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Medicamento llama a la puerta de Verde: «Hola, viejo, vengo a cobrar»

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Verde es un hombre corpulento y firme, ha estado toda su vida trabajando en el campo y en la obra, nunca le faltó para mantener a su familia, tiene ahora dos hijos adolescentes. El tiempo ha pasado. Verde tiene ahora agotada su prestación por desempleo, el presente mes de enero de 2015 es el primero en el que no ha podido ingresar nada en casa.

Está angustiado con su situación, pero debe sobreponerse al estrés y al vértigo: hace seis meses, después de una larga jornada de trabajo plantando habas, al llegar el ocaso, un fuerte dolor le cayó en su pecho, como una tempestad de furia divina: se desmayó y al poco tiempo le estaban abriendo de forma artificial tres arterias coronarias, para que su corazón sobreviviese. Había sido un infarto de miocardio.
Desde entonces Verde ha dejado de fumar, ha cambiado su dieta, da largos paseos, se cuida. Sigue teniendo, a sus 46 años, el tesón de un toro, tiene un fulgor terrestre en los pliegues azules de sus manos y se adivina un brillo latente, poderoso que emerge del fondo de su mirada. Verde, según dice, está pensando en Suiza o en Alemania, como lugares a los que emigrar para poder salir adelante, pero ya no puede dedicarse a lo que él se dedicaba, y él lo sabe, pero qué otra cosa puede hacer sino perecer con su armadura de toda la vida.
Verde viene a verme porque su tratamiento le cuesta 55,05 euros al mes y se lo tiene que tomar porque de lo contrario tiene altas probabilidades de sufrir otro «ataque al corazón», y el golpe de este ataque es siempre con la intención de ser fulminante. Pero no puede pagarlo. Es mucho dinero para una familia de cuatro miembros que ha sabido vivir con apenas 450 euros al mes y ahora ni siquiera tienen esa ayuda.
Verde –y quiero dejarlo claro desde ya– no es una víctima ni mi intención aquí es victimizarlo, ni mucho menos. Tiene una fortaleza hercúlea y una seguridad inquebrantable en que sabrá seguir adelante. Sencillamente quiere saber si esos 55,05 euros son estrictamente necesarios y también si no se puede reducir este coste de alguna manera.
Pharmakon, recordemos es como el signo del yin y del yang puesto al servicio del cambio biológico, tiene dos naturalezas enfrentadas, una de remedio y otra de veneno, es decir, hay dos procesos que coexisten en el acto de medicarse, uno de curación y otro de su lado anverso, pharmakon es el veneno de la serpiente haciendo reaccionar un cuerpo moribundo hasta revitalizarlo, pero con la posibilidad también de que esa sea una mordedura definitivamente mortal. Eso ha sido así hasta ahora. Pero el medicamento, en el siglo XXI y en España ha trascendido esta dualidad, ya no es sólo un veneno y un remedio, se ha agregado al clásico comprimido un filo de hielo cortante y ahora también, puede desgarrarse en un coste económico y social palpable. Al rostro del medicamento le ha salido un bulto en la mejilla y su cara es ahora arisca y ruda, como si su intención hubiese cambiado y ya no fuese la de querer ayudar, sino la de querer cobrar.
Es conocida la relación entre estatus social y eventos cardiovasculares, de manera que está bien establecido que las clases más bajas tienen más papeletas para morir de eventos cardiovasculares (y ahora es más conocida aún gracias al trabajo divulgador y al pensamiento del médico Juan Gérvas). Se dice que el ataque al corazón es la muerte que prefieren los pobres, una muerte súbita, furibunda e instantánea, similar al romántico que se arroja por un acantilado hacia el furor atlántico. Una muerte razonable. Y una muerte evitable para el que decida aferrarse y proseguir su bestiario vital. Verde decide vivir, y necesita medicación para ello (pocos casos hay en los que esta necesidad sea tan imperiosa), pero cuando Medicamento llama a su puerta y Verde abre, vislumbra un rostro ambiguo, asimétrico, con cicatrices más notorias que sus arrugas desvitalizadas por la botulínica, no sabe si fiarse, si viene realmente a ayudarle a vivir, o si la vida de Verde no le importa con tal de enlazarse al tuétano de su cuerpo y con ello rubricar un contrato monetario. En cualquier caso Verde no se fía, y se queja de que este contrato no le está permitiendo llegar a fin de mes, y que eso le está haciendo morder de nuevo la tierra con sus manos y que su corazón se resiente y grita, un corazón por el que corre, raudo y vírico, Medicamento.
Resulta que los medicamentos que toma Verde le reducen el alto riesgo de morir por un evento cardiovascular en su calidad de «remedios» gracias al impacto que tienen estos fármacos sobre un sistema biológico propenso al infarto y que la farmacología trata de regular, siempre desde lo biológico. Esto es en su calidad de «remedio», pero en su calidad de «medicamento en España, año 2015» le agudizan su situación económica hasta el punto de que dicho coste representa el 15% de sus ingresos que de por sí son mínimos, insuficientes para una vida digna de cuatro personas. Por lo tanto, el coste de su medicación está agravando de manera significativa su situación económica y social.
Teniendo en cuenta que las personas no sólo tenemos una dimensión biológica sino también una dimensión psíquica, cultural y social, podemos decir que la supervivencia de Verde la estamos (con la misma herramienta) arreglando por un sitio (lo biológico) y jodiéndola por otro (lo social). El resultado de la ecuación es desconocido pero eso le da igual a todo el mundo mientras la caja registradora de la farmacia siga haciendo «click» (digo la farmacia porque suele ser el último eslabón de una gran cadena que nadie sabe interrumpir).
Pero el caso se agrava porque la respuesta a Verde es que NO. NO es estrictamente necesario que necesite tomar sus medicamentos al precio de 55,05 euros porque resulta que a Verde le han prescrito (y en la farmacia le han dispensado) medicación de última generación y alto coste. Le explico que los medicamentos nuevos, salvo excepciones, tienen menos garantías de efectividad y seguridad que otros medicamentos de los que se tiene más experiencia y que encima es inmensamente más costoso. Le explico que sólo un 10% de los medicamentos nuevos suponen un avance terapéutico sobre lo ya existente, y que en cualquier caso, no es el caso de su tratamiento. También le explico que la llave de su sostén biológico está en su interior, en su chispa vital y en su capacidad de cambio y autorregulación, y que hay algunos medicamentos que le pueden beneficiar inmensamente, y que por fortuna todos ellos son muy baratos, porque llevan mucho tiempo con nosotros. Le explico que los medicamentos que llevan más de 10 años comercializados son mucho mejores que los nuevos porque tienen más aval como herramientas efectivas y además se pueden manejar mucho mejor, lo que significa que son mucho más seguros. Le explico que vivimos la paradoja de que justo en el momento en que caduca una patente de un medicamento, ese medicamento empieza a ser mejor que nunca (porque se dispone de un mayor conocimiento acumulado sobre él) y además es más barato que nunca. Y al revés, los medicamentos de los que tenemos menos conocimiento (vamos más a tientas asumiendo demasiada incertidumbre en cuanto a cómo usarlos) son los más caros.
Le explico todo esto y me pregunto cómo es posible que un Sistema Sanitario en el siglo XXI no sea capaz aún de integrar la dimensión psico-socio-cultural como elementos en interrelación constante con los biomédico. Y esto, dicho muy claramente implica que un condicionante social puede operar quirúrgicamente un corazón, o la dinámica de la sangre, igual que lo hace un cirujano, y que un medicamento también tiene dimensiones psico-socio-culturales. Porque aún creo que el Sistema Sanitario tiene un propósito terapéutico y tiene mucha materia gris, es decir, es inteligente, y sospecho que si sigue mirando una foto anatómica del cuerpo humano en un atlas y no todo el movimiento biológico, todo el fenómeno biológico vivo, es una cuestión de meter mucha pasta, de hacer una gran inversión monetaria con la intención inequívoca de marchitar tanta capacidad pensante, y con el propósito de modular su sistema de recompensa hacia una especie de obnubilación vital, que permita accionar ciertas palancas desgastadas y acrónicas, primitivas. Los profesionales sanitarios somos un compendio de información sobre la cual jamás pensamos. Somos una caja donde nos meten datos y conclusiones, seguimos haciendo dictados, que es lo que nos enseñaron a hacer desde nuestra más tierna infancia: dictados. Con una somera recompensa monetaria seguimos ahí, sentados en el pupitre escribiendo las mismas frases y mirando a ver cuándo suena la sirena para poder largarnos.
Os dejo con un referente, Fritz Zorn, quien murió con 32 años de un cáncer fulminante no sin antes dejar escrito un libro imprescindible Bajo el signo de Marte, donde asegura que el cáncer que contrajo es la derivación coherente de haber seguido haciendo dictados en un pupitre toda su desaprovechada vida, y no duda en afirmar «fui educado a muerte». Antes de su deceso, en plena agonía vital, dijo: «Yo todavía no he vencido aquello que estoy combatiendo; pero tampoco estoy vencido y, lo que es más importante, todavía no he capitulado. Me declaro en estado de guerra total». Fritz Zorn vivió la vida con todo su fulgor en sus últimos meses, aún con toda la agonía de su cáncer, y de hecho, agradece expresamente a su cáncer el haberle sacado del pupitre y del dictado. Ojalá no tengamos que experimentar un diagnóstico tal para que reaccionemos y salgamos del pupitre, dejemos el bolígrafo en la mesa y el dictado a medio hacer, nos despidamos amablemente del profesor y salgamos a la calle, y si nos cruzamos con Verde, le miremos con plenitud y en su plenitud y hagamos, sencillamente, lo que sabemos hacer.

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