Publicidad

banner-lainco

Publicidad

banner-lilly-septiembre

Publicidad

banner-vilardell


Planeando

El gnomo

Las mesas desordenadas son la morada de diminutos gnomos que se dedican a trajinar papeles, papelotes, revistas, periódicos, catálogos, tarjetones, tarjetas, recibos, comprobantes de pagos, facturas, albaranes, libros, fotografías. La suya debe ser una tarea agotadora.
Sin pausa, con esa diminuta malicia que siempre mueve a los duendes, se dedican a joder al personal. Tienen pequeño el corazón y también el alma. Son como si a la mezquindad y a la cortedad de miras les hubieran salido bracitos y piernecitas, se colocaran un gorrito rojo y se escondieran entre mis papeles. A veces tengo tentaciones de levantarme por la noche para sorprenderlos en su tarea maléfica y aplastar a alguno de esos despreciables personajillos mientras corretea entre mis papeles.

Son astutos. Estoy convencido que han adaptado su horario de trabajo a esas horas en las que soy absolutamente incapaz de levantarme de la cama. Esas horas perdidas entre las tres y las cinco de la madrugada son las que aprovechan para, en una orgía de frenéticos y cortos trayectos entre los montones de mis papeles, cambiarme con impunidad las cosas de lugar. Sin otro objetivo que hacerme perder el tiempo. Presiento sus risitas desde sus escondrijos mientras observan mis ojos encendidos y las venas hinchadas en mis sienes y les insulto en un intento vano de disimular mi impotencia.

Se ceban en mí porque me tienen envidia, estoy seguro que no soportan que sea un gigante para ellos. Me los imagino sintiendo el sádico placer de observar como soy incapaz de controlarme e incapaz de ejercer mi supremacía física sobre ellos.

Por esa razón, cuando encuentro las páginas del cuento que tengo a medio escribir, me alegro tanto. Les he vencido otra vez. No soporto a esos personajillos graciosos de los cuentos.

Las páginas escritas están llenas de borrones negros que dibujan un estampado parecido al pied-de-poule de las chaquetillas que la elegante Coco Chanel popularizó en la década de los cincuenta.

La historia de duendes en la que me he visto inmerso es un pequeño martirio. Me he hundido en ella sin tener claro el camino que voy a seguir. Esa falta de planificación es la razón principal por la que las palabras no encuentran su sitio y acaban desdibujadas bajo los trazos nerviosos de mi mano que pretenden hacerlas desaparecer bajo la misma tinta que antes las ha creado.

Debe de haber alguna razón que explica la ira que me provocan los hombrecitos nocturnos, alguna razón distinta de la que puede parecer a primera vista. Es difícil imaginar que la ira esté provocada por alguien al que nunca has visto y lo cierto es que nunca he visto a ninguno. Sólo recuerdo las imágenes que tengo de ellos, las estatuillas en algún jardín de alguna cursi segunda residencia y alguna imagen en algún viejo libro de cuentos en las estanterías de mi habitación en casa de mis padres, en la que aún descansan los libros de mi niñez.

Cada vez tengo más claro que esos pequeños hombrecillos son una excusa, un recurso literario para expresar la rabia que me produce mi incapacidad para tener los papeles ordenados. Ése, y no otro, es el motivo de mi frustración.

Desplazar la responsabilidad es un método que utilizamos con frecuencia. Trasladamos nuestras deficiencias y el vértigo que nos produce el esfuerzo necesario para corregirlas, hacia los otros. Y si los otros no existen, los inventamos. Puede tener sus ventajas, pero también tiene sus limitaciones.

La limitación principal es que los demás, ésos que sí son reales, saben muy bien que los duendes no existen.

No nos conviene caer en esa tentación, porque, aunque parezca que es una estrategia que nos puede ser útil, estamos firmando una pesada hipoteca que a la larga puede salirnos cara y en el peor de los casos arruinarnos completamente.

Puede parecer que estoy escribiendo un sermón desde el púlpito que me ofrecen estas páginas. Nada más alejado de mi intención. Del mismo modo que critico las excusas, me revelo frente a los que se autoinculpan de todo lo malo que nos sucede. Saber encontrar el equilibrio, encontrar el centro de la circunferencia en la que nos movemos debería ser una condición importante antes de escoger el camino a seguir, pero al mismo tiempo deberíamos tener muy en cuenta que si el momento de escoger se acerca peligrosamente, la opción prioritaria debería ser la que depende exclusivamente de nosotros.

En los momentos que la tempestad arrecia, nuestros valores, nuestra misión al fin y al cabo, deberían ser el faro que nos guíe. En los momentos de zozobra, de cabreo mayúsculo por el deterioro del negocio y por la inseguridad en el cobro de los servicios prestados, es importante saber discernir entre lo que son incumplimientos de los otros y lo que es responsabilidad nuestra.

Cuando hablo de nuestra responsabilidad no me estoy refiriendo a lo que hemos hecho mal o lo que hemos dejado de hacer, sino a lo que deberíamos estar cambiando. Ésa es nuestra responsabilidad en estos momentos. Lo que va a suceder en nuestro entorno, lo que depende de los otros, es una circunstancia, pero la reflexión y la decisión sobre lo que es preciso que nosotros hagamos no es circunstancial, es esencial.

Podemos sentirnos conformados, como yo he hecho con los hombrecillos nocturnos, traspasando nuestra ira a los demás, pero esta maniobra no va a evitar nuestra irresponsabilidad si lo que pretendemos es evitar tomar las decisiones que las circunstancias presentes requieren.

Gandulff es el más viejo de la tribu, tiene cuatrocientos treinta y tres años y vive con Martina y sus cuatro hijos en el interior de un árbol del bosque de las tierras del Norte. Es un tipo apacible al que le gusta pasear por el huerto donde cultiva diminutas berenjenas y pimientos. Es cultivado y sabio. Le gusta leer los libros antiguos en los que se hace referencia al antiguo conocimiento. En algún capítulo de esas páginas viejas aparecen descritos unos frágiles gigantes de raras costumbres. Sus antepasados parece que los conocieron, pero él ni los ha conocido ni tiene muchas ganas de toparse con alguno de ellos. Todo indica que están un poco locos y él lo que quiere es vivir tranquilo y en paz con su familia y sus amigos.

Valorar este artículo
(1 Votar)
Francesc Pla Santamans

Farmacéutico comunitario. Director de El Farmacéutico

Más en esta categoría: « Anochecer Mariposas »

Dejar un comentario

En el último número de la revista...

No aprendemos. Nos emocionamos con los desfiles que llenan los senderos de gloria, las canciones acompañan a los jóvenes e invocamos a la divina verdad para tejer los uniformes y los e ...

Como presidenta del comité organizador del IX Congreso Nacional de Farmacéuticos Comunitarios (www.congreso-sefac.org), me siguen preguntando por la decisión de no suspender o r ...

Cuenta Regina Revilla que, en los primeros años de la carrera de Farmacia, lloraba encima de los libros, pero que, como tenía una beca, estudió sin parar y acabó con prem ...

Aunque el uso del término «depresión posvacacional» está muy extendido, desde el punto de vista científico resulta más oportuno referirse a un trastorn ...

Este año la vuelta al cole ha sido muy diferente a otros años y ha estado marcada por las medidas que los centros han tomado para evitar la propagación del coronavirus SARS-CoV- ...

El ciclo de vida es el proceso vital de un organismo que va desde el nacimiento hasta su muerte. De manera general, este ciclo se divide en cuatro etapas: nacimiento, desarrollo, reproducción ...

En el anterior artículo de esta serie (El Farmacéutico n.º 590, págs. 33-35) se puso el acento en varios aspectos re ...

«Consulta de gestión patrimonial» es una sección dedicada a contestar preguntas que el farmacéutico se plantea diariamente sobre la gestión de su patrimonio.< ...

Dentro del mundo de los vinos, hay una pequeña zona llamada Franciacorta situada en la provincia de Brescia, en la región de Lombardía. El nombre de Franciacorta define tres con ...

Selección de las últimas novedades literarias.

...

Aristóteles decía que la naturaleza tiene horror al vacío, un concepto que fue ridiculizado por Blas Pascal cuando preguntó irónicamente: «¿Y lo aborr ...

Como regla general, parece que la duración de la vida de los animales está relacionada con su tamaño al alcanzar la edad adulta, de manera que, cuanto más grande es la es ...

 

Revista El Farmacéutico

El Farmacéutico

La revista El Farmacéutico y su web son un producto de Ediciones Mayo, S.A. dedicado a la formación e información de los profesionales farmacéuticos. Los contenidos de la revista y la web requieren de una formación especializada para su correcta interpretación. En ningún caso la información proporcionada por El Farmacéutico reemplazará la relación de los profesionales farmacéuticos con los pacientes.