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Un «tuit» en el herbario

No hay que poner grandes nombres a lo que hacemos. Si lo que hacemos está bien hecho, su designación se ennoblece por sí misma y su permanencia queda asegurada. Con el nombre de las personas ocurre algo parecido: lo llevamos prendido como una insignia en la solapa, nos precede y nos representa, pero al final es nuestro comportamiento el que lo hace grato o amargo para los demás.

Según las crónicas de la época, hasta un tercio de la población londinense llevaba a comienzos del siglo XVIII las marcas de la viruela en el rostro. Los que portaban esas señales podían considerarse afortunados, pues habían sobrevivido a una terrible enfermedad que provocaba la muerte a una de cada cinco personas que la padecían.

A la reunión de la comunidad asisten menos vecinos de lo habitual. No funciona la caldera de la manzana, hace días que no disponemos de agua caliente, y por eso aceptamos una convocatoria extraordinaria como ésta, aunque tengamos que acudir embozados con mascarilla. 

Como regla general, parece que la duración de la vida de los animales está relacionada con su tamaño al alcanzar la edad adulta, de manera que, cuanto más grande es la especie animal, mayor es la expectativa de vida que tiene. Sin embargo, las excepciones a esta norma son notables y están relacionadas con el índice de metabolismo: animales de sangre fría con un índice bajo tienden a vivir mucho tiempo.

Cuando comienza a escribir estas líneas, el farmacéutico no sabe muy bien qué es lo que quiere contar. No es titular de una farmacia, no trabaja en un hospital ni en una fábrica de medicamentos, y ha pasado la mayor parte del tiempo confinado en casa. Ha cumplido lo que se le pedía y ha superado felizmente la pandemia, pero se ha quedado con una sensación incómoda; quizá le hubiera gustado ser más solidario o, para decirlo de manera menos complaciente, ser más protagonista.

Cuenta Albert Camus en La caída que, antes de entrar en el campo de concentración, un prisionero que hacía la cola en Buchenwald le pidió a un soldado que le permitiera redactar una reclamación. «¿Una reclamación? –el soldado se echó a reír–. Aquí no se admiten reclamaciones»; pero aquel hombre insistió: «Verá usted, es que mi caso es distinto, mi caso es especial».

«No soy tan joven como para saberlo todo». Lo que conozco ahora está decorado por la duda, pero también tiene los perfiles más precisos. Ya sé que la juventud es un regalo de la naturaleza, pero la edad madura deberíamos plantearla como una obra de arte que el propio protagonista se construye.

José María Cabodevilla me lo dijo hace mucho tiempo, y yo quiero reproducirlo en mi tuit ahora. Recuerdo que era una tarde en la que hablábamos de lo divino y de lo humano. «No sólo debemos aprender a esperar contra toda esperanza –dijo–, sino que debemos pensar bien de los demás contra toda evidencia.»

Alfredo de Musset recibió en su casa una carta cerrada que contenía una escueta leyenda en el sobre: «Al mejor poeta de Francia». Inmediatamente se la hizo llegar sin abrirla a Victor Hugo, el cual, complacido, se lo agradeció, y quedaron aquella misma tarde para desvelar juntos el misterioso envío. Les esperaba una sorpresa: estaba dirigida a Alfredo de Vigny.

Era un dirigente de mi compañía muy apreciado, que siempre estaba pendiente de los demás, y en una cena de empresa oí cómo repetía sin dudar el nombre de todos los comensales, que le acababan de ser presentados. Quizá empleara alguna regla nemotécnica, pero es indudable que tenía una memoria magnífica. No es difícil encontrar casos semejantes. De Mitrídates se afirma que era capaz de administrar justicia en los veintidós idiomas de su imperio, aunque yo no acabo de creerlo pues ya he dicho mil veces que en los escritos siempre se exagera.

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Revista El Farmacéutico

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