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Un «tuit» en el herbario

Cuando comienza a escribir estas líneas, el farmacéutico no sabe muy bien qué es lo que quiere contar. No es titular de una farmacia, no trabaja en un hospital ni en una fábrica de medicamentos, y ha pasado la mayor parte del tiempo confinado en casa. Ha cumplido lo que se le pedía y ha superado felizmente la pandemia, pero se ha quedado con una sensación incómoda; quizá le hubiera gustado ser más solidario o, para decirlo de manera menos complaciente, ser más protagonista.

Cuenta Albert Camus en La caída que, antes de entrar en el campo de concentración, un prisionero que hacía la cola en Buchenwald le pidió a un soldado que le permitiera redactar una reclamación. «¿Una reclamación? –el soldado se echó a reír–. Aquí no se admiten reclamaciones»; pero aquel hombre insistió: «Verá usted, es que mi caso es distinto, mi caso es especial».

«No soy tan joven como para saberlo todo». Lo que conozco ahora está decorado por la duda, pero también tiene los perfiles más precisos. Ya sé que la juventud es un regalo de la naturaleza, pero la edad madura deberíamos plantearla como una obra de arte que el propio protagonista se construye.

José María Cabodevilla me lo dijo hace mucho tiempo, y yo quiero reproducirlo en mi tuit ahora. Recuerdo que era una tarde en la que hablábamos de lo divino y de lo humano. «No sólo debemos aprender a esperar contra toda esperanza –dijo–, sino que debemos pensar bien de los demás contra toda evidencia.»

Alfredo de Musset recibió en su casa una carta cerrada que contenía una escueta leyenda en el sobre: «Al mejor poeta de Francia». Inmediatamente se la hizo llegar sin abrirla a Victor Hugo, el cual, complacido, se lo agradeció, y quedaron aquella misma tarde para desvelar juntos el misterioso envío. Les esperaba una sorpresa: estaba dirigida a Alfredo de Vigny.

Era un dirigente de mi compañía muy apreciado, que siempre estaba pendiente de los demás, y en una cena de empresa oí cómo repetía sin dudar el nombre de todos los comensales, que le acababan de ser presentados. Quizá empleara alguna regla nemotécnica, pero es indudable que tenía una memoria magnífica. No es difícil encontrar casos semejantes. De Mitrídates se afirma que era capaz de administrar justicia en los veintidós idiomas de su imperio, aunque yo no acabo de creerlo pues ya he dicho mil veces que en los escritos siempre se exagera.

La curiosidad conduce al hallazgo, y éste desemboca en seguimiento y en profundización. Entonces los campos del saber son ilimitados. En 1997, un miembro de la Sociedad Internacional de Billetes Bancarios (IBNS), Ronald Wise, creó una web extraordinaria dedicada a recoger y organizar el papel moneda, y en sólo 10 años reprodujo más de 20.000 billetes de todo el mundo para disfrute gratuito de investigadores y curiosos.

Se trata de un sustantivo femenino que puede hacernos tropezar. Etimológicamente, algarabía significa «la lengua árabe», y de ahí se extendió la acepción hacia «manera de hablar atropellada, sin pronunciar bien las palabras». Ambos usos son extraños, y hoy una algarabía se entiende mejor como «voces alegres y festivas» y como un «griterío confuso de personas que hablan al mismo tiempo».

Demolición (Madrid: Alianza Editorial, 2018) es el título de la última novela de quien durante muchos años honrara esta misma página de El Farmacéutico, Raúl Guerra Garrido. En esta ocasión se trata de un largo discurso no ideologizado ni radicalizado, pero que se hace preguntas y se compromete con los hechos reales.

Cuando mis padres me oyeron cantar, decidieron no decir más a los amigos que yo recibía clases de canto y pospusieron indefinidamente la organización de una velada en casa para escucharme. Fue un pequeño trauma, pero me ayudó a comprender que aquélla no era una de mis fortalezas, y pronto abandoné su cultivo regular.

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