven.

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Raúl Guerra Garrido

Farmacéutico. Escritor. Premio Nacional de las Letras 2006. /www.guerragarrido.es/

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