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Sin aristas

Me lo dijo Pérez

No voy a detenerme en la canción con ese título popularizada por Alberto Cortez en 1965. Tampoco dedicaré mucho espacio a la frase atribuida a Larra, «Escribir en Madrid es llorar», cien años después completada por Luis Cernuda: «En España escribir no es llorar, es morir porque se muere la inspiración envuelta en humo, cuando no va su llama libre en pos del aire».

Me voy a centrar en Joaquín Dicenta (1862-1917), periodista, dramaturgo, poeta, escritor. En cierta ocasión recibió la carta de un tal Juan Pérez, que solicitaba le enviara por correo su último libro, dedicado y, por supuesto, gratis. La carta de Dicenta respondiendo a su «admirador» fue incluida en su siguiente libro, Tinta negra, y no tiene desperdicio:

«Apreciable Mecenas y Pérez:

¿Cómo he merecido yo la ventura impensada de que usted me escriba reclamando mis libros para formar parte de su biblioteca económica? Pide usted mis libros dedicados y gratis. Yo vivo de mi dinero y no de la amistad de usted. Vivo de mis libros y mis artículos. Para ello emborrono cuartillas y se las llevo a un editor, que me las publica en forma de pliegos impresos, previo el pago de papel, impresión y tirada; enseguida pongo el libro a la venta, y con sus productos voy pasando esta vida de desventuras. Aquí sólo se consideran profesiones y medios de vivir los garantizados por un título oficial o por un establecimiento con puertas a la calle, pero a uno que se alimenta de su pluma cualquier ciudadano se atreve a reclamar el fruto de sus esfuerzos, como para hacerle un favor.

Ahora bien, si después de lo mal que anda esto de la venta de libros, se les ocurre a todos los Pérez de España pedirme los míos, es indudable que moriré de ayuno, a no ser que usted me remita, a cambio de la dedicatoria que reclama, una panacea hábil para prescindir del estómago.

Bueno que todo el mundo tenga derecho a hacerme escribir en un álbum de poesías que le sirvan para conquistar los favores de alguna belleza; bueno que en reuniones y comidas esté uno obligado a vomitar versos para distraer la digestión de cuatro gastrónomos; bueno es eso y por ello paso, pero no más. Si quiere usted libros, pásese por las librerías, donde previo pago tendrá todos los que le vengan en gana, y si quiere usted dedicatorias, considere dedicado este artículo y léaselo a todos los Pérez que conozca.

Suyo afectísimo seguro servidor,

Q.B.S.M.

Joaquín Dicenta».

El caso es que, cuando se escribe un libro y conseguimos que un editor se interese en nuestra propuesta y publique el manuscrito, comienza lo peor.

Se fija fecha para la presentación del libro. El editor envía la invitación a sus contactos. El autor lo hace a amigos, vecinos y familiares, y llega el gran día. En el lugar escogido se coloca una mesita para la venta de ejemplares. Mientras tanto, van presentando el libro y finalmente comienzan las primeras firmas. Todo marcha sobre ruedas hasta que alguien pregunta en voz alta «¿Dónde regalan los ejemplares?», a pesar de que ven la mesita y a los lectores pagando.

Peor puede ser la víspera con los amigos excusando su presencia, y peor aún cuando, a los pocos días, alguien llama para decir que no ha podido pasar de la página 20 porque el libro es «difícil de leer».

Para llorar... al principio, porque, cuando te van publicando todo lo que propones, tiene cierta gracia.

Toda la razón le damos a Joaquín Dicenta. Yo agregaría que, en una presentación, los libros no deben regalarse, porque lo que no se paga, ni se aprecia ni se lee.

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